¿Tiene derecho el demonio?

Por Sofía Castillón

Fotografías: Julieta Barneche Canga, Marianella Ferrara, Sofía Castillón

 

El diablo en agua bendita.

El telégrafo nos dice que en el congreso de la iglesia anglicana, realizado en Leicester, se ha tratado un punto interesante: si las mujeres deben tener acceso a los púlpitos; hablar esto dentro de la iglesia es decir, en realidad, si el demonio tiene derecho a bañarse en agua bendita.

¿Tiene derecho el demonio?

En “Los defectos masculinos” (1919), Alfonsina Storni

 

En Argentina, el 19 de octubre de 2016 las mujeres se vistieron de negro y exigieron que dejen de matarlas. Entre las 13 y las 14hs hubo un paro de mujeres, al que se sumó la manifestación en las calles y el ruidazo. A las 17hs, las mujeres se citaron en las plazas de todo el país para unir el grito de Ni una menos. La protesta tuvo sus réplicas en Uruguay, México, Bolivia, Chile y las embajadas argentinas en Europa.

Varias preguntas recurren al momento de hablar sobre violencia de género:  ¿Toda agresión contra la mujer es violencia de género? ¿Sólo la agresión contra la mujer? ¿Decirle a una mujer que es linda es violencia? ¿Qué distancia hay entre un piropo y un asesinato? (¿Qué tienen en común?) ¿Los hombres deberían sumarse a la manifestación?

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Obelisco, Buenos Aires (Julieta Barneche Canga)

Son muchas las teorías que proponen definiciones sobre violencia de género, pero en términos generales, podríamos estar de acuerdo en que se trata de todo tipo de agresión que reproduce las estructuras que determinan la dominación masculina en el campo social, cultural, simbólico (casi invisibles en las interacciones cotidianas), político y económico de la vida humana. Desde mi perspectiva, esto incluye tanto a las mujeres como a toda la comunidad LGTTTBIQ. Sin embargo, debido a que la manifestación mencionada surgió desde el colectivo Ni una menos a raíz del escalofriante caso del asesinato de Lucía Pérez en la ciudad de Mar del Plata (Argentina), esta nota referirá en forma específica (aunque no excluyente) a la violencia ejercida sobre la mujer.

A lo largo de la historia, las mujeres hemos estado limitadas a actuar en el universo privado, íntimo y familiar. Australia del Sur reconoció el sufragio universal y el derecho de las mujeres a ser electas en parlamento desde 1894;  en Argentina, no fue sino hasta 1951 que se nos permitió nuestro primer sufragio.

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Distrito Federal, México (Marianella Ferrara)

Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura 2015, escribió en La guerra no tiene rostro de mujer una revisión crítica sobre el lugar que ha ocupado la mujer en la guerra, y la riqueza de sus relatos al momento de contar lo vivido. Cerca de un millón de mujeres participaron en el ejército soviético dominando todas las especialidades. Dice Alexiévich:

“Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la voz masculina. Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones masculinas. De las palabras masculinas.” 

Ahora bien, podemos estar más o menos de acuerdo en que a lo largo de la Historia el papel de la mujer se ha limitado a curar héroes, cocinar para los héroes, enseñar en las escuelas a futuros héroes, ser madre de los héroes, amar a los héroes, morir por los héroes. Recuerdo al periodista argentino Beto Casella, en su programa Bendita TV haber afirmado ante las cámaras que a lo largo de la historia las mujeres célebres en las artes y ciencias han sido menor cantidad que los hombres. Y sí, han sido menos, pero no por tener menor capacidad, sino porque se les ha impedido en forma sistemática acceder a la educación, y a quienes sí pudieron participar, han sido restringidas en sus espacios de acción. Y de las que sí pudieron ejercer críticamente profesiones masculinas, su relato ha quedado relegado a ser contado con letra pequeña en el libro de Historia.

¿Pero esto qué tiene que ver con decirle a una chica en la calle que es o que está bonita?

La Historia se escribió con manos masculinas, y fue bien aprendida por las mujeres. Hoy en día, es claro que estamos ocupando espacios profesionales, políticos y sociales que en la década del ‘50, cuando recién se nos permitió introducir nuestro primer voto en la urna, sólo podíamos imaginar con ansias. Hoy las mujeres somos jefas, científicas, presidentas, CEO. El problema radica en que a pesar de esto, continuamos pensando con lógicas masculinas: a diario escuchamos decir a una voz femenina que es mejor tener jefes varones, que tal debería comportarse más delicada, que si se viste así cómo espera que no le digan nada, que si quedó embarazada y abortó (ella) es porque no se “cuidó” (ella), que tiene hijos para cobrar un plan social.   

Caminaba al trabajo y un hombre le gritó “hermosa” a una mujer joven. A las dos calles, otro la miró con lujuria, de arriba a abajo, como quien saborea un postre. Enfrente, una chica de 16 años vuelve del colegio, un auto frena, el hombre pregunta una calle y “de paso”, se baja la bragueta para dejar todo su sexo al desnudo. A la media cuadra, una construcción deviene en orquesta de silbidos porque una mujer osó cruzar su territorio. A la vuelta, en medio de la peatonal Florida en el centro porteño, un hombre persigue una cuadra entera a otra joven diciéndole vaya-a-saber-qué sobre su cuerpo, sobre su ropa, sobre su… La estructura social que hemos construído y naturalizado admite que una mujer pueda vivir todas estas situaciones en un mismo día, y que todavía se cuestione si esto es o no acoso.

