Miyó Vestrini

Miyó Vestrini. Ilustración de Pablo Kalaka.

MIYÓ VESTRINI
1938 – 1991
La granada en la boca

Por: Katherine Castrillo

Conocía el “espantoso signo” que aparece justo el día de nuestra muerte: una “rigidez en la nuca que comienza al levantarse”, será porque ahí está instalado el pajarillo sobre el que escribió Vallejo, el poeta que moría el mismo año en que Miyó era lanzada a la tierra, en Nimes, entre ruinas romanas. El día que ella reconstruyó: “Cuando tu cabecita,/ tu ombligo,/ tu cuquita virgen,/ asomaban al mundo/ entre las hermosas piernas de tu madre,/ metían al poeta en un hueco./ Lo cubrían de tierra/ y a ti/ te cubría la memoria”.

De aquella ciudad francesa, vestigio de campos galos, llegó a Betijoque, una población amansada con aliento de indios escuqueies.

Ese salto continental le hizo una escisión en el pecho, y en su hondura conservó “el puerto y la montaña,/ la rivera y el sur”. Quedó “tirada a mitad del camino/ entre el sol/ y la niebla”.

Muy joven ya formaba parte de los grupos literarios Cuarenta Grados a la Sombra, Sardio y Apocalipsis, en estos dos últimos era la única mujer entre sus fundadores. A los veintinueve años recibía el Premio Nacional de Periodismo. Estuvo al frente de páginas de artes, fue agregada de prensa de la Embajada de Venezuela en Italia, jefa de prensa en la Cancillería, entrevistó a grandes poetas como Gustavo Pereira, Víctor Valera Mora, Caupolicán Ovalles, Carlos Contramaestre.

Miyó anduvo por la poesía en búsqueda de “palabras secas”, necesitaba la musicalidad, las palabras tienen que sonar, decía. Obsesivamente se detenía en cada línea, revisaba, releía: “Para colocar una palabra en determinado sitio del poema, tardo días, la saco, la quito, la cambio de lugar, la elimino”. Esta obstinada vocación por la palabra la llevó a desarrollar su obra no solo en el periodismo y la poesía sino también en la narrativa.

Con lentes de pasta, cigarro, dedicada a la bebida “para evitar el infarto”, y resistida al brazo de su madre, estuvo bordeando o yendo de frente hacia la muerte: “no en vano/ deseo/ cada tarde,/ que la muerte sea simple y limpia/ como un trago de anís caliente”.

Confrontaba contradicciones y escenas domésticas que una mujer atravesaba más allá de la zanja del arte: “¿Por qué tengo que ser yo la que corte calabacines/ todas las noches/ a esta hora?”, la mujer que se va a la cocina “a pelar patatas”, la mujer que en la casa hace “muchas cosas y nadie se da cuenta”.

De pie, frente a un espejo, desnuda, contempló su soledad, su párpado caído, y detrás del reflejo, en su súplica por “una muerte que enfurezca”, también descubrió lo que era: “… el rifle en la mano/ la granada en la boca”.

En 1991, la poeta que una vez se oyó “crujir, debatir, sonreír, partir, gemir”, logró el suicidio que buscó varias veces, como escribió: “Morir/ requiere tiempo y paciencia”.
Miyó, o Marie-José Fauvelles, su nombre de nacimiento, dejó como legado Las historias de Giovanna (1971), El invierno próximo (1975), Pocas virtudes (1986), Valiente ciudadano (1994), Órdenes al corazón, (1996). Y también un testamento que incluía libros, sueños, sus cenizas y risa, un poema y su dolor adolescente.

Sobre nuestro final, nada sabemos, puede ser que una “cierta forma de morir más ruda nos espera”. Nos toca estar a atentos a esa rigidez en la nuca que comienza al levantarse.

Katherine Castrillo

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