Estado de inconsciencia

 

Por Simone*

La calle estaba vacía, así que podía hablar sola en voz alta y nadie se daría cuenta. De todas formas, aunque la calle estuviese llena, nadie se percataría, como cuando los perros callejeros le ladran a la nada. Echó una retahíla sobre el último recuerdo familiar que tenía, era de hace mucho tiempo, años, quizás, y aprovechando el sol intenso de la tarde, interpretó una de las salsas que más recordaba como si tuviese un público ovacionándola. Estaba andando hasta encontrar gente pero sin tener un rumbo determinado, solo recorría aceras y atravesaba calles con su soliloquio y su concierto.

Llegó a una esquina por donde pasaban algunas rutas de transporte público. Los conductores aprovechaban la soledad de las calles para ir rápido y burlar algunos semáforos, parando únicamente por las personas. Ella, embelesada por la mejor estrofa de su salsa, no se fijó si venían carros para cruzar, solamente lo hizo. El conductor de la buseta que bajaba velozmente pareció no calcular bien la desviación que tenía que hacer para evitar hacerle daño, o quizás no vio la necesidad de hacerlo. Cuando pasó por su lado, lo hizo demasiado cerca y le golpeó la cabeza con uno de los espejos. Acaso, al ir tan rápido, no pudo detener el vehículo para ver qué le había pasado a ella, o creyó que era darle más importancia de la necesaria al asunto. El impacto fue fuerte, ella tambaleó un poco y cayó de espaldas en la acera. Si hubiese caído bajo las llantas del bus, posiblemente el conductor sí habría tenido que frenar.

Sintió un fuerte dolor de cabeza y empezó a escuchar los sonidos a su alrededor haciéndose más claros, como cuando se está sintonizando en el radio. Escuchó la palabra “señora” que se hacía más fuerte, viniendo de una voz infantil. Abrió los ojos, notó que ya estaba oscureciendo y enfocó la fuente de la voz. La cara de una niña de máximo 8 años estaba a centímetros de la suya, le hablaba de nuevo: “Señora, ¿está bien?”. Tuvo un sentimiento de extrañeza, como si no fuese ella en ese momento. Intentó incorporarse, pero notó que estaba adolorida y tirada en una posición incómoda. Antes de que pudiese hacer algo, la cara de la niña se alejó bruscamente arrastrada por unas manos y escuchó una voz masculina un poco exaltada que decía: “¿Qué estás haciendo? ¿No ves que es una loca?”

Aturdida, logró sentarse y notó unos raspones que limpió con saliva. Examinó el costal con el que andaba para hacerle inventario: faltaban las botellas plásticas y algunos cartones. Emprendió camino de nuevo, esta vez para buscar un rincón donde dormir. No quería hablar ni cantar, estaba asustada: por un momento, casi creyó que había vuelto a ser una persona.

*Nathaly Osorio Ríos. Estudiante de psicología, amante de los gatos, bailarina ocasional e interesada en causas aparentemente inútiles.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

2 comentarios sobre “Estado de inconsciencia

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