El amor, un buen pretexto para el cine (I parte)

 

(El 28 de noviembre de 1956, ya casi 60 años, se estrenaba en Francia la película Y Dios… creó a la mujer de Roger Vadim, la piedra angular en la que descansa el mito Brigitte Bardot.)

Por: Antoine Skuld

Para la gozosa lectora de imágenes

 

La fidelidad es a la vida de las emociones lo que la coherencia es a la vida del intelecto: simplemente una confesión de fracaso.

Oscar Wilde.

 

Amor es una de esas palabras cargadas de múltiples sentidos. Explicarla con rigor no es fácil, pues de ella hay un auténtico abuso y para que esto no ocurra es necesario precisar en el sentido verdadero de la terminología de esta palabra buscando su esencia. Dicho de otro modo, hay que poner orden en ese sinfín de palabras que se juntan en torno al término amor. El amor es una complicada realidad que hace referencia a múltiples aspectos de nuestro ser que determinan nuestra existencia en las distintas relaciones que tenemos en la vida. Es decir, en la vida cotidiana nos encontramos de una manera palpable con el amor, pero muy pocas veces nos damos cuenta de su presencia, de su significado. Nuestra única motivación que tenemos para afrontar todos los problemas que surgen en la vida, el impulso que nos mueve a seguir adelante y da origen a un sinnúmero de relaciones sociales es, justamente, el amor. Y, por su complejidad, sólo el hombre es capaz y tiene la necesidad de amar. O bien, sólo la persona puede amar y sólo la persona puede ser amada. Esta es, ante todo, una afirmación de la naturaleza ontológica, de la que surge una afirmación de naturaleza ética. El amor es una exigencia ontológica y ética de la persona.

Meterse en las vidas de otros, conocer sus intimidades, adueñarse de sus secretos, el cine es el arte voyeurista por excelencia, la dimensión erótica de las películas realizadas en celuloide es esa premisa llevada hasta límites extremos. Ya lo sabían los precursores de la industria, como el estadounidense Thomas Alva Edison, que en 1891 -cuatro años antes de que los hermanos Lumiere hicieran la primera exhibición de cine ante un puñado de espectadores- había patentado el Kinetoscopio. Una caja con imágenes en movimiento concebida para el disfrute exclusivo del espectador y que, por lo general con imágenes de chicas ligeras de ropa, pronto comenzaron a poblar los lugares públicos. El cine erótico no se asocia solamente con cuerpos desnudos o escenas de sexo, sino, más bien, con la sensualidad humana.

Porque también hay erotismo en un baile, una frase, una mirada, y eso el cine lo ha sabido captar desde siempre. Y es que los terrenos por los que transita el cine erótico son más sutiles, tienen que ver con el amor, el placer y el dolor. El verdadero cine erótico es el que no sólo muestra el cuerpo, sino que indaga en la mente y refleja el alma de sus protagonistas. El que, de paso, nos dice algo de nosotros mismos y de la sociedad en que estamos viviendo. El que se encarga de desempolvar algunos fantasmas y enfrentar nuestros propios miedos y fantasías. Cada cierto tiempo surgen títulos y autores que marcan un hito en el desarrollo de las libertades humanas. A causa del erotismo, el cine ha sido acusado de irreverente, ofensivo, pornográfico, inmoral y antisocial, pero ha servido para derribar tabúes, despejar fantasmas, burlar censuras y destruir falsas concepciones sobre el individuo.

Apenas un año después de que los hermanos Lumière hicieran la primera proyección pública, se filmaban breves secuencias eróticas, la industria cinematográfica supo descubrir el erotismo en las vampiresas de la pantalla con lujuriosas escenas de desnudos femeninos, besos pasionales y otras más audaces un recurso seguro para atraer espectadores. Por lo tanto, no es descabellada la idea de que el erotismo en el cine nació casi a la par que la máquina que procesaba fotografías en movimiento. La regordeta Louise Willy se mete en una tina de agua jabonosa y humeante y luego, de pie, acepta que una gentil doncella le frote la espalda con una esponja. Louise no tiene nada encima, salvo espuma. La película dura algo más que un suspiro, se titula El baño y fue filmada por Georges Méliès en 1896. Las crónicas de la época atestiguan que El baño de Méliès, atrajo la atención de los parisienses mucho más que La llegada del tren a la estación de la Ciotat o que El regador regado, dos de las primeras películas de los Lumière. La prensa francesa reaccionó tan escandalizada como la neoyorquina cuando, también en 1986, Thomas Alva Edison exhibió su filme El beso, de un minuto y medio, en el cual la actriz May Irwin aproximaba candorosamente sus labios a los mostachos del actor y además esposo, John Rice.

