Tiempo de guerra

Pintura de Johanna Martínez.

Por Enrique Patiño.

La mañana olía a muerte. Era un olor extraño, azufrado y denso que Iván notó desde los albores de su sueño, pero que sólo al alba se le hizo irrespirable. Despertó asfixiado, aunque no sólo por el olor: el estertor de su propia respiración agónica lo había rescatado de una pesadilla, y de vuelta a la realidad se descubrió bañado en sudor, con el corazón desbocado y las manos trémulas, y además con la incisiva certeza de que el olor a muerte tenía algo que ver con su sueño.

Para aquella misma mañana estaba programado el ataque a su ciudad natal, y el sueño había sido sobre su familia. No sabía explicárselo, pero los había visto sin verlos, los había intentado abrazar y sus dedos habían aferrado aire en la pesadilla. “Estaban sin estar”, musitó, para darse tranquilidad con su propia voz. Vio las primeras grietas de luz en el cielo, los centinelas apostados en sus posiciones y la silueta tumefacta de la artillería que apuntaba a su ciudad. Quiso buscar sosiego en aquella imagen cotidiana, y hundió la nariz en su chaqueta, con la intención de reencontrar el olor a pólvora al que estaba acostumbrado. Pero de nuevo la respiración se le entrecortó. No quiso creerlo, pero tuvo la impresión de que el olor a muerte provenía de sí mismo. La pesadilla resurgió. Iván presintió que por primera vez en dos años y medio de lucha, las consignas de batalla no le servirían para domar la desbandada de dudas que comenzaban a revolotearle en el corazón.

Pasaron algunos minutos hasta que las voces de sus superiores dieron la orden de despertar. Sus gritos rompieron el hechizo del alba, pero Iván trató de no prestarles atención. Poco a poco vio cómo crecían las sombras parduscas de sus compañeros exhaustos que volvían del sueño. Varios se levantaron a orinar, mientras la mayoría se guío a tientas por el aroma envolvente de un café que preparaban cerca. Iván no se movió. Sabía que algo pasaba en él , que pensaba muchas cosas sin pensar en algo definido, porque eran tantas las cosas que sentía que no les hallaba orden en la cabeza. Lo consternaba la desazón de sentirse angustiado sin un motivo real. Sin embargo, tuvo la certeza de que tarde o temprano alguna idea clara habría de surgir, y entonces comprendería. No sabía qué, pero quiso esperar unos minutos más para ver si la claridad venía rápido, o al menos antes del ataque.

Vino un mayor. Sus zancadas firmes despertaron a la fuerza a Iván de su ensimismamiento. Por instinto, se levantó e hizo fila para tomar café, y entonces se vio repetido en cada soldado taciturno que lo precedía. Veinticuatro veces él, contó. Un hilo del olor a azufre vició el aroma del café. Notó que sólo él lo percibía, y sin saber la razón, sintió alivio pues le pareció que por saber oler la muerte, al menos ahora, era diferente.

No había acabado de beberse el café, cuando oyó una orden altisonante que lo devolvió a la realidad.  Comprendió a tientas lo que se había dicho, pero supo que la hora de descender había llegado. Entonces se levantó y vio el fuego mustio del amanecer, su claridad incipiente, la ciudad florecida en pequeños capullos de fuego del ataque de la noche anterior, las casas entre la bruma a lo lejos con esas luces mínimas que alumbran las montañas como estrellas dispersas, la geografía de verdes y montañas interminables de su país y la cantidad de cuerpos aletargados de los soldados que se desperezaban para enfrentar otro capítulo más de la guerra.

Por primera vez en la mañana, se sintió feliz. Sabía que la razón por la cual había deseado con tanto ahínco el momento de la orden era para sentir la alegría del regreso. Sintió miedo también, pero era consciente de que había soportado las penurias de ser combatiente con el único fin de tener un argumento para doblegar el orgullo de su naturaleza belicosa, y volver a la tierra que lo había visto nacer.

La orden de descenso fue dada media hora después. Sin esperar al resto del contingente, Iván acató la orden y comenzó a descender de primero. Alguien le gritó improperios pero él siguió bajando y zigzagueando para no perder el equilibrio, con la habilidad propia de un joven de diecinueve años. Oyó a sus espaldas el rumor masivo de las botas que bajaban tras de él y rió. Continuó riendo hasta que llegó a la ladera donde estaban las primeras viviendas, superó un talud profundo y se quedó inmóvil ante la ciudad sin vida. Vio entonces la condición del silencio, la muerte que moraba entre las ruinas.

