Ana Enriqueta Terán

Ana Enriqueta Terán. Ilustración de Pablo Kalaka.

ANA ENRIQUETA TERÁN
1918
Nombre artificio

 

Tenía siete años cuando se apoyó descalza al tronco del samán que habían plantado para ella. No se sabe si fue por el presentimiento de la savia común corriendo en el adentro de ambos que de pronto olvidó quién era. Asustada, corrió a avisarle a su Yaya, quien para calmarla le enumeró de memoria la cadena de su origen. Al finalizar le dijo: “Usted se llama Ana Enriqueta Terán Madrid”. Entonces recordó todo. Ese día nació su poesía.

Para frentear y urdir las palabras vino al mundo con un nombre de “doncella negra besadora de lámparas”, de dama plenipotenciaria destinada a suelos que ocuparía con su presencia “misteriosa y compacta”. Así, su sino empezó a alcanzarla cuando fue nombrada, a los veintiocho años, como agregada cultural de la Embajada de Venezuela en Montevideo, el mismo año en que publicó Al norte de la sangre, su primer libro. Tres años después fue enviada a Buenos Aires como agregada cultural y publicó en Uruguay Presencia terrena y Verdor secreto. De este último, la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou al prologarlo escribió: “Su voz se alza con el coraje y la gravedad de las revelaciones”.

Se hizo amiga del poeta Rafael Alberti, que le llamaba “La Guaricha”, y le escribió un “Canto”, como advirtiendo sobre el español exiliado a quien se acercara que: “Viene con aire puro de vegetal, su risa desenlaza torsos de vino oscuro; inmenso despedaza latidos claros de jazmín”. Fue amiga de Juan Domingo y Eva Perón. En París empezó a escribir en verso libre y se relacionó con intelectuales de su tiempo. Nació su poemario Testimonio.

Los nombres de sus libros son los títulos que ella habría podido recibir como poeta, Ana Enriqueta Terán, la de Música con pie de salmo, Ana Enriqueta de la Casa de hablas, Ana Terán De bosque a bosque. Rótulos insuficientes para mentar su sangre: “Lanzo a todos mi nombre, me lo digo a mí misma/ para saberlo bien, el nombre de mi cuerpo”.

Su verbo se formó bajo la poesía clásica, bajo el aliento de una madre navegando palabras por el Siglo de Oro español, pero sus poemas se empeñaron en correr por los valles y pasillos de su infancia, por su interior de tallos, sauces y caballos blancos, para alabar su “casa plena de recursos seculares”, para decir que “pájaros tejen en su aliento coronas de éxtasis”, para apoyar sus sienes “sobre el pecho del mundo”, para dar testimonio de la identidad mestiza de América.

Fue reconocida con el Premio Nacional de Literatura y con el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Carabobo. El libro de los oficios, Libro de Jajó, Alabatros, Construcciones sobre basamentos de niebla, forman parte de una prolífica obra que no está cerrada porque aún hoy, cerca de cumplir un siglo de vida, escribe como la misma preclara “niña del tiempo”.

                “ANA ENRIQUETA TERÁN.

                 ANA TERÁN.

                ANA TERÁN MADRID.

Me gusta este nombre. Esta soledad y raro artificio que se desprende/ de mí hacia la profecía”.

Katherine Castrillo

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