Extranjero en Bogotá

Ilustración de Lizeth León (@cucharitadepalo) para el proyecto “Fachadas bogotanas”.

Por Luis Ernesto Rojas R.

Muy rara vez he salido de mi ciudad natal en los últimos 26 años y, sin embargo, me siento como un extranjero en Bogotá cada vez que me veo obligado a salir de mis rutas marcadas. Como bien lo dice Eduardo Zalamea Borda, hay que ser osado para emprender un viaje en nuestra propia ciudad y salirnos de la rutina que nos condena a la misma presencia repetitiva de lugares que recorremos sólo por trabajo, estudio o lo que sea. Pienso que vivir en Bogotá no se trata de ser Ulises en Troya, en la isla de Calipso o en el reino de los faecios, sino de ser Ulises en Ítaca. Ulises creyó estar en otro lugar al regresar a Ítaca, pero fue el devenir pordiosero el que lo guardó de los peligros que lo aguardaban en su propio hogar.

Ulises Molano –convertido en pordiosero por Atenea Soho– sube a las barcas de Ítaca a vender un paquetico de pañuelos a quinientos pesos y, para la mayor economía de los distinguidos pasajeros, tres en mil. Pero una cosa es que Ulises se convierta en pordiosero para salvar su casa de pretendientes que se han tomado su morada descaradamente, y otra es ser un pordiosero desde el nacimiento para sobrevivir día a día en la ciudad que te vio nacer, pero que no se preocupa por mantenerte con vida, o por lo menos no con una digna de ser vivida. ¿Es esto una insulsa queja de una situación existencial –sí, toda situación es existencial, pero me gusta cómo suenan las dos palabras juntas– que fue desafortunada desde el nacimiento? Por supuesto que no, aquí lo que menos importa es la historia personal; se trata de asumir el reto de ir a sitios dentro de Bogotá más allá de la rutina.

Hay muchas maneras de ser extranjero en Bogotá siendo bogotano. Pienso en mis experiencias –claro, contándolas de manera impersonal porque son cosas que vive cualquiera en Bogotá– y puedo enunciar uno o dos casos en los que me es ajena mi propia ciudad. Al vivir en las periferias de la ciudad, un bogotano por lo general se desplaza todos los días al centro o al norte de la ciudad. Aquí viene al caso la geopolítica del Transmilenio: en la mañana todos los buses que se dirigen al sur están desocupados y los que van al norte no les cabe un alma, y en la noche al contrario. Si estás en la estación de Corferias a las siete de la noche esperando el G43 para ir a Bosa o a San Mateo –Soacha es prácticamente una localidad de Bogotá y un municipio al mismo tiempo– verás que pasa el B23 o cualquier otro servicio que se dirija al norte con sillas vacías[1] [sin] puestos disponibles, mientras que el servicio que esperas requiere de una estrategia o de un despliegue de tus instintos más vergonzosos en medio de empujones y madrazos para entrar. En el túnel de Ricaurte –estación con el nombre del suicida más famoso nacido en Villa de Leyva– te sientes como Ulises atravesando el Aqueronte para preguntar a Tiresias cómo llegar a casa, sólo que tú seguro te diriges con afán al trabajo o a una cita médica.

Ulises Zalamea tiene razón, es un reto recorrer Ítaca irrumpiendo la rutina. Ulises todos los días sale de casa a buscar trabajo –no puedo imaginar mayor Odisea que la de buscar empleo o rebuscarse la papita diaria en Bogotá– y a comprar el periódico. Ulises profesor tuvo en una ocasión una entrevista de trabajo en un colegio ubicado en Fontibón –localidad desconocida para él porque nunca tuvo antes una diligencia allá– y perdió su oportunidad porque aún era muy joven y su diploma olía a nuevo, al salir se dirigió rápidamente a un segundo proceso de selección en Ciudad Bolívar para lo que necesitaba bajarse en el portal Tunal y tomar el bus alimentador que lo llevaría a Paraíso –barrio que es un verdadero infierno– ubicado en la parte más montañosa de la localidad. Al bajar del alimentador, Ulises se encuentra más perdido que en la cueva de Polifemo. Camina, camina y camina y las placas verdes de las direcciones dejan de indicarle camino alguno, lo que lo lleva a un potrero en el que contempla la nada de la que habla Heidegger. Al final resulta imposible y Ulises se pregunta si el colegio en el que tenía la entrevista era real o sólo una aseveración metafísica que engañan nuestros sentidos desde Descartes hasta Internet. Hablando de Descartes, era hora de descartar la posibilidad de encontrar el lugar en cuestión y volver a casa. Ulises, bastante decepcionado, se dispone a esperar el bus y se encuentra con Caronte, quien le pide una moneda de doscientos pesos no para ofrecer servicio de transporte, sino para evitarle el viaje al Hades.

Hoy, casi cuatro años después, Ulises observa a sus estudiantes y piensa en ellos como los futuros ciudadanos de Bogotá, habitantes de una Ítaca huérfana y contaminada por la globalización y advierte que no hay ningún síntoma en ellos que haga la diferencia. En el recreo Ulises observa desde la sala de profesores o desde la escalera que lleva a los salones de clase que estos futuros ciudadanos se empujan para entrar al salón como si entraran al Transmilenio que lleva del Portal Norte al Portal Usme. Suenan timbres, pero no para llamar al corazón como dice Vidales, sino para reanudar la lucha de clases de filosofía, de ciencias sociales o de matemáticas. Ir al colegio una vez más puede ser una verdadera odisea, como puede ser cualquier otra cosa en Bogotá.

[1] Querido lector, sabrás perdonar mi tachadura derridiana, lo que sucede es que la carga semántica del término silla vacía está contaminada por procesos de paz lejos de nuestra Ítaca descalza que, no obstante, es el centro del poder en nuestro País de la Maravillas robadas. ¿La silla está vacía, o es el concepto de silla el que está vacío? “El Transmilenio está vacío”, decimos cuando podemos entrar menos apachurrados de lo normal, lo que hace de la expresión “vacío” una resignificación, una invención de otra palabra que no la entendería alguien que no use el servicio de transporte público en Bogotá.


Luis Ernesto Rojas R. Filosofo U.P.N., estudiante de maestría en Estudios literarios  de la Universidad Nacional.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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