Fracasar en el intento

En una entrevista de Youtube, oigo a Bolaño decir que solo tenía sentido publicarlo si se ganaba un premio en un concurso. Se refiere a “Sensini”, un cuento motivado en la impresión que le causa coincidir con Antonio Di Benedetto, en un concurso de ayuntamiento en España. ¿Qué tan mal debía estar ese grandísimo escritor, reflexiona Bolaño, un crack de primera, para ir a jugar en cuarta división, en un campo de tierra pelada? Ni siquiera a ganar, pues en vez del primer premio, recibe una de las menciones. Bolaño, o bueno, el narrador del cuento “Sensini”, al quien el autor en la entrevista de Youtube hace tanto esfuerzo por parecerse, decide escribirle al autor argentino, Luis Alberto Sensini, con la intención de iniciar un intercambio epistolar. El serio Sensini ofrece consejos, sin ambages ni cortedades, al joven prospecto de escritor que se ha tomado el trabajo de enviarle una carta. Le recomienda presentar un mismo cuento con títulos diferentes a varios concursos, se muestra alerta a las fechas y montos repartidos, explica que extrae la información de las bases consignadas en periódicos y revistas madrileñas. Lo insta a no desanimarse, más que en el ejercicio romántico de la escritura, en la práctica mercenaria de los concursos.

Pero, ¿qué significa eso de que “Sensini” fuera impublicable antes de ganar, si ganaba, un concurso de provincia? No estoy seguro. Hay algo seductor en el gesto radical de la pregunta. Tal vez en el periplo del concurso el relato está en capacidad de generar un espejo en donde el cuento se mira a sí mismo en los ojos de los prelectores y los jurados (que se sonreín con la figura de Sensini y piensan que se trata de Onetti o de Osvaldo Lamborghini). No hay, para ser claros, ninguna voluntad de metaficción, porque el autor no se sale del marco formal del relato con el propósito de hurgar la nariz del lector. Más bien “un juego”, palabras del propio entrevistado, sobre el sentido de escribir historias, o el de participar en concursos, sobre la imposibilidad de separar las ambiciones genuinas de un escritor que se toma en serio y cierta vocación de mercachifle que requiere volver productivo (de algún modo, el que sea) el oficio literario, en fin, acerca del deseo fundamental que todas estas cosas expresan: ser leído.

El gesto radical no está en el cuento, sino en la pregunta que lanza Bolaño, esa figura de autor, creada por un chileno que alegaba ser de muchos lados, a lo largo de diversas entrevistas, de ensayos, de videos de Youtube. (Esa figura de autor, además, es su gran proyecto estético). Me pregunté entonces si era posible que un cuento fuera a la vez esas dos cosas: relato y gesto radical. Es difícil, por tratarse de una forma cerrada (la del cuento), con tantas reglas pacientemente acumuladas a lo largo del siglo XX, que prefiere, se repite en los talleres literarios, la sustracción a la desmesura, la sobriedad a los gestos excesivos. Me acordé, sin más, que Bolaño se refiere a un cuento de Aira como uno de los cinco mejores que él recuerda. Nunca dice, sospecho, cuáles son los otros cuatro, y tal vez hace la misma afirmación para referirse a otros escritores. El cuento se llama “Cecil Taylor”. Y es un bicho raro. Se encuentra fácil en internet. Y lo pone a uno en problemas. Dice cosas con las que uno no sabe muy bien qué hacer: “Los crepúsculos opuestos caen como fichas en una ranura de hielo”, “su transparencia de lágrima de dinosaurio” y el chistecito irónico “real como un ‘buenos días’ entre peces”. Pero el gesto radical es el núcleo del cuento, lo que lo deforma con sofisticación hasta convertirlo en eso que uno lee.

Una historia titulada “Cecil Taylor” no podía ser otra cosa que un relato dedicado a la vida de este jazzman (del que me enteré gracias a Aira, o mejor, a Bolaño, y del que, mirando en internet, supe también que era famoso por ser pionero del free jazz), con el inconveniente de que la forma biográfica no le sirve al narrador, ya que esta es útil en especial para contar historias de éxito o de vidas de santos. Además plantea un problema de carácter filosófico: ¿Cómo narrar la historia particular (la de Cecil, por ejemplo) según lo genérico de los modelos biográficos? ¿Cómo captar lo singular en lo general? El cuento abre con una escena del amanecer de Manhattan: es el fin de la jornada de una prostituta negra que camina soñolienta y se distrae de sus ganas de llegar a casa con una pequeña aglomeración de trasnochados que contemplan una vidriera a la mitad del callejón: observan el final de la cacería de un gato que ha acorralado a una rata contra la esquina. La prostituta negra golpea la vidriera con la cartera, el gato se distrae, la rata escapa, los mirones devuelven una cara de disgusto, la escupen, la siguen, y el párrafo cierra con una frialdad escueta, casi cómplice: “antes de que termine de desvanecerse la oscuridad tiene lugar algún hecho de violencia”. Pero no hay tiempo de fijarse en esto, es decir, de detenerse a compadecer a la prostituta negra, porque el narrador simplemente pierde interés en los eventos. El lenguaje, cortante hasta entonces, y la atmósfera, lograda a punta de descripciones precisas y movimientos breves pero insistentes de la acción, se rompen, y por el boquete abierto entra la voz del narrador, filosofando.

