Imperio

Imagen: Jaime Villaseca

 

En la calle donde vivo, que no es una calle vehicular sino un camino peatonal junto a un parque tan verde de día como negro de noche, vive un hombre que a diario sale a tomar el sol sin protección alguna para su piel. Un pecador, como dirían los legionarios de la salud que cada tanto pasan en campaña de evangelización puerta a puerta vendiendo toda clase de mejunjes y vitaminas para que la naturaleza no haga su trabajo tan rápido. Sale en ropa de baño y busca el claro más expuesto al astro para tenderse como si fuera un camarón en vacaciones y, además, a eso de la medianoche, el hombre sale con un libro, una silla plástica y un cigarrillo recién encendido, y se sienta muy campante en medio de la oscuridad, bajo el viejo durazno y retoma la lectura dondequiera que haya sido dejada sin marca páginas alguno. El hombre es algo así como una piedra que va contra la corriente, casi como un salmón con deseos de apararse, pero sin tanto instinto de conservación. Y a medida que he ido conociendo sus rutinas se me ha ido convirtiendo en un vicio y casi un fetiche salir a hurtadillas a espiar lo que lee y si de verdad lo hace bajo esa bruma tan oscura que apenas deja ver el rojo del cigarrillo como si se tratara de una luciérnaga huérfana o abandonada. No sé si está inscrito en una especie de entrenamiento, como las parejas japonesas que todavía no procrean y compran robots que simulan ser bebés para alentarles o desanimarles por completo de la tarea titánica de limpiar fluidos mecánicos y acallar ruidos de fallas hidráulicas, y ni qué decir de los desechos biológicos, de los que se encarga una empresa especializada para no contaminar el medio ambiente dos veces al día. O quizá lo hace para que personas obsesivas como yo, que no me protejo del frío sino cuando hace calor o que leo libros aunque no los tenga en las manos, lo imitemos y hagamos parte de su religión, llámese como se llame. Y es que así es que ha funcionado el mundo desde siempre y para siempre, cuando alguien hace algo sin poder explicarlo y explicárselo, y luego otro, más otros, resultan actuando sin explicar por qué o para qué hacen lo que hacen o dejan de hacer lo que al parecer no hacen. O si no, quién explica lo que sucede en Coober Pedy, en Australia, donde las personas viven bajo tierra, sin que esto les afecte el metabolismo ni el mecanismo que hace que sonrían sin poderlo controlar, además del tono de sus mejillas mientras son niños o el color blanco en la cabeza tras la jubilación.

Estos hombres, tanto los que hacen algo sin miedo, como los que no hacen algo con valor, son los culpables de que el mundo siga su curso a lo largo del universo, sobre todo cuando casi todos duermen, o casi todos están bajo el sol, o casi todos no están leyendo. Y también, porque todo hay que decirlo, son los héroes anónimos que necesita el mundo, porque son los que se encargan de acabar con los cigarrillos todavía apagados y los libros pendientes, y sobre todo los que hacen que, por ejemplo, las luciérnagas no se sientan tan solas como realmente están cuando descubren que, como dijo Borges, son un imperio que se apaga y que se enciende por el efecto de los pulmones libres de alguien que vive en un parque verde y negro a la vez.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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