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Hospital Italiano de Buenos Aires (Sofía Castillón)

¿Cómo se diferencia, en un contexto de acoso constante, a aquel hombre con intención de halagar de aquel con intención de acosar? Es que, queridos míos, la verdad llana radica en que las mujeres podemos vivir sin saber qué es lo que ustedes piensan de nuestros cuerpos, de nuestra ropa, de nuestro movimiento al caminar.

¿Quién atribuye el derecho a que un desconocido me diga que soy hermosa (en el mejor de los casos) en la calle? La sociedad en su conjunto, cuando también dice que si una mujer sufre ansiedad es porque “está en sus días”, que si una mujer fue violada “habrá que ver qué llevaba puesto” o “por dónde andaba”, que si una mujer es golpeada “es porque lo provocó de alguna manera”, que si una mujer no es madre “es una mujer incompleta”. ¿Por qué un desconocido se siente en el derecho de decirle a una mujer cualquier cosa en la calle, a tocar la bocina de su auto, a mirar con lujuria su cuerpo, a mostrar su sexo al desnudo como si nos obligara a recordar el rol de Fantine que jugamos en esta sociedad de Miserables? Porque puede y se lo hemos permitido.

La desigualdad estructural al momento de pensar las relaciones de género invitan a creer que si una mujer se acuesta con su jefe, es porque busca ascender, porque es fácil, porque es una fácil, porque el cuerpo ha sido siempre el centro de reflexión sobre el oficio de ser mujer. Ahora bien, nadie medita sobre el papel que ese hombre juega cuando se acuesta con la empleada, indigno de haber escrito durante tantos años la Historia (así, con mayúsculas): el abuso de poder ejercido sobre alguien jerárquicamente inferior, así sea una relación consentida, es un dilema ético cuya culpa de nuevo recae sobre la víctima.

Para ser mujer hace falta ser prostituta o ser madre. La poeta Alfonsina Storni expresó con su tinta aguda:

“El hombre suele nacer ridículo como la mujer suele nacer coqueta”.

Dice en el artículo Los defectos masculinos:

“(…) médicos amigos me informan que las mujeres resisten el dolor físico mucho más que los hombres; pareceríamos observar con esto que hay cierta fortaleza femenina, cuyo grado de voluntad resistente, tendría un punto invariable de comparación: el dolor, igual en hombres que en mujeres.

Sin embargo, oh bellas mujeres, debo daros un disgusto: hay también para esto otra teoría; que el sistema nervioso femenino percibe menos dolor, en iguales condiciones y circunstancias, que el sistema nervioso masculino.

Ya veis, dulces mujeres, cómo hasta en la ciencia hay política.”

La mujer mordió la manzana y nos condenó a todos a esta tierra imperfecta, y ahora nos pide a nosotros, hombres, que la acompañemos a marchar por un derecho que no se entiende bien por qué se lo deberíamos atribuir. La mujer, histérica, perversa, traidora, que no puede resistir a sus impulsos, ahora me pide a mí que resista los míos: que no me burle, que no le grite, que no le silbe, que no la viole, que no la mate.

El 19 de octubre a las 13 horas en el Hospital Italiano de Buenos Aires, mujeres y hombres, profesionales de la Medicina, administrativos/as, personal de servicios, educadores/as y pacientes salieron a la calle para pedir a la sociedad que no asesinen más mujeres, que exista una conciencia de género, que se respete el no, que la sexualidad no sea un mecanismo de dominación. A decir verdad, quienes gritaban más fuerte y soplaban las trompetas de plástico con más energía, eran los hombres.

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Hospital Italiano de Buenos Aires (Sofía Castillón)

En la puerta del Hospital Italiano de Buenos Aires, como en todas las plazas del país, se pedía por el derecho a la vida y a la identidad, inherente a todos los seres humanos. El derecho a la vida se construye con una base de respeto a las ideas, a las religiones, a las manifestaciones políticas, y también al género. Desde este punto de vista, los hombres y las mujeres debemos marchar uno al lado del otro. La defensa de la vida, el respeto y la identidad es un tema que nos involucra a todos y todas, que promueve la coexistencia pacífica para una sociedad más igualitaria.

El miércoles negro llovía como si el cielo quisiera limpiar nuestras ideas. Ese mismo miércoles, en Estados Unidos, Donald Trump negó las denuncias por abuso sexual, y canceló cualquier (im)posible intercambio con Hillary Clinton tras un “qué mujer tan desagradable” (such a nasty woman).  El jueves amanecimos con un Buenos Aires nublado; en Mar del Plata, una joven de 19 años caminaba al colegio y fue secuestrada y violada por tres hombres.

El demonio grita que quiere bañarse en agua bendita, y también, que no es demonio. ¿Tiene derecho?

Sofia Castillón

Sofía Castillón (Bahía Blanca, 1989) es licenciada en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Quilmes. Se encuentra realizando la Maestría en Industrias Culturales: Políticas y Gestión, con orientación en Industrias Gráficas y Multimedia (UNQ). Ha sido becaria de investigación por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y becaria de estudio por la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires (CIC). Realizó estudios sobre narrativa, fotografía y multiculturalidad en la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus trabajos han sido publicados en la revista mexicana La Otra (Poesía+Artes visuales+Otras letras), en la revista colombiana Literariedad, en la revista Fronteras (UNQ), y en el portal oficial del Festival Internacional de Poesía de Medellín.

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