Inventar genealogías: Primera lectura de Robert Walser *

«A. se sienta en la mesa para traducir el libro de otro hombre, y es como si entrara en la soledad de ese hombre y la hiciera propia»

─ Paul Auster


Hace 60 años, el 25 de diciembre de 1956, murió Robert Walser en un bosque helado, sepultado por la nieve, cerca del hospital psiquiátrico de Herisau, en Suiza, donde lo dejaban residir a pesar de su pasmosa lucidez (un poco quebrada por su continente nervioso, sin duda), habiendo renunciado durante casi treinta años a publicar cualquier escrito, dedicado a garrapatear pasajes inconclusos en pequeños trozos de papel, en una letra minúscula escrita a lápiz, con la esperanza de que el grafito eventualmente se borrara y no quedara sobre la tierra testimonio alguno de esos “microgramas”, como se les dio en llamar, y que afortunadamente ─asemejando el caso de Kafka─ fueron rescatados por un albacea con ciertas nociones de mercadeo y publicidad; murió en medio de una de esas caminatas largas que ensalzó siempre en su literatura, y esa muerte, discreta y leve, tan poética, no deja de parecerle a uno un acto estético premeditado, e incluso hasta sospechoso ─con todo y que Walser murió por causas naturales─, máxime cuando el mismo autor parecía prefigurar su propia muerte en una de sus novelas (El paseo), escrita casi cuarenta años antes, como calcando las fotos que le tomarían después de muerto, tumbado en la nieve, con una expresión plácida en todo su cuerpo y con su sombrero, su amado sombrero, a pocos centímetros de su mano extendida:

«Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. ¡Ah, si se pudiera sentir y gozar de la Muerte en la Muerte! Quizá es así. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizá oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía».

Eso escribía Robert Walser en 1917 y eso mismo practicaba el 25 de diciembre de 1956, demostrando que la literatura es, ante todo, una ética. Con motivo de esta fecha (los decenios, con esos ceros redondos, son siempre provocadores) quiero hablar de mi relación lectora con Walser, sobre la primera vez que me acerqué a su obra y, especialmente, sobre la manera en que uno emparenta caprichosamente a los autores que ama. Quisiera hablar acerca de la literatura de Walser, de la poética walseriana, de la primera novela que leí de él: Jakob von Gunten, y también de todo lo demás que he podido leer de él durante estos años. Quisiera hablar de todo esto, pero hay dos problemas: el primero es que no podría ser objetivo con la obra de Robert Walser, porque para mí es entrañable y casi no consiento nada con ella; el segundo problema es que no entiendo a Walser, su literatura me sobrepasa. Así, pues, sólo puedo hablar de lo que me pasa con él cuando lo leo, de mi relación con él, con su obra, de una cosa que tiene que ver más con afectos que con saberes…

* * *

La primera vez que oí hablar de Robert Walser, y en particular de su novela, Jakob von Gunten (1909), o al menos la primera que puedo recordar, fue hace seis o siete años en una clase maestra sobre dramaturgia y literatura, impartida por un reconocido director de teatro que, en un acto desesperado por completar tres horas de contenido, se dedicó a leer las primeras dos páginas de la novela y, luego, a reproducir los primeros diez minutos de la genial adaptación cinematográfica que de ella hicieran los hermanos Quay en 1995. La mención a Walser, ciertamente, era algo que no parecía tener mucho que ver con nada de lo que el conferencista había dicho durante su disertación ─por lo demás confusa, errática, enigmática─ y, sin embargo, al llegar a mis oídos aquellas primeras líneas (“Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada…”), yo no podía dejar de relacionar lo que escuchaba con uno de los libros que por esos días estaba leyendo, y que sigo hojeando cada tanto: los Diarios de Robert Musil. No sé por qué, en ese momento, recuerdo que terminé por formarme la idea ─del todo infundada, por supuesto─ de que, de una manera extraña, ese tal Robert Walser, autor del que sólo conocía un párrafo, bien podía ser una especie de gemelo malvado de mi querido Robert Musil.

