De un cuento censurado a una canción N.N. de Rodrigo D.

Por Juan Fernando Ramírez Arango.

 

  1. Aquel 27

Nunca antes un cuento mío me deparó tantas sorpresas. Lo publiqué en Universo Centro, abriendo el 2016[1]. El cuento es un homenaje póstumo a Juan Gilberto Arango, mi tío. Lo empecé a escribir el 29 de octubre de 2015, fecha en la que él habría cumplido 65 años, murió a los 64 y medio. A nadie he querido ni admirado tanto: cuando yo era muy niño y crecía sin figura paterna, mi tío me enseñó 31 formas distintas para nombrar al diablo, de ahí mi obsesión por los números primos. Por eso me tomé 31 días exactos para escribir el cuento, más que de costumbre, además estaba en uno de mis picos bajos de creatividad. Días antes de terminarlo llegó un correo imprevisto: por recomendación de un influyente poeta antioqueño, adscrito a la generación desencantada, la editora del magazine dominical de El Colombiano quería un cuento mío para incluirlo en la antología que suele publicar los últimos tres domingos de diciembre. Me daba plazo hasta el nueve de ese mes, tenía unos diez días para remitirle algo. No bien leí el correo, se lo reenvié a mi novia, con un interrogante: ¿Yo en El Colombiano? Lógicamente, yo estoy en las antípodas de la línea editorial de ese periódico. Mi novia, que ve proyección en lo que escribo, pero que sabe que soy un radical, se enojó bastante. Esa noche tuvimos una de nuestras peores peleas: ella no se movió de su posición inicial y, al final, replicó cualquier argumento de mi parte con una frase insufrible: deberías leer a Kundera. ¿Qué quiso decir? Que yo sobrealimento nuestras disputas con un único fin adictivo: sexo de reconciliación. Por supuesto, no hubo make-up sex hasta que no le envié un cuento a la editora del magazine dominical de El Colombiano. En esos diez días de chantaje sexual a los que me sometió mi novia, aparte de terminar el cuento dedicado a mi tío, busqué la mejor forma de no ver comprometida mi integridad literaria en caso de publicar una de mis ficciones en el diario leer de los antioqueños. No sé si la encontré, pero decidí enviar el susodicho cuento: era el más corto de mi carpeta de inéditos y, en uno de sus apartes finales, describí el ritual de iniciación de mi tío a una logia liberal, esto es, orinar la tumba de Laureano Gómez. Sabiendo que El Colombiano es de corte neo-laureanista, o sea uribista, ese detalle masón me pareció un lindo mecanismo para poner a prueba al censor de aquel periódico y, de paso, para saber qué tan influyente es el poeta antioqueño de la generación desencantada… Llegó el segundo domingo de diciembre, el 13, y nada, esa vez publicaron, entre otros, a Memo Ángel, Reinaldo Spitaletta y al poeta antioqueño de la generación desencantada. Llegó el tercer domingo de diciembre, el 20, y nada, esa vez publicaron, entre otros, a Ricardo Silva, Juan Manuel Roca, Piedad Bonnett y al poeta antioqueño de la generación desencantada. Esa doble presencia del poeta entusiasmó a mi novia: él te recomendó y es el único que ha repetido, seguro te publicarán la semana entrante. Como el entusiasmo de mi novia es contagioso, yo también me entusiasmé: tomé la vieja libreta telefónica de mi tío y, entre lunes y jueves, me comuniqué con todas las personas que pude anotadas allí. La gran mayoría no sabía que mi tío estaba muerto. Algunos, afectados por la noticia, me recriminaron que nos les hubiera avisado a tiempo, para estar presentes en el funeral. Yo les dije que había sido imposible, que la libreta telefónica de mi tío apareció días después de su cremación. En cualquier caso, agregué que yo fui su familiar más cercano, que soy escritor y que el domingo, en el magazine dominical de El Colombiano, saldría un texto mío en homenaje a él… Llegó el último domingo de diciembre, el 27, y nada, esa vez publicaron, entre otros, a Luis Miguel Rivas, Harold Kremer y Gabriela Alemán.