No tuvo tiempo para pensar, cuando la tropa lo sobrepasó y el espectáculo de los soldados que ocupaban las calles lo impulsó a actuar. Iván se unió a ellos. Alistó su arma y corrió por instinto para ocupar su posición, aunque en medio de su prisa, sintió vergüenza de sí mismo, de su actitud de soldado frente a la ciudad indefensa.

Sobrevino la primera desbandada de dudas. La memoria le hizo una jugada que él sabía inevitable, y recreó en su mente la ciudad que conocía frente a la que tenía ante sus ojos. Se sintió ahogado. Pero siguió avanzando, tomó las riendas de sus recuerdos y se dedicó a reconstruir lugares, y a pesar de la peligrosidad de ello, a recordar momentos. No lo soportó. Supo en aquel instante que el dolor en carne viva no lo producían sólo las heridas, sino en especial los recuerdos. “¿Qué hago yo aquí?” se dijo, y en seguida se recriminó: “Ya para qué volví si siempre que llego es tarde”. Sintió rabia pero no supo en qué descargarla. Se limitó a cerrar la mano en torno a la empuñadura del fusil y a seguir contemplando las huellas del desastre.

Decidió disminuir la marcha. Los recuerdos le laceraban la memoria. Una hebra del olor a muerte surgió de ésta, y se hiló con el olor profuso que lo perseguía desde la pesadilla de aquella madrugada. Iván sintió que se le trenzaba el destino. A cada paso, a cada imagen recompuesta, se le iba desollando el corazón.

Había perdido la noción del tiempo. Se dio cuenta de ello cuando el aire le trajo las ondas sesgadas de una explosión cercana. “Una granada” pensó. O tal vez de trataba de una pipeta de gas lanzada como artefacto explosivo, o de una mina puesta por la insurgencia. Oyó gritos. Recordó los escondites detrás de las escuelas, las informaciones que tenían sobre miembros de un último grupo rebelde y supo que los estaban descubriendo. Avanzó más aprisa, pero no en dirección de la explosión, sino de lugares conocidos. Sólo veía soldados de su bando cercando las calles.

Bajó el arma. Cada calle a la que se asomó le revivió el estupor. Iván las afrontó con vergüenza, como si temiera que los muros caídos lo recriminaran. Un buitre volaba en círculos cerca de la plaza central. Al llegar allí, descubrió la catedral antigua sin cúpula ni campanario, y el centro histórico derruido por completo. Se dio cuenta de que no existía pesadumbre en él, sino más bien necesidad de comprenderlo todo, de verlo todo para dar respuesta a una pregunta que no se había planteado y que sin embargo le revoloteaba en la cabeza desde la mañana. Le irritaban los soldados por las calles, su aspecto circunspecto y sin embargo triunfador, su aire de invasores, de extranjeros en una ciudad que no les pertenecía. Intentó no prestarles atención y caminó hacia la zona residencial. Allí la soledad le tendió un cerco. Vio los esqueletos de concreto y hierro de los edificios, la sangre seca en las aceras y en el estuco de los muros en pie.

Lo único que atinó a pensar entonces era que estaba solo, que en toda su vida no había sido más que un cuerpo deambulante sin brújula ni destino, y sin haber sabido a dónde ir. Recordó su pesadilla, su familia que no estaba, pero se repitió que era demasiado tarde. “Ya para qué”, volvió a musitar entre dientes. Sin embargo, continuó caminando con el arma baja. A la distancia oyó disparos.

Era inevitable. Un nuevo embate de la memoria se le filtró por entre su pesadilla, e Iván se vio como si fuera tres años atrás, justo el día que se iba de su casa. Recordó la manera en que había preparado la  riña con su padre sobre una cuestión de ideologías contrarias: se había basado en ello para provocar la escisión que le abriría el camino para irse adonde quisiera. Las ideas argüidas en aquella discusión sólo le sirvieron como excusa para aventurarse a la guerra, y desfogar en algo intenso su espíritu belicoso: quería pelear, quería venganza, quería enfrentarse al mundo y que alguien con autoridad le dijera qué hacer porque se sentía perdido. Sólo su hermano menor tuvo el coraje de detenerlo en la puerta. Lo trajo a la memoria. Recordó su cuerpo débil, su mirada honda, y sus brazos largos cerrándole el camino.

