Apuntes para escribir pensando el cine

 

Por: Juan Guillermo Ramírez

 

El cine no es un espectáculo; es una escritura. No es en el ‘plateau’ del estudio, sino en la pantalla donde está el filme. El cine no es la fotografía de alguna cosa sino la cosa en sí.

Robert Bresson.

 

El cine contemporáneo, colonizado y ocupado por el imperio audiovisual, exige, una crítica veraz y despierta, una crítica desligada tanto del campo de la producción y su propaganda publicitaria, como de los grandes medios de comunicación con quienes mutuamente comercia. Una crítica que no sirva a los periódicos y a las cadenas televisivas que, a su vez, sirven en demasiadas ocasiones a los mismos amos: los grandes grupos económicos que sostienen, tanto a esos medios como a esas productoras cinematográficas.

Este fenómeno totalitario, relativamente reciente, que dificulta la posibilidad de cualquier resquicio crítico, tanto en las obras como en la propia crítica, y cualquier disidencia que no sirva a su patrón, que es el patrón de todos, ha llegado en nuestro país a revestir caracteres de caricatura extrema de lo que ya venía, sucediendo en otros países desde que comenzó el Liberalismo Mediático propio de la Sociedad del espectáculo: estos grandes grupos financieros compran periódicos, revistas, redes editoriales, redes informáticas, redes telefónicas, cadenas de radio y televisión, productoras… y en esa variedad de compraventa todos se refuerzan y todo se aprovecha.

En ese juego de espejos, donde unos y otros se miran mutuamente complacidos y ocupados en recíprocas alabanzas, no cabe, pues, una crítica verdadera y desmandada. Por ejemplo: la mayoría de las veces las frases elogiosas de los críticos oficiales son extraídas de las críticas para hacer de eslóganes publicitarios en los carteles y anuncios de las películas en promoción, como un elemento más del marketing. Claro que ya antes, o al mismo tiempo, sucede el fenómeno complementario que lo faculta y permite: las críticas vienen ya redactadas y preparadas para la publicidad del producto, con una clara retórica de propaganda a base de frases rimbombantes, como una sucesión de eslóganes, según si el mensaje va destinado a la mayoría o a las élites.

Generalmente la crítica que se inscribe en los grandes periódicos, no sólo en nuestro país sino en todos los ámbitos de la Cultura Mediática, y salvo raras excepciones, suele ser una crítica sumisa y colaboracionista, al servicio consciente o inconsciente de la Cultura de mercado, las grandes operaciones de marketing multimedia que mueven el dinero y fabrican la opinión de los públicos.

Es necesario pues, una crítica razonante y ajena, que con la pluma o con la lengua suelta, diga la verdad y la diga más por amor a la verdad que por amor al cine. Sí, porque también hay que ser precavidos con eso que tan exquisitamente llamamos “cinefilia”, y de la que se dan semanalmente repetidas pruebas desde el televisor por los bienintencionados enamorados del cine, reunidos en conmovedor cónclave, porque si el amor no fuera tan ciego lo primero que tendrían que hacer estos amantes es combatir al propio televisor, atacar aquello que más mata a su amor y, por tanto, defenderlo de la televisión no aceptando con tan sumisa naturalidad el sustituto. O, al menos, tener la valentía de negarse a ese descuartizamiento publicitario de las películas por la introducción implacable de los comerciales cada vez más numerosos e invasores. ¿Cómo se puede hablar desde el limbo cinéfilo con esa fingida inocencia cuando lo sagrado de verdad no es ni Dreyer, ni Bresson, ni Ford, ni Renoir, sino la sagrada publicidad? Y si es que es tan sagrada e intocable ¿por qué no aprovechar esos rancios coloquios para hablar también de eso y contra eso? ¿Cómo se puede hablar del ritmo justo de una película justa o de una justa secuencia cuando el ritmo se quiebra constantemente con el estribillo publicitario? ¿Cómo se puede ensalzar la pureza de tal o cual plano cuando en súbito e inevitable contraplano brotan los esculturales cuerpos de todas las señoritas Águila, Pilsen o Leona? ¿Es que el cine de hoy basa su fundamento más hondo tanto estética como económicamente, en servir de soporte y movilización del gran Dinero, que esa es la verdadera razón de su existencia? ¿Aceptar con ese disimulo celestial tanta compraventa es compatible con el amor al cine? Uno no deja de asombrarse de la capacidad de elipsis subconscientes de los llamados cinéfilos. Entendemos la desesperación de Federico Fellini en sus últimos años y su arremetimiento contra la publicidad en los programas de cine televisados.