Posdata: al ver que mi cuento no fue publicado, el poeta antioqueño de la generación desencantada se comunicó con la editora del magazine dominical de El Colombiano y ella echó mano de una excusa de cajón: me gustó, pero a última hora me redujeron el número de páginas.

  1. Spoon river

La inocentada adelantada que supuso la no publicación del cuento en homenaje a mi tío, me dejó mal. Tanto, que ni siquiera hice mi ritual literario para comenzar el 2016 con el pie derecho. Y tampoco fui capaz de redactar una simple carta de no renovación, llevábamos nueve meses malviviendo en un garaje, mi novia se encargó de redactarla. Sin embargo, reaccioné días después, gracias a una coincidencia significativa. Revisando lecturas aplazadas, mi novia descubrió que, la misma semana que iba a ser publicado el cuento en homenaje a mi tío, Pascual Gaviria publicó una columna en El Espectador titulada “Obituario”. Allí, Pascual le rinde tributo póstumo a Jesús Gaviria Gutiérrez, su tío poeta, fallecido el 19 de diciembre de 2015. La simetría vital entre mi tío y el tío de Pascual es desconcertante, casi circular: murieron el mismo año y nacieron separados por meses. El tío de Pascual le cantaba principalmente a la parca, y mi tío era ludópata, se jugó, por ejemplo, la legendaria biblioteca que le heredó mi abuelo en las tragamonedas. Ambos eran trabajadores ocasionales. Es más, cuando mi tío renunció al único trabajo formal que tuvo en la vida, en 1976, el tío de Pascual publicó Una corta danza, su ópera prima poética. Uno de los trabajos ocasionales del tío de Pascual fue escribir el libro de los 75 años de Coltabaco, y mi tío fue fiel a los Pielroja sin filtro desde los doce, tres cuartas partes de su existencia se fumó por lo menos dos cajetillas diarias. A través de la lectura voraz, mi tío me mostró el camino a la escritura; a través de sus poemas, tan cortos como haikús, el tío de Pascual le mostró a su sobrino el camino a Twitter, dicen que Pascual es buen tuitero. El tío de Pascual vivió la mayor parte del tiempo en Villa Hermosa, y mi tío en El Salvador. Vistos desde el balcón de mi apartaestudio, sito en el occidente de Medellín, Villa Hermosa, prácticamente, es el reflejo de El Salvador, y viceversa… Ya que Pascual Gaviria es el editor de Universo Centro, decidí enviar el cuento en homenaje a mi tío a ese periódico. Sin una sola corrección, salió la luz en la edición 73, la primera de 2016, una página después del arte central: con máquina de escribir sobre hoja tamaño carta, el rostro de Bukowski y el de Gómez Jattin. Mi tío adoraba a Bukowski… Cuatro artículos más adelante, en la última página, seis poemas de Jesús Gaviria Gutiérrez. Uno de ellos, titulado Spoon river, confirma que ciertas simetrías son eternas:

Nací para grabar
esta inscripción
en mi lápida.
Y ahora, cumplido
mi propósito,
no logro descifrar
lo que desde aquí
se ve al revés.

