Armisticio

Imagen: Ernesto Falkenthal

Nos enteramos de que, en pleno siglo veintiuno, reconstruyeron el rostro de un hombre que murió hace casi diez mil años, en pleno Neolítico. Podemos esperar mucho más de la ciencia que, contrario a lo que se reza de ella en las iglesias, no hace otra cosa que trabajar para otro, como hicieron muchos de los santos que conocemos y los tantos que desconocemos. Nada más y nada menos que preparar el camino para los que todavía ni siquiera se sabe si vendrán, ni si les importará cuántas horas se invirtieron en un laboratorio para que ellos pudieran nacer de padres infértiles o en un mundo ya extinto, así como la cantidad casi incalculable de enemigos poderosos que sabotearon una y otra vez cada intento, cada pregunta y cada inconforme y se aseguraron de que tantos santos anónimos no continuarían en el laboratorio ni en el mundo.

Vengo de un laboratorio de muestras de sangre donde, aparte de perforarme dos veces dos venas diferentes, dos brazos diferentes, me prohibieron leer y escribir mientras esperaba la segunda punzada. Como no se me prohibió preguntarme, que es casi lo mismo en cualquiera de los casos, lo que hice fue toda clase de aseveraciones en mi mente hasta que las preguntas empezaron a brotar como si se tratara de un hongo sobre el pan abandonado en la cocina al irnos de vacaciones. Quizá le temen a las palabras que verán en mis glóbulos o a las cosas ocultas que quedan luego de escribir un texto, o a la desnudez tras el poema, o a la igualdad después de la novela, pensaba. Quizá lo que no quieren es ser distraídos por la actividad celular luego del ejercicio mental y por ello lo prohíben explícitamente. Puede ser que les abrume ver tantas veces repetida la palabra no, o les sosiegue la escasez de fórmulas matemáticas. Lo que sea será más peligroso que cualquier enfermedad que podamos transportar en la sangre, porque de no ser así lo que se nos prohibiría, pensé durante el segundo pinchazo, lo que nos dirían sería que mientras pasamos esas dos horas en medio de jubilados que comentan las noticias del momento y las de hace cincuenta años, esperando a que nada suceda, no hicimos nada que pudiera enfermar a otro, sobre todo si el otro éramos nosotros mismos. Así sería más fácil, y mucho más temerario, claro, pero lo que nos prohíben, sobre todo a los que vivimos de las palabras. Es más efectivo que confinar al que porta una enfermedad incurable, como la risa, por ejemplo, que es el arma universal, la cura universal, se nos prohíbe plasmar las palabras, bien sea en un papel o en nuestra memoria.

Y es que, quién lo creyera, lo que importa no es lo que hagamos sino lo que creamos que hicimos, como es el caso de París, que al hacerse la enterada ante el mundo de la mayor contaminación en la ciudad en diez años, pero seguramente en su historia, hizo que todo el transporte público fuera gratuito. Y esto, si bien es una solución aceptable, porque, como ya ha sido dicho en cada intento, juntarnos es la otra forma de hacer el fuego. Hacemos fuego junto a otro sin contaminar el mundo tanto como el fuego real y sin pagar un céntimo. A lo mejor es eso lo que no quieren que sepamos los que nos gobiernan, pero no me crean a mí, nada más soy una fábrica de fuego portátil que no se cansa de llover sobre los que tiene cerca.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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