Los Espárragos de Iriarte

La literatura colombiana me ha dejado algunas bellas sensaciones, sobre todo cuando descubro a ciertos escritores, unos conocidos, otros no tanto, unos de antaño, otros recientes, que revitalizan mi fe en que en este país se construye buena literatura, una literatura exportable y que, sin ningún temor tercermundista, puede medirse y compararse en calidad con otras obras de otras latitudes.

Eso me ocurrió hace algunos años cuando leí una novela que había dejado abandonada porque, entre las dos opciones que me dio el profesor de español de octavo grado para leer, decidí inclinarme por Siervo Sin Tierra de Eduardo Caballero Calderón: era la novela con menos hojas; la otra, en aquel momento, se me pareció en volumen a La Sagrada Biblia.

Y esa otra era La Vorágine, de José Eustasio Rivera. Cuando la leí, entendí por qué en esos años de colegio la mayoría de mis compañeros habían elegido a Rivera y no a Caballero. Es una novela que me llenó de sorpresas gramaticales, de encuentros bien descritos de la selva y de realidades hermosamente narradas de los personajes. Fue un bello descubrimiento.

Así, entre los libros que saco al azar para leer, empecé a llevarme más sorpresas: Evelio Rosero y Los Ejércitos, Luis Miguel Rivas y su libro de cuentos ¿Nos vamos a ir como estamos pasando bueno?, Disfrázate como quieras de Ramón Illán Bacca, Mauricio Bonett y sus Cinco versiones de Adriano, Andrés Mauricio Muñoz y Un lugar para que rece Adela, Emma Reyes y las Memorias por correspondencia, Eduardo Arias y Germán Espinosa con dos de los mejores cuentos que he leído hasta el momento: El Billarista y La Orgía… y mientras miro la biblioteca buscando qué otros autores colombianos me han sorprendido de manera grata veo que hay nombres que debo empezar a leer: Fernando Cruz Kronfly es uno de ellos.

Pero la más reciente sorpresa que me he llevado, estuvo rondando mis ojos mucho tiempo cuando la veía exhibida en algunas librerías de Bogotá. La tomaba en mis manos y me decía que luego la compraría. Ese día llegó hace un mes cuando un vendedor ambulante entró a la Universidad en la que trabajo y expuso sus libros sobre una de las mesas de la cafetería. Mientras algunos colegas profesores compraron libros de Historia de Colombia, o libros de ciencia ficción de Asimov, yo me encontré de nuevo con esta novela y decidí comprarla. Espárragos para dos leones, de Alfredo Iriarte.

Lo primero que debo decir de esta novela es que es un homenaje al humor y a la sátira en su más alta categoría y calidad. La forma en que Iriarte, filólogo, ensayista, cuentista, novelista e historiador bogotano, narra la historia de un hombre que está a punto de ser Presidente de la República, pero que una decepción amorosa destruye su carrera y su vida. es de las mejores talladas en el lenguaje que he encontrado, pero a su vez una de las más sencillas que he leído. Y esa magia hecha palabras seguramente debe darse después de muchos años de trabajo.

Otro elemento muy especial de esta obra, al ser una oda a la sátira, es la construcción de los personajes y de los lugares donde ocurre la historia. Esta construcción inicia con un elemento fundamental: los nombres.

Amalasunta Ponce de Alfaneque y Manso de Jarama

Metrafasto Esparragoza

Trimegistro Esparragoza y Ponce de Alfaneque

Galeazzo Brutadonna- Malatesta

Brunilda von Stauffenberg Chiripatecua

República de Palumbia

San Antón de Tibzaquillo

París, se llama París…

Y ahora, como el principal atractivo, el buen uso del lenguaje. Por ejemplo, cuando el narrador describe un poco a Amalasunta, la futura esposa de Metrafasto, dice:

“… Por esos tiempos Amalasunta podía contar veinte años de edad o acaso menos, pero cualquiera le creería sin vacilar si confesara treinta, cincuenta, ochenta o cien. Sobre su contextura petrefacta resbalaba el tiempo como sobre los megalitos que asistirán impávidos al descarrilamiento final de las estrellas y los mundos.”

O cuando Galeazzo se encuentra en las playas de Mónaco, en Francia, a la exuberante Brunilda, novia del futuro Presidente  Trimegistro:

“Súbitamente ese denso silencio se vio extrañamente alterado por un sordo mugido de arrechera que empezó a levantarse y a crecer entre la nutrida hueste de hembras hasta ese instante adormecidas e indiferentes a toda cosa que acaeciera en su contorno. Era el lejano estruendo de la brama cósmica. Bien pronto se percibió la causa de tan repentina alteración. Era que a lo largo de la avenida formada por los dos interminables escuadrones femeninos que se alineaban a lo largo de la playa, se había echado a desfilar con andadura majestuosa de gran felino en cámara lenta un macho que parecía haber escapado de los talleres de Fidias o Praxiteles para irse a deambular por los litorales mediterráneos (…) De pronto, frenó en seco. Volvió la cabeza en todas las direcciones buscando el origen de la fragancia misteriosa que  se cruzaba en su camino deteniéndolo sin apelación posible y obligándolo a indagar perniciosamente. En cierto momento volvió a la izquierda y en ese punto se topó con la única hembra que, aún aletargada, había permanecido al margen del sismo cachondo que provocaba su presencia (…) No le vio el rostro que aún estaba cubierto por el enorme sombrero. Pero vio el resto y pensó que jamás en su larga trayectoria de sumo conquistador había estado frente a una arquitectura femenina de tal belleza y armonía. Entonces, como tomando posesión de algo que le pertenecía desde siempre, se plantó frente a ella; más aún, casi sobre ella, con los brazos en jarra y formando con las piernas un ángulo obtuso sobre los talones de la bellísima durmiente. El efecto buscado no tardó en producirse. Brunilda despertó, echó a un lado el sombrero, miró hacia arriba y en seguida comenzó a recorrer con la vista a aquel hombre sin par que la poseía con la mirada, con la presencia, con la sombra.”

Y sumado a todo ello, Alfredo Iriarte, fallecido en el 2002, pone, entre aquellas palabras tan bien logradas, fragmentos de canciones y de poemas que más que adornos dentro de la novela, sirven para darle intención y fuerza a las situaciones particulares que ocurren en la historia.

Espárragos para dos leones es una novela que debe ser usada como ejemplo dentro de los talleres de escritura, pues es una obra que reúne, a mi juicio, muchos, por no decir todos, los artilugios que hay en la literatura para convertir un texto en una bella obra maestra.

¡Recomendada!

Por lo pronto, me despojaré de las letras en esta navidad. Tal vez lo único que lea por estos días será la novena de aguinaldos al frente del pesebre con mi familia y mis amigos, y con una cerveza en la mano.

jerogarciar

Literatura, docencia y salsa, las pasiones de mi vida...

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