Sello

Imagen: Jacinta Lluch Valero

 

Si de repente se nos apareciera alguien, de la nada, por lo menos nos generaría sorpresa o miedo pero no nos dejaría indiferentes, eso sí. Como cuando se trata de un muerto viejo, un amigo olvidado, aunque no cuando un personaje de alguna novela del siglo diecinueve encarna de pronto al vendedor de noticias de la esquina, al mimo que trabaja hace medio siglo en aquella calle del centro de la ciudad o, por qué no, al ciudadano ordinario que va hacia su trabajo leyendo un libro que parece un arma contundente por su tamaño y que no se le ve ni la menor intención de dejarlo ni de llegar a su oficina. Tal disparate, hablando de la aparición, por decir lo menos, no pasaría desapercibido, así como no lo hará que las personas que trabajarán en el gabinete del nuevo presidente de los Estados Unidos de América, poco más de veinte, acumulan un patrimonio superior al producto interno bruto de un centenar de países, pobres, sí, pero países al fin y al cabo, y cien además, que no es poca cosa cuando lo que comparamos son países y personas, y ni hablar de comparar las monedas de esos pueblos con el dólar porque, ahí sí vendrán los puristas a decir que las comparaciones son odiosas. Esto porque no sé si me le aparecí a alguien en la esquina hace un rato porque, con solo verme, corrió a abrazarme como queriendo asegurar que yo no escapara despavorido, o quizá para estrangularme con sus bracitos musculosos. Parecía también una escena de película pornográfica, siendo yo un atleta musculado y ella, la persona que me abrazó, la rubia sedienta de sodomización que de milagro no le atraviesa los esteroides al hombre con sus uñas de diez centímetros de largas. Y tuvo que pasar un buen rato para que aquella mujer dejara de estar espantada de la dicha y me dejara ir, luego de enterarse que no era yo la persona que creyó ver, luego de que comprobara que yo no era yo ni tampoco era otro, y luego de que llegara un vecino considerado a sacudirla por los hombros para que volviera en su razón y dejara de creerse una actriz pornográfica de la vieja Yugoslavia. Al final la espanté tanto y más que si hubiera sido un muerto verdadero y no uno hecho en China, y el evento me hizo rememorar el día que encarné a Messi, el día de su primer partido con la selección argentina de mayores, cuando entré al campo de juego con ímpetus de gladiador de dos metros y no medí mi fuerza ni mi amor por la albiceleste y me hice expulsar a los pocos minutos. Pero eso no fue lo más significativo aquel día sino lo que sucedió luego, en el camerino, cuando estaba bajo la soledad de la ducha, fue lo que pensé, para ser preciso. Pensé, hay que decirlo antes, como piensa el jugador ordinario, el del montón, en el videojuego que me esperaba en la casa esa noche para jugarlo durante toda la toda la noche y olvidar que era, en potencia, el mejor jugador de la historia como dicen alguno medios especulativos.

Lo de la mujer me hizo recordar entonces aquel día que fui Messi porque, como quien no quiere la cosa, mientras esperaba a mis compañeros, que terminaban el partido sin mí, una pelota se hizo mi amiga y no se despegó de mi pie izquierdo, inmóvil, hasta que se cansó de acariciarlo sin que yo me asustara o me lo preguntara por lo menos, para mí ese día, el que la pelota tuviera vida propia, fue tan normal como que el agua estaba cayendo podría hacerlo por siempre jamás de no cerrar el paso. Y, al contrario de espantarme, como decía, la pelota me hizo sentir como los grandes campeones de ajedrez, por poner un ejemplo cualquiera, que nunca expresan sus emociones durante las partidas extensas, pero no luego de ganar un campeonato o una final regional o una partida al maestro de la niñez, o una partida a sí mismo, como acaba de hacerlo el noruego Magnus Carlsen de sólo veintiséis años, quien ganó por tercera vez consecutiva el máximo título del deporte ciencia, al derrotar al ruso Serguéi Kariakin y salió a darle besos a todo el que no supiera quién era él y lo confundiera con un peatón cualquiera. Porque el ajedrez también es la ciencia juego y, se sabe, a la ciencia no la entienden ni siquiera los mismos científicos, como el fútbol cuando nadie nos ve jugarlo, y la identidad, cuando nadie nos prueba lo contrario. Pero, decía que así no me sentía, me sentía más como cuando leo un libro que no me deja casi ni respirar y me hace sentir como un dios, y casi me sentía como un escribir, pero hasta allá no puedo contar sin que no se me condene antes por traición. Entonces, dejémoslo ahí, porque, como siempre, dije mucho por querer no decir algo, además que ya no sé si soy un jugador de fútbol, de ajedrez o de literatura.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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