Es como si el cuento echara a la basura la primera página y reiniciara. No es de la prostituta negra de lo que iba el asunto, sino de Cecil Taylor. Si persisten afinidades entre estas dos cosas (la referencia a la vida nocturna en Manhattan, el trasnocho, la raza de la prostituta) es gracias a un humor flojo o sarcástico, depende de la cantidad de amor profesada por Aira. En fin, hacer la biografía de un artista resulta una tarea imposible, paraliza (al narrador), que no sabe cómo interrumpir la serie infinita. Una vida seguramente es el resultado de una sucesión de eventos potencialmente interminable de acontecimientos; una vida que se cuenta se basa en la interrupción de esa serie y la elección significativa de momentos que, más que resumirla, la definen. En eso consiste, piensa el narrador, mientras lo descarta, el modelo del realismo, viejo y rotoso, insuficiente para la época de Aira (“¿Qué otra cosa es el realismo? Una época en la que cierta gente ha vivido”). O siendo más específico, el modelo del regionalismo, cuya arma fundamental es el arte de crear atmósferas, uno de los ítems imprescindibles en los talleres de escritura creativa de los que yo mismo he estado a cargo. La atmósfera, dice Aira, “es la condición tridimensional del regionalismo, y el medio de la música”, pero no la estrategia apropiada para contar la vida de Cecil Taylor en un cuento contemporáneo.

Y entonces, en la página cuatro, empezamos de nuevo: en 1956, año de la primera grabación atonal de jazz de un Cecil entrado en sus treinta, prodigio del piano y estudioso, con ganas de triunfar, de integrar la tradición ya definida por la historia de otros jazzistas de nombres enormes, vemos a Cecil emprender entusiasmado varias presentaciones en público que no proveen ni siquiera un éxito modesto. El cuento descubre, junto con Cecil, la falla lógica en las expectativas iniciales, diluidas en la constante decepción de sus exhibiciones. Quienes lo oyen, por azar o por error, hombres que se trasnochan y luego agreden prostitutas negras, viejitas burguesas, universitarios snobs, interrogan a Cecil de forma sistemática acerca de la naturaleza de su arte: ¿en verdad considera música lo que practica? Hasta que un día concluye (Cecil, a través del discurso del narrador) que fracasará porque no tendrá nunca, en el futuro inmediato, la calidad mínima entre los espectadores que requiere su proyecto. Algo parecido a lo que opina Baudelaire sobre los lectores de su poesía a finales del siglo XIX. Con lo queda dicho otra cosa: si el éxito es lineal, y por tanto admite relatos lineales, que son los que Hollywood ama y explota desde siempre, el fracaso en cambio no lo es, y el relato del pionero del free jazz, corresponde a un relato del fracaso, serie que podría multiplicarse hasta el infinito, de no ser interrumpida por la voz del narrador, rumiando sus propias palabras, siempre a una distancia prudente del material. Todos los seres felices y exitosos se parecen entre ellos, nos dice, pero los infelices y fracasados lo son cada uno a su manera.

A través de las figuras de Sensini y Cecyl Taylor, Bolaño y Aira captan la estructura del fracaso. Pero el gesto de Aira es más audaz, porque se propone operar adentro de la forma misma del cuento. El segundo párrafo constituye una ruptura con la atmósfera del cuento moderno, con el realismo, en su versión regionalista, y su deseo de cifrar en un momento de la vida de un personaje el sentido de su existencia. La apuesta es alta porque, se pregunta Aira: “¿Cómo oír la música sin atmósfera?”, como quien indaga “¿cómo escribir un cuento que no tenga atmósfera?”. Al hacer esto, el relato abre la puerta a la reflexión filosófica (o pseudo-filosófica, para ser exactos) que amenaza en cierta medida con socavar no solo la resistencia del lector sino el armazón general de la historia. Da la impresión de que la escritura fracasará incesantemente hasta el punto final, donde queda hecha la pregunta que genera una risa solapada en el narrador, triunfante en últimas: ¿en verdad considera esto un cuento, señor Aira?

 

Óscar Daniel Campo

(Barrancabermeja, 1985). Literato y Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional. Salió ganador del Premio Distrital de Cuento Ciudad de Bogotá 2013 por el libro de cuentos Los Aplausos, publicado un año después, y del XXV Concurso de Cuento Corto de la Universidad Externado de Colombia. Coordinó el libro de creación colectiva Vidas de historia. Una memoria literaria de la OFP (2016), que implicó el trabajo de campo con una organización de base social y un equipo de escritores. Cursa estudios de doctorado en University of Illinois at Chicago. Hace parte de la iniciativa editorial Himpar Editores.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s