Dostoievski. Escribir desde el abismo.

Todo escritor tiene algo de impostura. Todo hombre de letras sabe que su oficio tiene algo de renuncia, de motivaciones que ocultan sus lacras, las mismas que tal vez de manera obcecada intente disfrazar, negar, ocultar. Con Dostoievski se descubre un tipo de escritor que tal vez haya que acoger de otra manera, fue un obseso, un desequilibrado, un enfermo, un dios. Muy posiblemente esta especificidad no sea sino un atributo que se encuentre en él a partir de una experiencia altamente personal que ciertos lectores se revelan a sí mismos cada vez que acceden a sus textos. Cada vez porque, si no se ha releído, en realidad se ha dejado al margen el tributo necesario para adentrarse en una obra como la suya.

No hay una obra de Dostoievski, existe mejor un universo. Desde ese universo es susceptible no sólo de interpretarse sino de concebirse la existencia toda. Intentar asimilar una congruencia, un rumbo definido dentro de las variables que se aprecian en el cúmulo de perspectivas, es truncar los espacios que abre la exigencia de adentrarse en un recorrido cuyo centro está en todas partes. Al indicar esta precisión, los accesos se tornan infinitos. La experiencia que deja esta inmersión converge en un proceso donde el reconocimiento de una ruta definitiva está siempre negado. Por eso, el esclarecimiento y la perplejidad no son precisamente aspectos incompatibles cuando se llegan a habitar los asertos y las dispersiones que trazan las rutas de sus personajes y sus vivencias.

Abordar esta obra implica un reto cuyas consecuencias explicitan una vorágine . No se sale absuelto de esta lectura. Su inmersión es una caída. A Dostoievski no se le lee como se lee cualquier tipo de literatura enteramente para consumo y divertimento. Todos los héroes dostoievskanos, ávidos de redención, nos condenan. Y lo hacen porque son nuestros espejos. El heroísmo se ha convertido así en humana condición en la que se reconocen nuestras más hondas ruinas. Espejo de nuestras carencias, de nuestras deshonras, el rostro humano perfilado por el escrito ruso se desfigura entre el afán de redención y la inmersión en la condena. Es trágico este itinerario en el que se despliega la definición de nuestra existencia. Llamados a permanecer en el equilibrio, nos vemos arrastrados hacia su contrario. Leer a Dostoievski es encontrar la fuente de donde emanan nuestras desavenencias con el mundo, con el prójimo, con nosotros mismos.

Principalmente con nosotros mismos. La psicología encontrada en Dostoievski adquiere el mismo significado que para tal expresión emplea Nietzsche. El escritor ruso es otro y no menos importante, maestro de la sospecha. El autor de Memorias del subsuelo sabe que no estamos hechos de una sola pieza, que nuestras decisiones están ancladas a un régimen nocturno cuyo elucidación está lejos de proporcionar un dictamen definitivo. El mundo onírico y el inconsciente emergen así con singular protagonismo, se revela de esta manera para el hombre su condición de extrañamiento permanente, de duda, problematización, incomodidad.

Desde la profundidad abisal del recorrido que se da en el alma humana y en el carácter amorfo de la existencia, Dostoievski funda su desplazamiento literario y vital. Sus personajes son figuras perfectamente definidas que se superponen sobre un fondo gris en el que explicitan su patetismo, su condición casi siempre caída. En tal sentido, la enfermedad, el desvarío, el absurdo, el bien, el mal, la pobreza tanto material como espiritual, plasmadas en su obra no son artificios escriturales. Por el contrario, son pruebas derivadas del realismo circunscrito en cada una de las líneas que definen su propia condición, y en un sentido más amplio, la de todos.

En Dostoievski la existencia es exclusión, equívoco, refugio también -paradoja muy diciente- grieta profunda del alma que al amparo de la incertidumbre, descubre su suerte en la medida de reconocerse en una obra que la acoge íntegramente. Si la filosofía es problematicidad, no hay una mejor entrada a ella que el sendero que conduce hacia el enigma del hombre expuesto por un auténtico poseso, un auténtico escritor.

Alfredo Abad

Alfredo Abad

Profesor Escuela de Filosofía Universidad Tecnológica de Pereira

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