Eso que llaman amor (Una película de Carlos Cesar Arbeláez)

Por: Carlos Andrés Jaramillo

“Una emanación continua, […] que del amante va a lo amado”

José Ortega y Gasset

 

Los hombres nacen y mueren. Y mientras aguardan su muerte, consumen su tiempo en amar o en ser amados. Ese intervalo parece llenar la extensión de la vida humana. ¿Pero qué es el amor? He ahí una pregunta antigua, una pregunta que se confunde con el origen de nuestra especie, con la oscuridad de las entrañas o de los más delicados sentimientos y, que Carlos Cesar Arbeláez, se propone responder en su más reciente película.

El amor, como sentimiento, no resulta extraño para ninguno, ya que cada uno lo ha experimentado dentro de sí. Pero cuándo nos preguntan qué es, nos ocurre lo mismo que San Agustín que, al ser interrogado por el tiempo, respondía: mientras no me preguntan lo sé, cuando me lo preguntan no lo sé. Y es que el amor pertenece a esos objetos que escapan al lenguaje, que no pueden ser expresados por él. Tal vez porque es un sentimiento anterior a la palabra, a los significados y se anuda en la biología, en la necesidad de poseer al otro para prolongar la especie. Y cuando no, cuando es romántico (un desarrollo cultural), aun así resulta igualmente elusivo, difícil de definir. Tal vez por eso Roberto Juarroz, el poeta argentino, dijo que el amor sólo es comprensible por la experiencia del amor, que es inútil describirlo a alguien que jamás lo ha sentido. Y, sin embargo, a pesar de su reticencia a ser dicho, el arte no ha renunciado jamás al intento de expresar el amor, ya que el amor se siente como una plenitud o una agonía que necesita ser contada: todo enamorado, lo sabemos, se torna de un lirismo a veces insoportable. Y resulta que tampoco la poesía no habla de manera directa, sino través de símbolos, que es el lenguaje en que se expresa todo el que no alcanza a definir las cosas.

La película de Arbeláez narra tres historias que se entrelazan entre sí. Su virtud principal es, a su vez, su mayor defecto: su realismo, su necesidad de no traicionar la vida. Todas las historias son posibles y narradas sin afectación. Así lo sentimos. El amor está tomado de lo cotidiano. El problema consiste en que eso puede llevar a subestimar la obra, a considerar que delante no de ella no se asiste a ninguna realidad profunda. Pero esa aparente superficialidad es engañosa. Lo que cuenta Arbeláez es complejo. En su película hay muchas formas del amor, no sólo el romántico o el sexual. Y cada personaje experimenta esas formas sin que se agoten. Puede amar de muchas maneras a distintas personas: a la madre, a los hijos, a la esposa, a la amante ocasional. Así, el de sus personajes es una sensación (un padecer, en su sentido de pasividad) que busca desesperadamente la reunión con el otro. Por eso, tiene en su origen la soledad o el deseo y se transforma en sacrificio capaz de soportar todo por conseguir esa unión. El amor en Arbeláez es una aspiración nunca satisfecha y a la que no se renuncia. Un fantasma que no desaparece. Una definición cercana al Quignard de Terraza en Roma, cuando dice que el amor es una imagen que nos hostiga noche y día, un diálogo interminable con alguien que no está.

La primera de las historias es, tal vez, la que mayores recelos produce, y lo hace por la indumentaria de los personajes, a la que no estamos acostumbrados. Se trata de la historia de amor de dos curiosos personajes que trabajan imitando monumentos en una famosa plaza de la ciudad. Y, sin embargo, ambos nos ofrecen algunos de los momentos más conmovedores de la cinta. El amor de un padre que no puede contar a su hijo cuál es su trabajo, los giros de una bicicleta alrededor de un patio tendido de sabanas de diversos colores, una reacción por el anuncio de una muerte.

La segunda de las historias es la mejor lograda de todas, pues el ritmo de la narración no decae en ningún momento y la trama se hace cada vez más desesperada. Narra la historia de una prostituta que debe hacer un último trabajo para encontrarse con su hija en Europa.

Finalmente, la tercera, es la historia de una madre a la que le entregan los restos de su hijo asesinado porque han decidido demoler el cementerio. Alejada sentimentalmente de su esposo alcohólico, se esmera en conservar los restos en casa contra la opinión de este.

Cada una de estas historias, incluso sin el desarrollo, sólo como imágenes, las sentimos impregnadas de belleza, cercanas a la poesía. Pero a una poesía discreta (como la de Chejov), anclada en la vida. Que no busca engañar al espectador sugiriendo lo trascendental del asusto. No, lo cuenta a partir de experiencias posibles, cotidianas.

Ortega y Gasset, el gran filósofo español, que también dedicó un libro a indagar que era el amor, expresó que la manera de amar y las personas a quienes amábamos decía algo de nuestro propio interior. Así, esa película es un retrato de la abnegación de cada personaje, una manera de hablarnos de lo más íntimo de cada uno, de lo que ánima cada mundo interior. El amor no sólo es una expresión de la sexualidad, sino también de la interioridad que cada quien. Acaso también del director, de ese escrutador de almas.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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