Espejismo

Imagen: Oiluj Samall Zeid.

No se imagina uno de dónde puede venir tanta literatura cuando le preguntan cuántos libros tiene en la lista de pendientes o cuántos libros cree que se publicaron en el Reino Unido en el año inmediatamente anterior. Así como no se imagina, ni por equivocación, la cantidad de estrellas que ven sus ojos en una noche despejada aunque ya estén calculadas por la ciencia. Y es que, por muy cruel que pueda sonar, los límites humanos son tan pequeños que si nos comparáramos con los de, por ejemplo, una cancha de fútbol, nosotros ni siquiera podríamos ver el blanco de las líneas porque, para nosotros, lo único que veríamos sería un cielo completamente verde con quién sabe cuántos puntos blancos en él. Eso para sólo hablar de los límites humanos, porque de los del mundo ya se ha dicho todo durante toda la historia y se seguirá repitiendo hasta que la raza humana tenga fuerza. Y hablo de los límites porque hace poco vino alguien a decir que el mismísimo Nobel de Literatura había sido otorgado a un músico, o mejor dicho, a un cantautor. Y es que, sea quien sea, o dedíquese a lo que se dedique, con quién nos vamos a quejar si somos nosotros mismos los que creamos al monstruo que premia año a año a quien le viene en gana, como debe ser. Somos nosotros quienes premiamos al premiado si, también, le damos el premio que recibió.

En cuanto a los límites, más que los del criterio y los argumentos, los que me importan son los inexistentes, los que todavía ni inventamos ni descubrimos, esos que nos pronostican los demás, o la vida misma, con años de antelación, justo en el momento en que creemos que nos están hablando por hablar. Me interesan, por ejemplo, los límites de la imaginación cuando esta esté al borde de morir, o de dejar de crecer o de moverse. Me pregunto qué pasará cuando ella misma no tenga más trabajo o más deseos de futuro, cuando, por qué no, se le despierten los instintos suicidas o, simplemente, quiera dejar de vivir porque ya lo hizo demasiado tiempo. Me lo pregunto porque quién se va a encargar del mundo cuando ella deje de hacerlo, cuando el timón quede en manos de la humanidad, sea quien sea que la represente. Quién va a tomar el rol de ella y tendrá la valentía de entrar en la cabeza de cada persona, sobre todo en la de los niños, para decirle cuál es la realidad que se merece. Quién entrará en las salas de cuidar niños para decirles con voz divertida que sus padres demorarán años en regresar y que los juegos que allí encuentren serán los más divertidos de la historia. O, si todo ello no fuera suficiente para ser imposible de lograr, quién osará ser la voz que los dioses tienen en su cabeza, quién será el valiente que le haga decir a alguien, por ejemplo, que alguien merece un premio y el resto no. O, simplemente, quién será tan temerario para ser la voz en la cabeza de alguien cualquiera que le dice que obedezca y que premie a quien cree que no lo merece. Aunque, pensándolo bien, este último no sería un temerario sino un asesino. Y no, ese ya no sería un remplazo de la imaginación sino un asesino.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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