–Sea hombre –le hubo de decir entonces–. Quédese.

–A usted es al que le falta ser hombre –le respondió Iván–. Hombres somos los que nos vamos. –Quitó su brazo de la puerta–. Además, usted no tiene nada que enseñarme a mí–, le dijo. Luego partió.

Iván se detuvo. Por primera vez en el día, sintió que cedía terreno ante la acometida de los recuerdos. Se desdibujaba todo lo que había creído. A lado y lado vio los residuos del ataque y en una labor de sepulturero, fue imaginando las escenas de dolor de cada persona que conocía del vecindario, para librarse de sus fantasmas y echarles tierra en su memoria.

Continuó caminando, bordeó la escuela de su infancia y llegó hasta la casa de su gran amor juvenil. Quiso reírse con ganas, pero lo dominaba la nostalgia. Se acordó de una peripecia en la que, con la complicidad de su hermano menor, había logrado colarse al cuarto de ella para entregarle un clavel y rendírsele a sus pies. Ella lo había aceptado sin pensarlo dos veces, pero él pensó demasiadas veces en su osadía de enamorado, hasta que terminó por creerla cursi, y se escondió. El tiempo obró el olvido.

A Iván le sorprendió darse cuenta de que ahora lo poseía un desespero por encontrar respuestas, por saber en realidad cuál era su camino. Y se rindió, por fin, ante sus propias dudas. Cayó de rodillas en plena calle, sin importarle si alguien lo veía, mientras se le resquebrajaba el último cimiento del dominio propio, y comenzaba a llorar, no de amor sino de rabia, por haberse gastado el tiempo del amor mismo en guerras que lo habían vuelto una persona que ahora ya no reconocía.

Cuando volvió a respirar con algo de normalidad, lo asaltó la congoja. No sentía odio. Vio la prisa de sus compañeros como a través de un filtro, como si sucediera en otro momento y en otra época, o como si la nostalgia misma lo hubiera provisto de un primer brote de sabiduría. Se levantó, tomó algo de agua de la cantimplora y de nuevo escuchó disparos, pero ya no les prestó atención. Vio un soldado que venía en dirección suya y se secó las lágrimas. Lo saludó, dio un reporte de tranquilidad, caminó dos cuadras más y con la respiración entrecortada descubrió el lugar donde antes quedaba su casa y ahora solo sobresalían ruinas y una única pared en pie, mordida por las balas.

Entró con el aliento tenso. Su primer vistazo fue fugaz, pero le bastó para reconocer que todo lo que tenía que ver con su pasado ya no estaba. La pesadilla emergió de las profundidades del miedo, e Iván corrió por entre los cuartos tratando de encontrar algún rastro de su familia. Alzó el arma como si temiera una sorpresa. Pero no halló nada. Entonces recordó un escondite que habían ideado junto con su hermano en el zócalo de su cuarto, y corrió a buscarlo. Quitó varias tablillas y encontró un cuadro familiar, fotos humedecidas, cartas escritas en tiempo de guerra y varios objetos familiares que quizá su hermano se había tomado el trabajo de recoger y guardar. Iván respiró hondo, con alegría, pero los residuos de su pesadilla le recordaron que su familia estaba sin estar.

Quiso olvidar la batalla que se libraba en las calles: quizás le harían un juicio por desacato si volvía con vida. Se sentó en el piso. Al sentarse, el olor a muerte se hizo más denso e irrespirable, pero Iván lo inhaló con deseo. Ahora sabía que la pesadilla había sido premonitoria y anheló que también lo fuera el olor. De afuera se oyeron nuevos disparos. Sintió rabia de la guerra, de él, de lo que sucedía, de que se le hubiera ido cualquier oportunidad de decirle a los suyos que lo perdonaran, de que no viera en el tiempo una forma de redimir su culpa. Quiso gritar, pero el grito lo ahogó en el silencio antes de que alguien lo oyera, y se descargó en el llanto. Esta vez sí lloró sin recato, como un niño, y balbuceó algunas frases ininteligibles. Se sintió libre, como cuando se quitaba el morral y las botas, las armas, las municiones y el casco, y se despojaba de los veinte kilos de más que cargaba a diario. El olor a muerte se hizo a un cierto punto tan espeso que Iván tuvo miedo de no poder inhalarlo más. “Es el colmo. Ya ni siquiera me queda aire para llorar”, pensó. Sintió de repente ganas de levantarse, rebelarse, hacer algo, pero permaneció inmóvil. “Ya para qué”, volvió a decirse. Lo venció el desasosiego y recomenzó su llanto ahogado.