Fue la presión de los grupos moralistas y sectores religiosos los que hicieron a Hollywood volverse pacato a fines de los años 20. El llamado Código Hays, por ejemplo, prohibía las escenas de pasión, aun entre esposos, descartaba todo tipo de desnudez e incluso censuraba las danzas con “exceso de movimientos corporales”. Pero entonces comenzó la carrera de destacados realizadores, desde Ernst Lubitsch a Alfred Hitchcock, que convirtieron sus películas en un ejemplo de cómo burlar la censura, el insinuar más que mostrar. Los espectadores se sintieron especialmente atraídos por las escenas intimistas y por los ceremoniales desnudos femeninos, que plantaron la semilla del cine erótico, un género que suele asestar nuevos y cada vez más contundentes golpes de audacia.

Los besos y abrazos apasionados comenzaron a ser moneda corriente con el cine sonoro, a principios de la década del treinta, cuando ya no era necesario imaginar lánguidos suspiros y resultó posible seguir de boca de los actores el trémulo diálogo amoroso. ¡Oh, es un castillo hermoso! –le dice Merle Oberon a Laurence Olivier en Cumbres borrascosas (1939)-. Viviremos aquí para siempre, los dos contra el mundo… Soy tu esclava.” Y sus labios se funden en un beso de dieciocho segundos. Los habría más largos e incluso más atrevidos, como el de Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó (1939), los de Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados (1946) y los de Brigitte Bardot y Jean-Louis Trintignant en Y Dios creó a la mujer (1956), tan verosímiles que parecían exceder la ficción. Por entonces, el cine erótico se caracterizaba por la abundancia de besos tórridos, generalmente envasados en un celofán de romanticismo, y por la exposición de desnudos femeninos, casi siempre al aire libre, que respondían a la excusa de refrescantes chapuzones en riachos y lagunas.

Desde Europa comenzaron a llegar, en los años 60, películas que abordaban temas sexuales sin tabúes, no como fórmula para atraer público, sino como trabajos serios desde el punto de vista artístico, que eran a la vez intentos de conocer más la psiquis humana. En 1960, y quizá con Hiroshima mon amour, del francés Alain Resnais, el cine erótico invadió otros territorios, más inquietantes y, a menudo, más escabrosos: esa película incluye una escena de alcoba en la que Emmanuelle Riva y el japonés Eiji Okada se dispensan un amplio repertorio de caricias y otros arrebatos. En Ayer, hoy y mañana, de Vittorio De Sica, Sofía Loren le ofrece un strip-tease de dormitorio a Marcello Mastroianni, cuya perturbación compartieron la platea de todo Occidente. La secuencia era levemente divertida y por eso la Loren no la borró de su memoria ni de los archivos de Cinecittá, como lo hizo con la de su remojón en una piscina, con sus opulencias a la vista de Alberto Sordi, en Dos noches con Cleopatra, uno de sus primeros filmes. Autores de la talla de Ingmar Bergman, Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Louis Malle, Bernardo Bertolucci, Pier Paolo Pasolini e incluso Roger Vadim provocaron polémica y escándalo; fueron censurados, pero ayudaron a dar un paso adelante, tanto en el terreno cinematográfico, como en el del conocimiento sobre la identidad y la conducta humana. Algunas de sus películas se convirtieron en transgresoras, porque fueron más allá de los cánones establecidos en su momento, provocando la ira de las instituciones, pero derribando prejuicios, censuras, combatiendo el temor y la ignorancia. Bertolucci, con El Último Tango en París, por ejemplo. O Pasolini, por ese muestrario de los horrores cometidos por un grupo de fascistas que es Salo o los 120 Días de Sodoma, actualización del libro del Marqués de Sade. Y más tarde, el japonés Nagisa Oshima, con El Imperio de los Sentidos, acusada de pornográfica por algunos y como obra maestra por otros, pero que sin duda llevó al límite el tema de la sexualidad en el cine, al poner a sus protagonistas en situaciones de sexo real y obligando el hardcore y el softcore, la pornografía real y la simulada.

Como en la literatura (a partir de Las mil y una noches y luego de la mano de Giovanni Boccaccio, en el siglo XIV), el condimento de la sensualidad incorporó el valor agregado de la imagen en películas de todo género, sobre todo policiales, no bien los ávidos productores de Hollywood percibieron que el erotismo y la violencia hacían muy buenas migas. Perros de paja de Sam Pekimpah, 1971, Doble de cuerpo de Brian De Palma, 1985, Bajos instintos de Paul Verhoeven, 1992, son apenas tres ejemplos de esa expandida corriente a la que Quentin Tarantino aporta ahora su refinado catálogo de truculencias. La tendencia es evidente: consiste en mostrar lo que en tiempos de Rodolfo Valentino se sugería y en llegar hasta el difuso límite entre el erotismo y la pornografía, cuyos intentos de aproximación vienen de lejos. En 1940 El proscrito con Jane Russell, no pudo ser exhibida hasta que tres años después su realizador, Howard Hughes, consintió rudos tijeretazos. En 1956 Baby Doll de Elia Kazan, con la aniñada Caroll Baker, sufrió parecida condena.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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