Paisaje de la poesía colombiana

Pintura de Alejandro Obregón. Sin título (banrepcultural.org).

Esta pequeña y azarosa selección de poemas de creadores nacidos entre 1939 y 1964 pretende mostrar un panorama de algunos de los temas que ocuparon a la poesía colombiana de los últimos años. Históricamente, en todos los tiempos –quizá aún más en los violentos– la poesía transitó, también, necesariamente, otros registros, con los que los poetas dejaron traslucir su paisaje, interior y exterior. Así, la geografía común, la cotidianidad, configura un lenguaje propio, único. El de la poesía suele ser, además, el de la resistencia: moral y estética.

***

DUENDES

(Giovanni Quessep, 1939)

La biblioteca a solas. Luna, duendes
en el umbral, y un canto que se anuncia
posible en el dorado de las hojas.
Toma el asombro de morir y el cielo
por la música hallada se hace noche
que ilumina la rosa en la tiniebla.
Voces de lo más hondo, pasos y alas
en el umbral, y un habla oscura y bella
de hilo desvelado que retorna
por el telar al bosque, nos envuelve.
¿Qué se hizo la casa, dónde estamos?
Duendes y luna a solas en el muro.

POEMA DE INVIERNO

(Jotamario Arbeláez, 1940)

Llovió toda mi infancia.
Las mujeres altas de la familia
aleteaban entre los alambres
descolgando la ropa. Y achicando
hacia el patio
el agua que oleaba a los cuartos.
Aparábamos las goteras del techo
colocando platones y bacinillas
que vaciábamos al sifón cuando desbordaban.
Andábamos descalzos remangados los pantalones,
los zapatos de todos amparados en la repisa.
Madre volaba con un plástico hacia la sala
para cubrir la enciclopedia.
Atravesaba los tejados la luz de los rayos.
A la sombra del palo de agua
colocaba mi abuela un cabo de vela
y sus rezos no dejaban que se apagara.
Se iba la luz toda la noche.
Tuve la dicha de un impermeable de hule
que me cosió mi padre
para poder ir a la escuela
sin mojar los cuadernos.
Acababa zapatos con sólo ponérmelos.
Un día salió el sol.
Ya mi padre había muerto.

BOGOTÁ, 1982

(María Mercedes Carranza, 1945)

Nadie mira a nadie de frente,
de norte a sur la desconfianza, el recelo
entre sonrisas y cuidadas cortesías.
Turbios el aire y el miedo
en todos los zaguanes y ascensores, en las camas.
Una lluvia floja cae
como diluvio: ciudad de mundo
que no conocerá la alegría.
Olores blandos que recuerdos parecen
tras tantos años que en el aire están.
Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo
como una muchacha que comienza a menstruar,
precaria, sin belleza alguna.
Patios decimonónicos con geranios
donde ancianas señoras todavía sirven chocolate;
patios de inquilinato
en los que habitan calcinados la mugre y el dolor.
En las calles empinadas y siempre crepusculares,
luz opaca como filtrada por sementinas láminas de alabastro,
ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor;
estas calles son el laberinto donde he de andar y desandar
todos los pasos que al final serán mi vida.
Grises las paredes, los árboles
y de los habitantes el aire de la frente a los pies.
A lo lejos el verde existe, un verde metálico y sereno,
un verde Patinir de laguna o río,
y tras los cerros tal vez puede verse el sol.
La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida;
nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia
pero también la costumbre irremplazable y el viento.

NATURALEZA MUERTA

(Juan Manuel Roca, 1946)

Voy por la calle con mi maletín de antílope
Y mi billetera de becerro.
Calzo zapatos de toro
Y llevo un blusón rojo teñido en achote.
Toda mi ropa fue lavada por un secreto río
Y jabones de rosa.
En mis papeles rumora un viejo bosque,
Por momentos siento que
Se despereza la serpiente del cinturón.
Hay vestigios de clorofila en mis dientes.
Escribo con carboncillos de sauce.
Me pregunto qué trozo soy del paisaje.

DONDE ESTUVO EL SUEÑO

(Horacio Benavides, 1949)

Has vuelto

Tu boca ha madurado
en el hilo invisible
del verano

Dunas barridas por el viento
y el deseo de posar los labios
en los pliegues de la arena

Aroma de flores
no vistas

Acaricio tus manos
e igual que entonces
me inclino al vacío.

INVENTARIO

(Omar Ortiz, 1950)

Poseo algunos nidos de pájaros entre los anaqueles de
mi biblioteca y un rico tiempo que los nutre.
Una brizna de hierba que me regaló una muchacha
de ojos claros.
Con ella y con los penachos de la última cosecha de maíz
mis aves construyen sus refugios.
Tengo también un papel que sueña ser un barco
y en él una mano desconocida escribió: te espero.
Algunos versos acompañan mis pertenencias,
pero es mejor no citarlos ya que serán otros mañana.
Hay un río, como uno de los bienes por fuera del comercio,
que nace en la lustrosa cabellera de la más joven de las hechiceras.
Además, en el marco de la ventana florece el jazmín
que recuerda el olor de una vieja fotografía.
Para ser preciso, mi casa del barrio de los salesianos sólo
existe, con su mobiliario y sus espejos, desde el sueño
donde la arena dibuja tu cuerpo.

POEMA

(Tallulah Flores Prieto, 1957)

Y estas ganas de alcanzar el libro
Siguiendo el ritmo siempre alterado de sus signos
Que dejan una señal apenas perceptible
En las figuras que todo lo atraviesan
Revelando los fragmentos descosidos de este árbol
Que planea en desorden una fuga.

¡Itinerantes hojas sueltas en el aire!
No conocen los juegos del espacio
Que entre líneas se ablanda y retrocede
Dejándolas caer en la corriente de los ríos.

No lo saben
Y embriagado
Cada signo se desplaza
Ascendiendo uno a uno los peldaños en la calle
Y la huella del lector en el camino
A la espera ingenua del cierre del poema.

EL TIEMPO DE LOS ÁRBOLES

(Luis Fernando Macías, 1957)

El tiempo de los árboles es más lento porque ellos viven tranquilos.

Los árboles están contentos con su condición de árbol y son leales a su naturaleza.

El mango no quiere ser naranjo porque está satisfecho de sus dulces frutos y los exhibe orgulloso en grandes gajos que cambian el verde al amarillo y al rostro sus ramas.

En los vientres de las selvas colombianas los guayacanes, las ceibas, el duro para siempre, elevan sus ramas serenas hacia el cielo en busca de la luz del sol que es la cúpula del cielo con la tierra.

Los árboles guardan un silencio sabio durante los siglos de su existencia y, con éste, dicen la verdad profunda para que la escuche quien oídos tenga.

La paz de los árboles propicia moradas a los pájaros, que son nerviosos e inquietos porque su corazón es frágil y su cuerpo leve.

Los árboles reciben gustosos el agua de las lluvias,
la alegría reverdece sus hojas como el aliento de una mano fresca.

Muy raramente el árbol entristece y si entristece es por enfermedad o por falta de agua, pero se alivia fácil
porque es inocente y simple.

El tiempo de los árboles casi está detenido para nuestros ojos rápidos.

El amor de los árboles casi es invisible para nuestro corazón mezquino.

La paz de los árboles
es el secreto de su larga vida.

 

EL SILENCIO DE LOS BOSQUES

(Yirama Castaño, 1964)

A lo lejos
un pájaro canta,
en honor del dios de los árboles.
Nadie, entre aquellos que conversan,
se ha dado cuenta de la mudez
que mueve sus alas.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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