Los intelectuales y las víctimas. (Silencio, por favor)

«And you who philosophize disgrace
and criticize all fears
Take the rag away from your face
Now ain’t the time for your tears»

─ Bob Dylan
The lonesome death of Hattie Carroll


Un intelectual no puede hablar por las víctimas, no puede ser su portavoz; en cualquier caso, sólo podría hacerlo en la propia calidad de víctima y, en ese sentido, no se le podrá exigir ecuanimidad de ningún tipo, y hablando así, desde su propio dolor, a quien lo escuche sólo le corresponde guardar silencio. Un intelectual no puede discurrir acerca de la guerra o la crueldad de la violencia, simplemente porque no es posible intelectualizar esas cosas; cuando mucho, cabrá hacer reportería, registro audiovisual, documentalismo: fotografía, vídeo, y esas cosas nunca dicen mucho tampoco; cualquier construcción del lenguaje, por lo demás, se queda corta y no es más que un pobre sustituto de lo que realmente pasa cuando la violencia pasa, cuando un ser humano impone su voluntad atroz sobre la humanidad de otro, y de lo que ocurre con quienes sufren realmente esa violencia.

La vida de los intelectuales ─no hablo de los artistas ni de los filósofos, aunque por supuesto existen muchos artistas y filósofos que son también intelectuales y que, por serlo, creen que pueden pontificar acerca de todo lo humano y lo divino; hablo, en cambio, de quienes ejercitan diariamente esa forma ─más o menos fundada y, por lo general, idiomáticamente bien expresada─ de reflexión verborrágica acerca de la realidad que comúnmente denominamos con el término de opinión, y que el gran Theodor Adorno define como “la posición, siempre acotada en cuanto válida, de una consciencia subjetiva, restringida en su contenido de verdad”. (¿Sobrará aclarar que lo que escribo aquí no es también, por otra parte, más que una simple opinión?). La vida de los intelectuales, digo, transcurre en el plano de la discursividad, del lenguaje, y es sabido desde hace tiempo que todo lo que vive ─ya no digamos lo que sobrevive, lo que lucha por existir─ rehúye de la lengua; lo queramos o no, las formas de la representación no son en modo alguno inagotables, sino que tienen límites, fronteras que bien pueden ser lábiles pero nunca del todo extinguibles, y el plano de la violencia física es, sin duda, una de las más férreamente inexpugnables a las que se enfrenta el pensamiento; así lo expresa bellamente el mismo Adorno cuando afirma que “lo que en su índole absurda está a flor de piel, se obstina en contra del comprender”. ¿De qué habla, entonces, un intelectual cuando pretende hablar de la guerra? Sencillo: habla de política; y es claro que toda víctima aborrece la política.

En tiempos de violencia pocas veces están los intelectuales a la altura de las circunstancias, y los que lo están, me parece, no consiguen esto precisamente por la vía de su apolíneo cacareo, sino a través de la acción directa ─y aquí no me refiero al alzamiento armado, injustificable desde casi cualquier punto de vista; hablo, en cambio, de todas las formas no violentas de resistencia─, de un compromiso con la realidad que, sin duda, deviene como consecuencia ética de su propio pensamiento, pero que no se reduce a él sino que, por el contrario, se materializa en una forma de estar en el mundo (la eterna dialéctica entre teoría y praxis, que en buena medida es dialéctica porque encarna un angustioso dilema ético). Casi todas las prácticas efectivas de la no violencia tienen, por su parte, un trasfondo intelectual considerable, pero no serían más que discursos vacuos sin las acciones concretas que sus adalides emprenden, interponiendo incluso su propia humanidad y ofreciéndola a la voluntad de los violentos como un acto radicalmente filosófico, uno que rebasa con creces el plano discursivo y que, con un profundo sentido de la teatralidad, apela a despertar algo parecido al asombro y la piedad casi místicas en sus destinatarios; asombro y piedad: ambas expresiones que rara vez logramos enunciar sin sentir que con ello les recortamos buena parte de su sentido.

Pende de nuevo, entonces, sobre las cabezas de los intelectuales esa pregunta terrible de Hölderlin: “¿Para qué poetas en tiempos de miseria?”; o aquella que el mismo Adorno formulaba a mediados del siglo pasado frente al advenimiento del fascismo: “¿Para qué aún filosofía?”, se preguntaba desolado, y trataba de responderse a sí mismo afirmando que el acto de filosofar en tiempos de barbarie anunciaba, con todo, “un rastro de esperanza de que la falta de libertad y la represión, el mal, que tampoco necesita una prueba filosófica de que es mal y de que existe, no será quien tenga la última palabra”… Pero aquí seguimos hablando de política, de opinión pública, y mientras se entienda así podremos darle a la intelectualidad su verdadero valor, que consiste en luchar contra el imperio del miedo, contra el silencio impuesto mediante el terror. Sin embargo, ¿de qué sirve luchar contra un silencio impuesto si no es para reivindicar, entre otras cosas, el derecho a callarse por cuenta propia, a darle también al silencio una dimensión política? “El silencio tiene acción”, dice Charly García en Raros peinados nuevos.

Los intelectuales tienen, pues, el deber no dejarse callar, de hablar con enfado ante los violentos y ante quienes concomitan con ellos; pero asimismo tienen el deber de guardar silencio frente al dolor de las víctimas y no usurpar su voz, ni siquiera movidos por la mejor intención, porque no hay nada inteligente que pueda decirse acerca del dolor de otros, y porque actuando como portavoz de quien sufre siempre se termina mostrando uno como un oportunista o un impostor, así no lo sea. El problema para los intelectuales, seres discursivos, palabreros por necesidad y vocación, es que equiparan el mutismo con la muerte y la inacción, cuando el acto de callar bien podría, en ocasiones, servir para fundirse con lo vivo, participar de su misterio y transformarlo. Por más que parezca un lugar común, creo que con relación a la guerra deberíamos repetir como un mantra ese aforismo archiconocido de Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, es mejor callar”


REFERENCIA:
ADORNO, Theodor (1962). Filosofía y superstición. Madrid: Alianza Editorial. 1972

César David Salazar Jiménez

Treintañero. Nací en Bogotá pero soy pereirano; estudié Sociología pero hago teatro. Me resulta curioso cuando la gente habla de sí misma en tercera persona, pero me encanta Pascal cuando afirma que «el YO es detestable».

2 comentarios sobre “Los intelectuales y las víctimas. (Silencio, por favor)

  1. Yo creo, hermano, que los intelectuales (¿lo somos nosotros también?) tienen el derecho y deber de callarse la mayoría de las veces frente a casi todo. Lástima que su vocación sea de cotorras. Sólo la bella música o el amor pueden quebrar el silencio, dice un letrero escrito a mano en un viejo bar de Pereira…

    1. Y yo, en cambio, creo que si en nuestro idioma y en tantos otros existen términos como “inefable”, “inexpresable”, “ilexicalizable”, deberíamos detenernos de vez en cuando a pensar en ellos y darles el sentido que merecen. De todas formas, usted tiene razón: yo estoy hablando precisamente de esa caterva de cotorras que no nos dejan ni pensar.

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