Imán

Imagen: Jose Alhambra.

Que cualquier hueco es trinchera si corren tiempos de guerra; eso es lo que dicen los libros de historia que todavía no se escriben pero que ya fueron leídos por incontables generaciones de la mejor manera que existe: oyéndolo. Así ha sido dicho durante milenios por todas las culturas, inclusive antes de que inventáramos la guerra o que descubriéramos la paz. Y así se nos han trasmitido, sin necesidad de estar escritas, lecciones incalculables en valor, en masa y en volumen, y que, de no ser por la valentía de quienes cuentan historias, ya sean estas reales o ficticias, se perderían en un agujero negro olvidado por ahí debajo de cualquier piedra si no hiciéramos lo mismo: transmitirle un legado o un mensaje a aquellos que llegaron después de nosotros a este mundo cada vez más necesitado de lo material y desinteresado de lo inmaterial.

Así me sucedió anoche, con mi abuela, que vino del otro mundo a enseñarme que las plantas se disponen para que las tratemos cuando saben que es cuarto menguante en la luna, o en nuestra mente, mejor, porque en la luna siempre es de día, aunque creamos que queda tan lejos de lo que creemos que es el día. Y aunque ya lo sabía, sin poder explicármelo, presté atención a lo que me decía, no todos los días un muerto tiene permiso de venir a este mundo a compartir sus conocimientos con nosotros, los que creemos estar vivos. Conversamos largo y tendido sobre plantas y recuerdos, reímos a carcajadas cuando le conté que de niño odiaba regarlas porque me restaban tiempo de juego y porque no comprendía por qué era el encargado de hacerlo si era yo mismo, según se decía, el más querido de los nietos, el amo y señor de todo lo que veían mis ojos. Luego del ataque de risa, me contó la historia de unos girasoles que por mucho tiempo adornaron la entrada de su casa, haciendo un paralelo con lo de ser el preferido de toda la camada y el amor, y, por lo mismo, no se sorprendió cuando le dije que lo sabía, que ya el abuelo me lo había confesado la noche anterior mientras, de hombre a hombre, habíamos estado hablando del amor y las mujeres, de la vida y las mujeres, de la suerte y las mujeres, de todo y de las mujeres. Porque mi abuelo, así como mi abuela a lo largo de nuestra vida se encargó de enseñarme sobre repostería, femineidad, historia, manualidades, jardinería y religión entre otras, quería entrenarme a medida que yo crecía a velocidades asombrosas en el arte legendario de ser el hombre de la casa. Ambos, a su manera, me moldearon con sus manos sabias cuando todavía era blando, y dejaron en mi camino huellas que nada podría borrar. Porque los abuelos, esos seres míticos que no todos tienen la fortuna de tocar, son quizá los mensajeros más efectivos que tiene el tiempo y, con suerte, los que tendrá siempre. Y creo entonces que yo, más allá de la suerte, tuve la oportunidad de ser un viejo desde niño, de ser una caja de secretos sellada al vacío, de ser una tumba llena de la vida de todos los que me enseñaron algo, de los que me confiaron algo alguna vez.

También me dijo la abuela, aunque ya casi yéndose de nuevo al mundo de los muertos, que hay plantas, pocas, que no necesitan ser amadas durante el cuarto menguante y que, en cualquier momento del mes, y de la vida, se les puede intervenir. Casi no la oí, por la distancia, pero creo que lo último que dijo fue que sucedía lo mismo con las flores del amor, de la paz y la del hombre.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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