  1. Yin y yang

Un mes después de la edición física de Universo Centro 73, salió la edición digital. No bien publicaron esa versión electrónica, empecé a recibir correos inesperados. Inesperados porque la retroalimentación con los lectores de mis textos ha sido prácticamente nula. Al parecer, la bola la impulsó un tweet de Pascual Gaviria, en el que compartió el link del cuento en homenaje a mi tío. No sé cuántos de sus cien mil seguidores lo retuitearon, ni cuántos seguidores de sus seguidores lo hicieron, pero en algún punto de la cadena le añadieron un hashtag al link: “No Future”. Y es que en el tercer aparte del cuento en homenaje a mi tío, para señalar que, siguiendo su ejemplo, prefiero las causas perdidas, escribí que abandoné mi segunda carrera, Letras: Filología Hispánica, con la tesis lista y restándome apenas un seminario por aprobar. Y agregué que mi tesis inédita es acerca de Rodrigo D. No Futuro, el leitmotiv, por qué es una película de culto. Entonces empezaron a llegarme correos de otros supuestos cultores de ese film. Todos ellos, sin excepción, querían lo mismo, leer mi tesis. Mi tesis inicia con una advertencia: “Si no puedes resolver el siguiente cuestionario, no la leas”. Así que le envié el cuestionario a los supuestos cultores de Rodrigo D… Ninguno lo resolvió acertadamente. Sin embargo, me gustó la forma en que dejó volar la imaginación uno de ellos. Lo busqué en Google y confirmé lo que me dijo por correo, que era escritor. El primer resultado de búsqueda, una noticia de Semana: con sorpresa, reseñaban que él, en años consecutivos, 2013, 14 y 15, y en tres géneros distintos, poesía, novela y cuento, respectivamente, había ganado los tres premios más codiciados por los escritores desconocidos del país. Le mostré la noticia a mi novia y ella, consciente de la dificultad de semejante logro, y jugando con las iniciales del nombre y del primer apellido de aquel escritor, exclamó: Jesus Christ… ¿Para qué quiere tu tesis de grado? Porque se ganó una beca de residencia en Montreal, para escribir una novela, y está bloqueado, entonces quiere comenzar un nuevo proyecto a fin de oxigenar el que no avanza. ¿Nuevo proyecto? Sí, un ensayo sobre la estética punk en Rodrigo D… El quinto resultado de búsqueda, una entrevista en un periódico estudiantil: descubrí que nacimos el mismo año, cuando salió al mercado la Colorburts 100. Si bien, en contraste, yo soy mucho más viejo: él declaró que le quedaban treinta años de vida productiva, y yo estoy convencido de que no superaré los 49 abriles, edad mínima en la que los dígitos suman trece. La entrevista también me reveló su segundo apellido. Lo incluí en Google y encontré algo interesante: los resultados de cinco convocatorias anteriores a 2012, último año en el que yo participé en certámenes literarios. En todas concursamos los dos, y, aunque ninguno ganó ninguna, en cuatro de cinco terminamos, prácticamente, espalda con espalda: cuarto y quinto, octavo y sexto, cuarto y tercero, quinto y séptimo. Era como si, para los jurados, a los ojos de aquellos lectores expertos, uno anulara al otro, yin y yang. Luego, daba lo mismo si le enviaba o no mi tesis de grado. Por consejo de mi novia, no lo hice.

Posdata: Lo último que supe de él, es que vería a Radiohead en el Osheaga Festival, cerrando un lineup que incluía, entre otros, a Foals, Death Cab for Cutie, M83, Wolf Parade, Beirut, Frightened Rabbit, Silversun Pickups, Bloc Party, Disclosure, Kurt Vile… Así, con o sin novela, pensé, quedaría justificada su estancia en Montreal. Una semana más tarde, el 6 de agosto, yo vería a Swans en Eafit, evento gratuito de Feria de Flores.

