El perdón es una locura

Cuerpos Ausentes (2015). Óleo sobre lienzo, Nora Piedrahita (Fotografía de mi archivo personal).

 

El día que conocí a Alonso Amado le dije que su nombre era la versión al revés del de un gramático español y que su apellido me recordaba a un escritor que admiro mucho, de hecho le recomendé que leyera el libro “La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua” de aquel brasileño que llevaba también el apellido Amado.

Fue una conferencia que di en una ciudad de Colombia, puedo decir cualquiera, porque creo que en cualquiera me hubiese encontrado a alguien como él. Hablé sobre la literatura colombiana y cómo los personajes de la literatura sobreviven a las violencias, cómo hacen memoria y salen de las situaciones más tenaces, cómo la literatura puede ser una herramienta didáctica para la pedagogía de paz. No fue tan importante lo que dije como la lección sobre lo que es el perdón que me dio don Alonso.

Se acercó a mí después de la conferencia, participaron allí muchos profesores y hubo un almuerzo, a la hora del café me abordó. Me dijo que me iba a contar algo, que había sentido mucho mi conferencia y que él escribía. Él no se había registrado como víctima del conflicto, pero era desplazado,  no había querido ponerse ese título. Me contó que a él lo exiliaron de su pueblo y se fue a vivir a la capital –a cualquier capital de Colombia, pues sospecho que en cualquiera se hubiera refugiado alguien como él-.

Él estudió educación popular y junto con su hermano empezaron en el pueblo a hacer talleres de participación ciudadana, lo cual no fue visto con buenos ojos para alguien que tenía, o tiene el poder en aquel pueblo, fueron señalados como guerrilleros. Así que a su hermano lo mataron, a él lo amenazaron de muerte. La familia muy preocupada por el futuro de Alonso, después de la muerte del hermano menor, lo sacó del pueblo.

Alonso estudió para ser profesor, me contó que escribió mucho sobre la muerte del hermano, pero que no se lo mostró a nadie porque estaba en una lista y le daba miedo que se enteraran que había publicado sus poemas. Estudió su carrera y se presentó para ser docente del pueblo donde nació con el único fin de volver y buscar a aquel que había matado a su hermano. Primero tenía que arreglar su situación. No me contó cómo, pero buscó y pagó a gente para que lo sacaran de la “lista negra” y poder volver a su tierra sin problema. Luego de un largo proceso fue nombrado para ejercer la docencia en aquel pueblo olvidado.

Tenía eso en mente, así me lo contó, cada día de su vida lo había preparado para el encuentro. El asunto es que siempre que pensaba ir a visitar al “manda más” de aquella zona, algo se le interponía. Y era algo importante que involucraba un problema que había que resolver en el colegio, una rifa para recoger fondos, una charla con las madres comunitarias, una capacitación sobre orientación familiar, o alguien que lo necesitaba para escribirle una carta a la Alcaldía o para poner una tutela a la E.P.S. o un registro en el SISBEN, o la gestión de una leche y pañales.

Alonso se había entregado por completo a los problemas de su gente, se le veía caminando de un lado para otro ayudando a resolver problemas y así pasaron un par de años, cuando se dio cuenta, se le había olvidado a qué iba a ese pueblo. Así me dijo con lágrimas en los ojos. Ya no le interesa enfrentar a  nadie, no se olvida de lo que pasó, pero la gente lo había hecho sanar algo. Alguien alguna vez le dijo que fuera a visitar a “aquel” y Alonso prefirió no ir. Alguien también le dijo que era un loco por andar así con la gente, apersonándose de los problemas de otros y sí, me dijo, hay que estar loco para poder perdonar.

Al ver sus ojos húmedos lo único que salió de mí fue un abrazo y lo apreté agradeciendo todo ese amor que reparte. Agradeciendo que sin conocerlo, me hubiera permitido saber de él como si se tratara de cualquier familiar cercano. Así me enseñó este gramático invertido,  como ocurría algo maravilloso en la vida de alguien. Más que Derrida  en el Siglo y el perdón, Alonso Amado me enseñó que nadie puede perdonar por otro y que la locura es lo único que sana.

En todo caso si hay que escoger entre las guerras o perdonar locamente, yo prefiero lo segundo. Así me lo enseñó este hombre sencillo quien sigue escribiendo historias y folclor de su pueblo para no meterse en problemas tocando el tema de la violencia. Él no inventó su muerte como Quincas, pero sí murió una vez y volvió a vivir, sobrevivió. Se sanó ayudando a los otros, perdonó con locura, aunque no olvida.

Entonces la dignidad está allí, no en reconciliarse con aquel que le ha hecho daño a uno, a veces tan irreparable como la muerte de alguien que uno ama, no en las leyes que reparan con dinero porque ninguna muerte puede intercambiarse con suma alguna, no con las miles de relatos libres que todavía no dan cuenta de los desaparecidos, sino con el amor por la vida, aferrarse locamente a la vida para sanar, eso es perdonar.

Angélica Hoyos Guzmán

Creo que la literatura es la vida. Investigo sobre las formas de la sobrevida en el mundo contemporáneo a través de la poesía y el arte. Colecciono indicios.

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