Las mujeres sostienen la mitad del cielo

Ilustración de Amanda Copstein.

Por: Silvana Aiudi

Me lleva dos cabezas y dos cuerpos. Pesa como noventa kilos y mide casi dos metros. Un empujón.

—¡Acá entramos todas! ¡Corré, Estela! —me grita la Tota—. Está oscuro.

—Pará que, no veo a Norma —le digo agitada mientras camino de un lado para el otro en una porción de vereda.

Me tapo los oídos. Me aturden las bombas de estruendo. Los ruidos vienen desde La Cañada, creo.

—Corré, ¡dale! —vuelve a gritarme La Tota.

—¡Norma venía adelante mío! ¿Dónde está Norma? —le grito.

—¡Vení, pelotuda!

La Tota llena el fitito que espera en la calle. Subo.

—La puta madre, Tota, te dije que no entramos —dice nervioso el Turco.

—No seas cagón, Turco.—Los ojos negros, enfurecidos, el pelo corto—. ¡Dale, Turco, arrancá, arrancá la puta madre! —ordena La Tota.

El Turco acelera. Una mujer que no reconozco reparte documentos. Llegamos a una esquina que ahora no sé cuál es. Silencio. La Tota y la mujer se bajan del fitito y se suben a otro auto. La Tota me mira desde la ventana. Es la última vez que la veo. Yo sigo con el Turco. Nadie dice nada. Parece que voy a estar un largo rato viajando a no sé dónde. No pregunto sino que cierro los ojos. Es como si volviera a ese lugar: al infierno de unos minutos antes.

Luego de un año de prisión, liberan a María del Carmen Astudillo, conocida como La Tota, por presunta falsificación de documentos y queda a disposición del PEN, leo en el recorte amarillento de un diario que está tirado en el suelo. Se le cayó a alguien. Me concentro: soy la número cuatro, me repito, soy la número cuatro, y cierro los ojos como si ese gesto me ayudara a confiar más en mi memoria. Pienso en esa mañana.

Los hombres malos me dijeron que la Bruja Cachavacha va a venir a buscarme si no les hago caso, me dice Lucía. Tiene el labio partido. Le pregunto si comió y me dice que no le gusta la polenta. Me pregunta cuándo nos vamos a ir, que extraña ir al jardín. Le digo que pronto, que la abuela la va a venir a buscar en el patio de visitas, que no se vaya con otra persona, que se esconda de los hombres malos y de la Bruja Cachavacha. Mientras, le toco el labio lastimado. Los hombres malos me dijeron que hiciste algo feo, sentencia. No respondo. Hay algo que no le puedo contar. Me interesa que entienda mis instrucciones y sin demasiadas explicaciones le repito que se tiene que quedar ahí, sola, sin mamá, un tiempo. Tiemblo. Se oye la misa de la mañana.

—Qué hacés, Estela, prestá atención. Hay que estar listas apenas haga la señal el Turco —me grita La Tota mientras me sacude el brazo—. No me fallés, la que lo tiró, o te quedás acá, ¿entendés? En la tercera bomba, Estela, acordate, la tercera. —Tiene las manos fuertes. Pienso en Lucía y lloro.

—Qué hacés, pelotuda —dice la Tota—. No se te ocurra dudar un segundo. Saltá por la ventana y corré, corré. —Me palmea la espalda con esas manos grandes y fuertes.

Me asegura que Lucía va a salir, que está todo arreglado. Me da hambre. Un mate cocido, hoy; ayer, un pan; antenoche, sopa. Hay demasiado silencio adentro y afuera. Demasiada oscuridad para ser las siete de la tarde. Miro mis manos: me faltan dos uñas. Recuerdo la mañana antes del arresto. Pasaron tres meses.

Aquella mañana se me rompe la media y le pongo esmalte transparente. Miro por la ventana. Amanece por detrás de las sierras. Lucía duerme pero pienso en despertarla pronto. Es su cumpleaños. Podemos ir al río. No voy a la reunión sindical hoy. No aviso. Lleno la pava con el agua que sale de la canilla mientras escruto el horizonte. No me doy cuenta: el agua rebalsa. Tiro un poco y pongo a calentar la pava. Preparo el mate y saco de la alacena la bolsa con peperina que tengo por ahí. Me siento. Es una mañana cálida. Estoy cansada y algo disfónica. Intento no pensar pero no puedo. De reojo veo a Lucía que se mueve en la cama, está soñando. Me sobresalto con el timbre del teléfono: es mi mamá. Me pregunta a qué hora viene a la fiesta y si estamos bien, si leí el diario. Le digo que sí y que no se preocupe, incluso discuto y le grito. Ahora no me acuerdo por qué. Cuelgo el teléfono y me miro las manos, luego las uñas. Acabo de terminar de leer un libro. Me despierto. Tengo los ojos vendados, voy en un auto y escucho un relato infantil del camino por el que vamos. No puedo hablar.

— ¡Vamos, vamos, vamos! —escucho que grita La Tota.

Son las ocho de la noche. Hay demasiado ruido ahora. Oigo las bombas de estruendo. Estamos concentradas. Cada una sabe qué hacer. Cada una piensa, acaso, si alguna vez este acto nos convertirá en mujeres nuevas irreconocibles desde ahora. Algo arranca la reja de la ventana de la cocina. Ese era el plan que pensamos desde que nos metieron. Inquebrantable. Sale La Tota primera, después Cristina, Norma y yo. No veo quiénes vienen detrás de mí. Corro. Sigo con la mirada a Norma. La pierdo entre la multitud y el ruido. La busco. Me parece ver que la agarran. La Tota me grita. La Tota vuelve a gritarme. Respiro, cierro los ojos, giro la cabeza y corro. Afuera debíamos estar.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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