Blanco

Acaba de detonar la paz en mi país, un país sin nombre, como lo son los verdaderos países. Palabras más, palabras menos, algo así dicen las noticias y los periódicos locales, la palabra “paz” se repite más que la palabra “amor”. Lo cual, visto desde la mayoría de los lentes, es una buena noticia para muchos, pero tal vez la mejor noticia posible para pocos. Porque, como es bien sabido, no todo es perfecto cuando nos acerca a los más débiles: veo en mis cuadernos de notas que la mejor noticia de este lado del mundo allí no lo es tanto y sucede a la vez con una guerra, hay un auténtico campo de batalla entre mis textos preconflicto, endoconflicto y postconflicto. No es nada fácil, en un momento esperanzador como este, asomarse a un cuaderno de notas inerte y ver al caos reinando e irse de allí, o cerrarlo de un golpe, sin sentir que algo se puede hacer por los textos que, en algún momento de nuestra vida, buenos o malos, fueron nuestros. Así con los hijos, para quienes no paren textos, así con todo para quienes tuvieron algo alguna vez, pero sobre todo para aquellos que jamás tuvieron algo, esos que son casi invisibles para el sistema y que rara vez se dejan ver descansando: nada fácil es perder el control que creía tenerse sobre algo que parecía ser nuestro.

En una de las guerras que vi en las últimas páginas que revisé, se enfrentaban a muerte dos historias, una narrada en primera persona y otra a través de diálogos. Por lo que recordaba las dos contaban lo mismo, y ahí es donde, creo, se inició el problema que no parecía tener un fin asequible. Una de ellas, la de la primera persona, argumentaba que nadie era capaz de saber lo que otro pensaba mientras este no lo manifestara, que los diálogos y conclusiones allí descritas no correspondían a su versión ni mucho menos a lo sucedido. La otra, por su parte, recurría al imaginario colectivo y al imaginario personal, a la inventiva y hasta a la fortuna como argumento, este último no siendo menos explosivo que una bala de cañón en el frente de batalla. Para comprender mejor el hecho de haber escrito la misma historia desde dos puntos de vista tan distintos, pero más para procurar el armisticio, tuve que remitirme a mis libretas de apuntes previos y futuros, a cuanta nota al margen se me ocurrió que hubiera podido ayudar. Escarbé por todo lado, pasando por guerras de todos los tamaños, formas y colores, intentando encontrar la primera pista o la primera evidencia que me llevara a resolver el caso, o por lo menos a disminuirlo. Resultó ser un episodio personal, por allá en mi primera infancia, en donde mi abuela me llevaba por el campo mientras me contaba la historia de amor entre ella y el abuelo, unos sesenta años atrás. Y el gran detonante, imaginé en ese momento porque todavía no lo descifro, fue que una de las voces de los diálogos no era la de mi abuela sino la de mi abuelo y la otra no era la mía sino la de un niño sin nombre. Es decir que el yo de esa versión, aunque fuera un anónimo, o tal vez porque lo era, hablaba con mi abuelo, o el suyo, de la historia de su amor y, por supuesto, los hechos no correspondían en su totalidad con los narrados por mi yo de la versión en primera persona, un yo también anónimo, en la que lo hacía con mi abuela, o su abuela anónima también. Imagino que las escribí para que mi abuelo tuviera su oportunidad, bien de exponer su versión o bien de existir en mis recuerdos, ya fueran estos reales o imaginarios, todos tenemos el derecho de defendernos cuando se nos acusa de amar.

Lo que más me preocupa es que en medio de tantas noticias le demos la importancia inadecuada a las noticias inadecuadas, así como sucede en la imaginación, en donde cada quien necesita de su propia versión de la versión oficial y recurre a cuanta treta conoce para torcer el tronco del árbol sin que queden huellas del crimen. Por ahora, para mí, la mejor noticia posible, sin darle mayores plazos, sería que todos los ciudadanos pudieran leer los cientos de páginas en las que se expone el acuerdo de paz; y, pensándolo un par de segundos más, la mejor noticia posible sería que los ciudadanos las quisieran leer. Y, yendo más al fondo, y quizás entrometiéndome en una historia ajena, en la propia de la primera persona, la única válida según quien lo mire, o simplemente yendo hasta el verdadero fondo, la mejor noticia posible, para mí, repito, sería que los todos ciudadanos quisieran leer, simplemente leer.

Aunque la mejor noticia posible, ojalá la única y primera de cada día que llegara a mis ojos, fuera que algún nuevo ciudadano aprendió a leer, que aprendió a dejar en paz a sus propias guerras.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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