Porción

Imagen: Yerayalfa

Tuve a la paz en mi mano, pero, vaya uno a saber por cuál de todos los infinitos designios del universo, la perdí; tuve a la paz en mi mano, pero la perdí quizá para siempre. Tuve a la paz en mi mano y la perdí porque, al parecer, el universo entero conspiró para que yo la desaprovechara, o para que, por lo menos, no la viera irse ni despedirse, que es peor. Desapareció como por arte de magia de entre mis manos, se deshizo entre mis dedos y se esfumó seguramente fundida con el viento que soplaba con inercia frente a mí sin tocarme un pelo. O quizá no desapareció, sino que no la vi más porque se le ocurrió funcionar a escalas infinitesimales que a simple vista, a ojo de buen cubero, no pude ni podré atestiguar. A lo mejor la tuve todo el tiempo en la mano, pero más pequeña, y fui a caminar un rato con el desasosiego de quien pierde algo para siempre y, tal vez saludando a algún caminante la adherí a su mano. O a lo mejor sólo especulo y en realidad perdí la paz para siempre, porque, como la virginidad, el analfabetismo, la esperanza y la verdad sólo se puede perder una vez en la vida, y eso, baste saberlo, dura toda la vida. O a lo mejor la perdí para siempre porque, aunque la tuviera impregnada en la piel y no la hubiera perdido en otras manos o en las frutas que comí, o circulando en mi torrente sanguíneo, quizás implantada en mi cerebro viendo todos mis pensamientos, jamás podría llegar a exhibirla como un trofeo ni recurrir a ella cada vez que mis ojos, tan cansados del mundo y de los libros, necesitaran consuelo.

Pero lo bueno es que no pierdo la esperanza todavía, porque, aparte de que la esperanza es lo último que se pierde, quién sabe si la paz, en sus diminutas e infinitas proporciones, como el ascensor que fue capaz de elevarse nanómetros sobre la superficie a través de un eje, no sea capaz de desplazarse hacia mí, aunque sea también un nanómetro y, por obvias razones, ya no estar tan lejos como cuando la supe perdida, o invisible, que es casi lo mismo. Aunque hoy mis ojos no sean capaces de verla, como aquel motor molecular que puso en marcha un nanocoche de cuatro ruedas hacia quién sabe dónde y llevando quién sabe qué tipo de carga, sé que está en el mundo, en algún lugar al alcance de mis sentidos. A lo mejor, el nanocoche lleva un bulto de paz para las bodegas secretas del gobierno que quedan ocultas en las pequeñas montañas del parque a donde, muy temprano en las mañanas, recurren cientos de oficinistas con la ilusión de estarle haciendo bien a su cuerpo y a su mente, pero sobre todo a la paz. A lo mejor la ciencia se encargue en el futuro de resguardar nuestros tesoros más preciados, en forma de hielo, de semilla, o de miniaturas, hasta que lo puedan hacer con nosotros y, por fin, podamos tener un planeta más grande para llevar a la guerra que somos cuando nos creemos dueños de algo.

 

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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