  1. Punk Medallo

Días después de no haberle enviado mi tesis inédita al escritor mentalmente bloqueado en la lejana Montreal, circuló una gran noticia: a petición del British Film Institute, Thurston Moore, el cerebro de Sonic Youth, elaboró un top ten de las mejores películas punk de todos los tiempos, y en el número cinco ubicó a Rodrigo D. No Futuro. La noticia era tan extraordinaria, que tuve que actualizar mi tesis de grado. Antes de hacerlo, le di una revisión exhaustiva. Inicié por las fuentes primarias: tras releer la crónica del distópico 1984 que dio pie a la película, donde un joven llamado Rodrigo Alonso estuvo a punto de lanzarse al vacío desde el piso veinte del Banco de Londres, en pleno Parque Berrío, corazón de Medellín, pasé a los ensayos filmados de Rodrigo D. Una videograbación escasísima, del 86, a la que le tengo bastante cariño, porque a través de ella hice algunos de mis descubrimientos capitales, por ejemplo, que El Alacrán, recordado por frases como “me voy a punkerizar del todo”, o por haber pronunciado la última de la película, en una ocasión ensayó en el papel de Rodrigo, lo que hubiera cambiado radicalmente el panorama, ya que El Alacrán fue asesinado en 1990. Curiosamente, en una entrevista publicada por la Universidad de Manizales, en abril de 2016, Víctor Gaviria declaró que El Alacrán es su ideal de juventud. No bien dejé atrás esa escena que lo hubiera cambiado todo, vino otra que fue un verdadero punto de inflexión: Rodrigo, en cuerpo de Ramiro Meneses, está sentado en una silla de tiras plásticas, al interior del cuarto del aseo de la casa de Víctor Gaviria. Frente a él, un micrófono, a su izquierda un trípode, y más allá un monitor encendido. De repente, con las palmas de las manos, Rodrigo hace percusión contra sus muslos, y luego entona una canción que dura muy poco. No sé si fue la adrenalina por la buena nueva de Thurston Moore, pero nunca antes me había preguntado el nombre de esa canción y de su intérprete original: ¿Cuál es el título de esta canción, de quién es? Aunque la escuché innumerables veces, no logré descifrar la letra, el inglés de Ramiro o de Rodrigo –da igual puesto que la etimología de ambos nombres se traduce en fama-, es muy atropellado, ininteligible. Mi novia tampoco pudo descifrarla. Sin embargo, me ayudó a buscar la canción en mi colección de CDs. Criterio de búsqueda, punk en inglés hasta 1986. Mi novia quería descartar el Protopunk, pero yo me negué. Ella me acompañó hasta principios de 1977, cuando el número de álbumes se multiplicó dramáticamente. La renuncia de mi novia no me desanimó, seguí de firme varias semanas más. Como mi colección de CDs se quedó corta, busqué el humo blanco en YouTube. Como allá tampoco encontré una canción que concordara con la que escupió Ramiro/Rodrigo, tuve que pedir ayuda externa. Le envié un audio, por ejemplo, a XXRuidoXX, reconocido blog de punk, y nada. Se lo envié a José Juan Posada, fundador, precisamente en 1986, de IRA, y después de otras bandas como Dexkoncierto, Destino, Humaniax y UFC, y nada, no sabía. Le envié el video a Román González, factótum del rock de Medellín, y Quijote por la recuperación del Carlos Vieco, templo al aire libre del punk medallo y del metal medallo, y nada: “ni idea, pero le voy a reenviar el video a Ramiro Meneses y te aviso de una”. Pasó un mes y nada, lapso en el que incluso dejé de escribir para continuar a tiempo completo la búsqueda de la misteriosa canción. Pasó mes y medio y nada, ya las manos me palpitaban por la inactividad, el hormigueo típico del infarto. Afortunadamente, Ramiro Meneses respondió, a través de la revista Arcadia. Allí, en un artículo titulado “Ramiro Meneses: mis años punk”, escribe: “La falta de inglés y la búsqueda por encontrar las traducciones fieles para entender de qué hablaban las canciones de los gringos e ingleses solo ayudó a la desinformación. Nos conformamos con una interpretación pobre, pero eso nos dio una visión particular del movimiento y de la escena”. Así, con esas palabras que dibujan el teléfono roto que originó el punk medallo, lost in translation, deduje que Ramiro/Rodrigo, simplemente, improvisó la canción, impulsos fonéticos. Palabras que fueron publicadas el 23 de agosto de 2016, día en el que empecé a escribir esta historia, que va desde un cuento censurado hasta una canción N.N. de Rodrigo D.

Posdata: Por si las moscas, por si alguien sabe y me puede sacar de la duda, comparto el video de la canción N.N. de Rodrigo D.:  https://youtu.be/m7V9fkwayKw


[1] http://www.universocentro.com/NUMERO73/Aludfamiliar.aspx

Juan Fernando Ramírez Arango, es economista arrepentido de la Universidad Nacional de Colombia y desertor del décimo semestre de Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia. Es escritor y paseador semi-profesional de perros, en los barrios Florida Nueva y Laureles, Medellín. Además de haber sido finalista del Premio Nacional de Cuento de La Cueva, ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de cuento de la Universidad Externado de Colombia… ¡Bah!

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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