De un momento al otro, escuchó pasos a la entrada de la casa. Reaccionó con sobresalto: empuñó el fusil y lo apuntó hacia la entrada del cuarto. Mantuvo su rostro severo de barba enhiesta sin desencajarse, como le correspondía a un guerrero, más por el miedo de que se tratara de un compañero y delatara que lo había visto débil y llorando que pensando en un rival. Pero la figura que apareció en lo que antes fuera el vano de la puerta fue la de un joven maltrecho que contempló a Iván desde el otro lado de la verdad.

El soldado no tuvo tiempo de precisar por qué, pero supo que en su mirada estaba la respuesta a la encrucijada que desde la mañana lo había enfrentado cara a cara con  la vida.

–Hermano –le dijo el joven, sorprendido de verlo allí, con la cara enrojecida por el llanto. Y agregó, con un dejo de ironía–: Bienvenido.

Iván bajó el arma y lo contempló con asombro. Vio que estaba herido en una pierna y en un costado del abdomen, que vestía con un uniforme raído y precario, y que cargaba un arma en la mano izquierda. Descubrió en su hermano, en medio de su impavidez y de su alegría, la misma cara del joven de hacía tres años, pero dignificada por la madurez de los tiempos adversos y de su resistencia.

A Iván se le heló el alma. Antes de llegar allí, su hermano había escapado del último reducto que quedaba en la ciudad, y había corrido a lo largo de las calles patrulladas, esquivando las balas y asesinando a más rivales en su desesperación que a aquellos que hubiera imaginado en una jugada de su sano juicio, con tal de sobrevivir hasta llegar a su casa. También él había despertado con un hilo de muerte enhebrado en el corazón, y el presentimiento de algo incierto. En el camino, había recibido dos balazos. Lo estaban persiguiendo, no había duda de ello.

Los pasos se oyeron por la calle demasiado pronto. Un primer tiro pegó en la pared frontal que permanecía en pie. Iván reaccionó y se abalanzó a socorrer a su hermano. No había avanzado aún dos pasos, cuando su hermano, con una habilidad de felino insospechada para su estado, le saltó encima. Lo hizo con tanta fuerza, que ambos rodaron hasta el final de la habitación. Iván creyó que su hermano buscaba la venganza y se entregó al castigo. Pero sintió que lo abrazaba y lo cobijaba protector con su cuerpo. El olor a muerte desapareció. Un buitre apareció por sobre la casa y comenzó a dibujar un círculo vacío.

Algo sonó contra los fragmentos de cemento roto. Un objeto metálico que rodó a pocos metros de ellos. Iván supo qué era pero igual giró la cabeza y vio la granada que sus compañeros habían arrojado dentro de la casa y que yacía sin el seguro puesto. Comprendió la situación. Hizo un esfuerzo tentativo para tratar de zafarse del agarre de hierro de su hermano, pero no pudo. Lo intentó de nuevo, girando esta vez la cara, y aunque su hermano atesó adolorido sus brazos, él logró verlo a los ojos, descubrir en su fulgor de guerra aquel amor incorruptible por los suyos y oler en su sudor a pólvora la valentía de la derrota con sabor a gloria que afrontaba. Iván se dio cuenta que también esta vez era tarde, que tampoco había tiempo, que mucho menos habría palabras, pero el brillo en los ojos de su hermano era la respuesta y lo que vio en ellos en el instante en que los encontró fue el abismo de la eternidad.

Apeló a todas sus fuerzas, aferró a su hermano, y en una última maniobra desesperada, Iván logró dar vuelco a la situación, poner a su hermano a tierra y cubrirlo con su cuerpo, mientras lo abrazaba estrecho para decirle en el último segundo de su vida, en un grito formidable, que también él sabía amar.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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