La rueda soy yo

Nairo Quintana. Ilustración de John Díaz para Literariedad.

Por: Camilo Alzate

Era difícil seguirle la estela a Efraín Forero en aquel ascenso solitario por un camino lodoso y sin rastro alguno de pavimento. A su derecha, la hondonada profunda socavando la montaña dejaba adivinar el río Guarinó regado por debajo. Cualquier madrugada de 1950 Efraín cogió una bicicleta y salió de Bogotá. Apenas tenía 19 años, trabajaba de peón o de mensajero en una fábrica de soda. Solitario descolgó por Guaduas a Honda, cruzó el Magdalena, llegó a Mariquita e inició una remontada que todos se figuraban imposible para las capacidades humanas. Pedaleando subió al Fresno, subió a Padua, subió a Delgaditas. No paró de pedalear. Cuando alcanzaba el Páramo de Letras, los frailejones a 3760 metros de altura ya casi atardecían, entonces, sobre la cumbre de la cordillera se detuvo para comprobar que aun respiraba. Efraín se aferró al manillar con decisión lanzándose hacia Manizales, 30 kilómetros abajo, donde con la noche lo aguardaba una montonera que le recibiría igual a un héroe. La noticia, tan fundamental, se devolvió veloz a la capital. Forero no había fallecido en el intento: era posible darle la vuelta a Colombia en bicicleta. Como en las grandes novelas, este era un asunto de vida o muerte.

Hubo un locutor que ejecutaba acrobacias encaramándose a un poste telefónico en el Alto de la Línea. Del Alto, lo más alto. Había sobrepasado antes toda la carrera en automóvil aprovechando para copiar detalles importantes. Trepado al poste, sacaba su libreta llena de apodos, de referencias de minutos y tiempos y de posiciones sobre la vía, puras anotaciones acerca del gesto o la gracia o el uniforme de cada competidor, puros borradores, puros bocetos de aquella historia que estaba ocurriendo abajo en la carretera pero que él jamás veía, o que observaba apenas durante intervalos fugaces y a pesar de ello relataba en directo como si fuera testigo presencial y omnisciente, dejando pasmados a miles de oyentes junto al radio. La pelea sobre las bicicletas –ya lo dije– acontecía en otra parte. Eso que hacía el hombre del poste era un acto primitivo, precario, y sin embargo inaplazable. Él narraba la carrera. O terminaba de inventarla, que es lo mismo.

«El ciclismo, ya lo explicó alguien, es el más literario de los deportes».

Hay que extraviarse en la escalada irreal y alucinante del muchachito que fue jardinero. Enclenque, escuálido, menudito, casi un niño, corría de incógnito refundido en el pelotón de ciclistas viejos y mañosos. Superado el pueblito de Cajamarca el entrenador notó que resistía con los corredores de punta, entonces acercó la moto avisándole que aun faltaban 7 kilómetros para coronar la cima. Luego no lo vio más, porque el muchachito escuálido se fue yendo, se fue alejando hacia arriba, se fue perdiendo de vista en unas curvas de herradura empinadas como toboganes. Y cruzó el premio de montaña solo y bajó como un loco y acabó ganando su primera victoria en un Clásico RCN. Había despedazado cuesta arriba a los duros, a los viejos mañosos. Ese que por la mañana era un niño enclenque ahora tenía nombre: Lucho Herrera, nuestro “Luchito”. La ruta transforma porque busca ese espejismo del que trata un famoso poema de Cavafis. Años después pegó otro hachazo irracional y demoledor en los Lagos de Covadonga (donde también atacó Nairo Quintana con rabia, con rencores aplazados) y aunque la ruta transforma, nadie creyó que pudiera ganar aquella Vuelta a España de 1987. Ni sus compañeros de equipo, ni el director técnico Rafael Antonio Niño, ni los comentaristas de la RTVE, ni Sean Kelly, su rival más cercano. Era el mejor escalador del mundo –admitieron– pero iba a perder demasiado tiempo en la etapa contrareloj. Sin embargo, Luchito resistió hasta entrar en Madrid vistiendo el jersey de líder mientras Rubén Darío Arcila desternillaba el televisor dando estos alaridos legendarios en clave de aforismo: “¡Qué grande es el mundo frente a mi garganta vacía!”.

El ciclismo, ya lo explicó alguien, es el más literario de los deportes. Se rige por el imperio del cronómetro, Cronos, Dios de las horas, las noches y los días. El ciclismo no se “juega”, simplemente ocurre, o mejor, transcurre para ser contado. Es una batalla como la Ilíada: supone la lucha épica, el sacrificio gregario, el enaltecimiento de la victoria, la grandeza en la derrota. Es una travesía como la Odisea: enfrenta la ruta valiéndose de la astucia y sólo el recorrido puede crear las individualidades. Así concilia dos tradiciones opuestas, una que concibe la historia afuera, en la confrontación con el mundo y sus elementos, otra que prefiere narrarla adentro, en la pugna con uno mismo durante el viaje.

¿De quién estaba huyendo Nairo Quintana camino de Formigal, corriendo la escapada asombrosa de 100 kilómetros que le entregó el triunfo de la Vuelta a España? ¿De quién, si ya era líder de la carrera? Vestido de rojo, le cabía esa sentencia que soltó Dino Buzzati viendo aparecer fugado al enorme Fausto Coppi en el Valle de Gardena: “Vuela terriblemente feliz, aunque su rostro no exprese más que dolor”. Los entrenadores acostumbran señalar a sus muchachos, antes de la salida, la rueda del corredor que deben seguir durante la competencia. “La rueda es Froome” creyeron todos. Christopher Froome, virtual campeón, tres veces ganador del Tour, imbatible y sobrado de fuerzas. Froome, siempre Froome.

Con la genialidad de Flaubert, que se sabía tan personaje como autor, Nairo torció los términos de la narración. Su atrevimiento fue escribir un final diferente para el relato. La rueda soy yo, parecía gritar fugado por las montañas, persiguiéndose a sí mismo.

@camilagroso

camilodelosmilagros

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