La caricia de la mirada

Por: Juan Guillermo Ramírez

Léos Carax, el realizador de la película Mala sangre, se ha distinguido por hacerles la vida imposible a los productores, excediéndose con el tiempo de rodaje y el presupuesto estipulado para el film.

Mala sangre pasa en 1986, el mismo año en que pasa el Cometa Halley –bajo el signo del cual ocupa la película, en una historieta de Tintín: “La estrella misteriosa”-, y en un futuro no muy lejano del año 2000. El gran temor de ese fin de siglo no es, como es en realidad, el Sida, sino la enfermedad que contraen aquellos que hacen el amor sin amor. Dos grupos rivales libran una verdadera lucha por hacerse al cultivo del virus y están representados respectivamente por una mujer llamada ‘la americana’ y su sombre, Boris; y por Marc-Michel Piccoli- y Hans. Para obtener este fin, Marc hace llamar a Alex –Denis Lavant-, de quien se dice que ha heredado de su padre una increíble rapidez manual. Este es el nudo, la intriga y la historia de Mala sangre. Su tratamiento es muy simple y se emparenta, de alguna manera, a Jean-Luc Godard, cuando éste pertenecía al período policíaco y poético de los años sesenta con su Pierrot le fou.

Lo que le interesa a Léos Carax, su director, con esta historia es cuando se abre en otra historia, una historia de amor que enlaza a Alex y a Anna –Juliette Binoche-, la joven amante de Marc. Mala sangre, o cómo ir de un punto A a un punto A, la ida y el regreso de una travesía de amor y a la muerte. “Hay momentos en donde nada puede ser cambiado sin que todo cambie, momentos donde todo puede ser desanudado de nosotros sin que todo se desanude”. Esta es la primera frase de la película. Y ya está anunciado su propósito: cambiar, desanudar. Y es suficiente ver cómo Carax registra con su cámara este momento, el encuentro, si así puede llamarse, de Alex y de Anna deformada por el juego de vidrios y de espejos en un autobús irreal, casi desconocido; para ubicarse sobre el vector, la línea dirigida de Mala sangre: la mirada.

La mirada exigente, a menudo fija, ávida de Alex, réplica perfecta de la del cineasta, de la del ‘voyeur’, frente al mundo de los hombres y al de las mujeres, frente al cosmos de las imágenes. Para Carax es claro: la imagen será virginal o no será. Es tanto como saber que si se quiere lavar la mirada de estas imágenes ya filmadas que nos rodean, que no miran a nadie y que nadie verdaderamente mira, todo esto es necesario para remontar el tiempo, regresar, ir hacia el origen. Juliette Binoche será totalmente reinventada –no se le había visto así en La vida de familia de Jacques Doillon o en Rendez vous de André Techiné-: diáfana, dulce, cuchicheando, estirándose como la gata Margarita recién despierta. Aparecerá menos como una actriz que ha mirado películas con Lilian Gish, o de Louise Brooks, para copiarlas, como alguien que ha sido mirada por ella.

La mirada en Mala sangre procura sin cesar la metamorfosis, cuando Alex mueve las cartas ante los apostadores. ¿Quién manda en el juego? ¿La mano o la mirada? Y cuando, en una de las más bellas secuencias, Alex hace trucos de prestidigitación para consolar a Anna, no es que su mirada, la de ella, están sobre su mano, la de él. Son momentos mágicos en donde las miradas no están verdaderamente presentes, no son lo suficientemente vacías, simplemente están en el camino del sueño. Hay en esta secuencia el momento de gracia, la película se detiene y los jóvenes muchachos enamorados parece como si estuvieran solos en el mundo, y es una metáfora absoluta del cine de Carax. “¿Tú conoces el juego de las manzanas?” Alex lanza una manzana al aire, fuera del campo, y son peras las que caen. La manzana es el plano: si se lanza un plano al aire, ¿qué otro plano cae? Mala sangre es una película que se desvanece en el aire.

La película es una relación planteada entre el cielo y la tierra. Del primer abrazo en paracaídas, a la travesía del caliente campo en la moto con Alex, al sublime final, la película ha frecuentado los más bellos momentos de búsqueda, por el sueño que las cosas, sobre la tierra pueden vivirse en el cielo. Por esto Carax filma preferiblemente los rostros que los cuerpos. Como los registra en largos planos y amorosamente, los rostros se convierten en vastos paisajes que hay que descubrir. Carax tenía algo qué decir y probó que sabía filmarlo. No pierde su virtuosismo y al mismo tiempo gana la libertad, es un buen signo pagar la libertad de la autonomía, esto lo dice Anna cuando lo mira a uno: los hombres que hablan poco o se les toma por genios o por brutos.

Mala sangre es un tema, una historia pirotécnica de muy alto vuelo, en donde la poesía lleva dentro de sí un rayo incandescente. Pero es también un desvanecimiento y sólo se evidencia un interés, una finalidad palpable: querer decir, mostrar, hacer sentir las cosas más maravillosas como si un “más tarde” tomara el riesgo de convertirse en un “muy tarde”. La pregunta vuelve a formularse: ¿es que existe el amor que va rápido, tan rápido que dura siempre? Pregunta absoluta de amor y pregunta del cine: cine de amor y amor del cine. No podrían ser pensadas la una sin la otra.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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