Si tenemos que reconocer con cierta simpatía, que hay, además, en nuestro país, algunas muestras de crítica desperdigada, de una escritura de cine que intenta hacer algo menos conformador y desprendido de los cabales habituales. Pero, generalmente esta crítica se ha refugiado en la Universidad, se escribe desde la enseñanza universitaria y, como tal, sus discursos vienen afectados de una erudición para iniciados a la que muy escasamente pueden acceder los usuarios corrientes. Porque si un discurso, aunque implique una retórica especial o unas peculiaridades técnicas, no puede ser traducido al lenguaje corriente, no sólo se vuelve inoperante sino además sospechoso. Las jergas, tanto de la Política como las de la Ciencia como las de las Artes, están fabricadas para engañar y separar a la gente de los doctores, de los artistas, de la casta de los cultos, cada vez más intocable y distante. Hay que tener mucho cuidado con las jergas de los especialistas, que es una tentación narcisista muy frecuente, en la que suelen caer las revistas especializadas; y hay que tener mucha prudencia con el abuso analítico que propicia el magnetoscopio y que está produciendo verdaderas operaciones de disección fílmica. Esa minuciosidad textual, esa contabilidad, quizá sea oportuna y provechosa para la didáctica o para las tesis y los ensayos, no desde luego para el análisis crítico.

En cuanto a la crítica uno tiene que saber quitarse de en medio, despojarse de lo sabido, e intentar adoptar humildemente la actitud de un espectador inocente, pero atento, como lo dijo alguna vez Luis Alberto Álvarez, y desprevenido, aunque nunca se consiga del todo. Hay que confiar en ese encuentro desnudo, vivo y no de laboratorio, con un tramo de vida filmada que es lo que es el cine. Y, ya se sabe, la vida no se rebobina. Es esa huella viva que una película ha dejado en nosotros mientras dura, y aún después, lo que moviliza e interesa. Los procedimientos técnicos, la secuenciación justa, los artilugios que han facultado el milagro de la síntesis, todo eso forma parte del misterio de acertar. Esto no quiere decir que estemos contra el análisis que confíe en el pensamiento y el lenguaje desnudo, en la indignación viva y no de laboratorio, sino que advertimos contra el registro milimetrado de los tejidos cinematográficos como si se tratara de una mirada microscópica, remedo de la mirada ‘científica’, porque ¿es que mostrar la visualización de una célula o de un virus es mostrar la vida? No, lo que se ve no es la vida, lo que se ve es precisamente aquello que la Ciencia y sus instrumentos electrónicos habían previsto y calificado de antemano, es decir, los virus, las células.

Desde luego, y desde cualquier punto donde se mire, lo que está claro es la dificultad, hoy, de la existencia de una crítica veraz y desmandada, independiente económicamente, que toque al público y no sólo a los elegidos, ni grosera ni pedante, es decir que guarde una relación al mismo tiempo inteligente y vital con el cine. Eso es lo que se desea leer: una escritura de cine que a la par que sea cercana y distante, que la vez esté y contra él, como en algún momento escribió Pier Paolo Pasolini. Sería útil una crítica que más que centrarse en un regodeo de lo bueno de antaño, o lo poco bueno marginal, ayude al cine actual a liberarse de la rémora de sometimiento a la imposición a la Cultura de Mercado; una crítica que le ayude a cuestionar al cine los mandamientos de la Sociedad del Espectáculo donde todo tiene que ser necesariamente visible y representable.

Un cine desvelador y una crítica desmandada tienen en primer lugar que dudar de la moderna fe audiovisual que manda, a la inversa de la vieja fe teológica, pero con la misma ceguera, creer en lo que se ve. Ésa sería una labor oportuna d ella crítica actual porque, tal como se lamentaba tan razonablemente Jean Eustache, cómo la crítica puede seguir llenando páginas y páginas baldíamente como cuando había detrás un cine digno que diera que escribir, que diera que pensar. Una crítica verdaderamente crítica tendría que tener una especial sensibilidad para distinguir entre la avalancha imparable de producciones, aquellas obras que todavía mantengan despierta la curiosidad por adentrarse sin condiciones en los laberintos de la razón, que son también los del corazón humano. La anestesia de la crítica es también colaboración a la muerte del cine.

Una escritura razonante y veraz sobre el cine, y contra el cine, si es preciso, una reflexión del cine sobre sí mismo, razón viva de toda crítica, hecha desde la escritura, instrumento relativamente más libre y suelto que el cinematógrafo por cuento es más barato y por tanto menos atrapado desde el Mercado, puede ayudar al cinematógrafo a desprenderse de las cadenas que le pesan. Una reflexión sobre el cine quizá pueda hacer por él lo que él no parece ser capaz de hacer por sí mismo. Un escribir sobre cine, un pensar el cine, radical e inteligente, como el de Serge Daney, como el de Gilles Deleuze, y aún antes de la consolidación del imperio audiovisual, aquellas reflexiones certeras y desveladoras de André Bazin, han hecho más por el cine que cientos de películas inocuas. Una escritura indagadora y punzante, que toque tanto la razón como el corazón, que no reduzca el cine a los gustos ni a las opiniones personales, que no fomente esa separación entre lo privado y lo público, ayudaría al cine a recuperar su primitiva vitalidad, su luz primera, su utilidad pública. Una escritura que asumiera la sugerencia de Erice: del valor del cine como lenguaje no sólo capaz de mostrar el mundo sino también de pensarlo. Una escritura de cine que fuera a su vez pensamiento del cine, que pensara el cine como arte vivo. Si está claro que un cine importante desprendió en su día una crítica inteligente, no es menos cierto que una crítica despierta puede estimular hoy la conciencia de un cine, que como el colombiano nuevamente comienza a despertarse.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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