Anatomías de la victoria y la derrota

Cuando recibí el cuestionario me di cuenta de que, aunque eran muchas preguntas, la dinámica del ejercicio consistía en dar respuestas breves, apelando tal vez a esa autenticidad que surge desde lo espontáneo, sin hurgar demasiado en la racionalidad pero sí metiéndole la mano al corazón a ver qué es lo que sale. Quien me lo remitía era una revista literaria que me invitaba a hacer parte de una sección que ha llamado bastante la atención entre sus lectores. Había preguntas que indagaban por el personaje literario que más amo, el que más odio, el libro que he leído varias veces, el que no debí leer, qué lectura recomendaría a un político, a un joven que apenas está husmeando en los terrenos de las letras. Ahora que recuerdo, el título del ejercicio es Marcapáginas, que de algún modo alude a marcapasos, ese dispositivo que mediante señales eléctricas regula el ritmo de aquellos corazones díscolos. Aunque estaba un poco cansado decidí comenzar a contestar. Las respuestas, como había intuido, fluían sin ningún tropiezo, como esos ríos calmos que siempre han sabido dónde está el mar que los espera.

Pero no duró mucho la dicha, porque una de las preguntas pareció regocijarse por haber interpuesto un obstáculo que me forzaba a sortearlo sin apremio pero con cautela: ¿Qué lo conmueve? En ese momento mis ojos se detuvieron para repasar una y otra vez aquella línea donde parecía agazaparse un bicho raro. No es que me resultara difícil hallar la respuesta; pero sí que no sabía cómo expresar aquello tan extraño que me remueve las fibras, acelera mi pulso y me dispone para el llanto. Después de algunos segundos traté de esbozar una respuesta, que aunque lindaba con aquello que me conmovía, no conseguía ahondar en el asunto. Entonces escribí: “Que alguien cumpla sus sueños, ese instante épico cuando se enfrenta a la gloria, cuando la mira a la cara y la siente suya”.

Después de eso no pude seguir con el cuestionario, la razón era que de algún modo sentía una necesidad imperiosa de digerir lo que había contestado. Porque en realidad lo que me conmueve no es tanto ese momento épico en que alguien abraza la gloria, ese instante triunfal, sino la anatomía de esa victoria, o de ese fracaso, porque me abate no solo el que vence, sino también al que lo aflige la derrota, el que la debe mirar fijo a los ojos después de pensar que nunca le daría la cara. La anatomía, sus formas, la textura y el relieve de lo que comienza siendo una insinuación, algo que reverbera pero después se erige como un monumento al que le rendiremos culto, recordaremos con desprecio o a lo mejor como esa bofetada que necesitábamos para despabilarnos. Tal vez por eso mismo, a raíz de los juegos olímpicos, escribí en este mismo espacio, en este rincón llamado Retazos lo siguiente: “Siento crecer en mí la convicción de que estos días han venido tan solo para propiciar el llanto, por el que vence, por el que pierde, por el que cae y se levanta, por el que no lo hace rendido ante ese dolor que sobrepasa lo que dictamina el espíritu, por el que abraza la gloria y también por el que queda excluido de ese abrazo. Me resulta mágico contemplar aquellos momentos en que los atletas, con la mirada perdida dentro de sí mismos, se enfrentan a ese día que durante años fue futuro incierto y ahora les planta la cara en un prodigioso desafío”.

Pero esa anatomía no solo la encuentro en gestas memorables como los juegos olímpicos, sino también en lo banal, en esos reality show en que miles de personas esperan en filas interminables hasta que les llegue su audiencia. Entonces me he visto llorar cuando alguno de los participantes recibe el sí y no puede hacer otra cosa que dar brincos de alegría, llevarse las manos a la cara como para que no se le escape la emoción por la nariz o la boca y correr fuera del set para entregarse a un abrazo sostenido con sus familiares. Pero también he llorado al escrutar la mirada de quien recibe el no después de haber soñado con un sí durante toda una vida; me derrumba ese momento en que la congoja comienza a instalarse en esos corazones para quedarse a vivir ahí durante algún tiempo. Me seduce la escena, la fugacidad del instante, pero también la hondura, el sentimiento que terminará decantándose, la geometría del júbilo, los cientos de aristas del fracaso. Cuando estaba en la universidad muchas veces no pude dormir durante varios días después de presenciar una pelea en la que al bravucón que nunca había tenido rival por fin alguien le rompía la nariz; entonces volvían a mí, mientras me movía a uno y otro lado de la cama, la imagen de aquel sansón levantándose derrotado, llevando su mano a la cara y luego mirándola para constatar cómo el ego se le había diluido con la sangre, incapaz de alzar de nuevo los brazos y mostrar sus puños con arrojo, recogiendo su chaqueta del suelo en señal de rendición.

Todo esto me conmueve, me estruja y me oprime, pero no me alcanzó el espacio para ponerlo en la hojita.

Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio Muñoz (Colombia, 1974). Su libro de cuentos Desasosiegos menores, Premio Nacional de Cuento UIS 2010, publicado también bajo el título Hombres sin epitafio, por Ediciones Pluma de Mompox, fue considerado en los Premios Nacionales de Literatura Libros y Letras 2011 como uno de los cinco mejores libros de ficción publicados ese año en Colombia. Textos suyos han sido traducidos al árabe, alemán e italiano y aparecido en antologías de Colombia, España y México. Editorial Universidad de Antioquia publicó en 2015 Un lugar para que rece Adela, su más reciente libro de cuentos, el cual ha sido recibido con entusiasmo por la prensa y la crítica colombiana. El sello Seix Barral, de editorial Planeta, acaba de publicar su novela El último donjuán.

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