Por lo demás, los primeros diez minutos de la película de los Quay terminaron por crearme una atmósfera: la idea vaga de un universo literario en el que me parecía que podría querer habitar, un universo gris y vital del que me estaba haciendo una idea y en el que, intuía, habitaban tanto Walser como Musil, y donde debían esconderse ─en habitaciones angostas, húmedas y mal iluminadas; en claros desolados de bosques fríos; en caminitos de tierra por los que se transita con zapatos lustrosos, camisas, sacos y sombreros de fieltro─ autores alucinantes, y que lo mejor era empezar a dirigir mis esfuerzos de lectura hacia esas fronteras… Sin embargo, confieso que soy perezoso y de impulsos estériles, por lo que no demoré mucho en olvidar esa impresión, la intuición de ese universo, y la breve referencia a Robert Walser en aquella soporífera conferencia.

Entonces, meses después, comenzó mi obsesión por Enrique Vila-Matas, al que comencé a leer como un movimiento natural de otra obsesión, aún más grande, por la obra de Roberto Bolaño, y en buena parte porque, sin motivo aparente, comencé a hacerme a la idea de que ambos, Bolaño y Vila-Matas, eran también como gemelos malvados, que se reflejaban uno a otro como espejos siniestros, igual que Musil y Walser –aunque yo no había leído todavía a Walser, así como tampoco había leído a Vila-Matas. A este último llegué por otra vía: buscando en internet cosas sobre Bolaño me encontré con un texto corto: “Bolaño en la distancia”, escrito por el mismo Vila-Matas, en el que aseguraba que el autor de Los detectives salvajes y 2666 era, probablemente, el escritor que más se parecía a él, y viceversa: que él era el escritor que más se parecía a Bolaño. No había más qué decir, entonces: tenía que abocarme cuanto antes a la lectura del autor catalán; era, pues, un movimiento natural, una consecuencia predecible de mi inexplicable obsesión por Roberto Bolaño.

Para ese momento yo ya me había olvidado casi por completo de que quería leer a Robert Walser, y de hecho había abandonado también, transitoriamente, la lectura de los Diarios de Musil. Sólo recordé a esos autores cuando empecé a leer Bartleby y compañía, novela genial de Vila-Matas en la que aborda el tema de los escritores célebres y no tan célebres que renunciaron a escribir, que asumieron el mutismo como el último gesto poético imaginable, y en la que se refiere a la obra de Walser afirmando que “comenta la vanidad de toda empresa, la vanidad de la vida misma”, y observando, además, que “más que horrible, la fama y las vanidades mundanas eran, para él, completamente absurdas. Y lo eran porque la fama, por ejemplo, parece dar por sentado que hay una relación de propiedad entre un hombre y un texto que lleva una existencia sobre la que ese pálido nombre ya no puede seguramente influir”.

Luego, leyendo un apartado en una colección de ensayos de Vila-Matas, me enteré de que el autor catalán contaba en su casa con una biblioteca secreta en un cuartico oscuro (y seguramente húmedo y angosto) donde albergaba sus libros favoritos, entre los que se encontraba, en un lugar privilegiado, una copia de Jakob von Gunten, y que para él no existía un libro más fascinante que ése. Sin duda, leer todo esto me hizo volver a desear leer a Walser, por fin, y tal vez con mucha más fuerza que cuando escuché esas primeras líneas de la novela en esa conferencia sobre dramaturgia que nada parecía tener que ver con ese universo literario sombrío y vital donde los autores escriben para aniquilarse, incluso a su pesar; para ser, como dice el joven Jakob, “un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola”.

En fin: para ese entonces yo sentí que se afincaba en mí, cada vez más, y sin motivo aparente, la idea de que Walser y Musil, y Bolaño y Vila-Matas, ocupaban cada uno una rama de un mismo árbol genealógico, que eran como parejas de hermanos gemelos, como siameses que terminaban cada uno las frases del otro y que, al mismo tiempo, luchaban por aniquilarse mutuamente. La refrendación de esta intuición vino de la literatura misma, y de la belleza que proviene del azar, pues en la pila de libros por leer que tenía en ese momento en mi escritorio se encontraba El mal de Montano, otra novela de Vila-Matas que continúa la saga metaliteraria de Bartleby; hojeándola, encontré pasajes como el que sigue:

Musil entra, le das la mano.
─Me llamo Robert Walser ─dices─ y quisiera que se olvidara del termo, le invito a un buen café.
─Preferiría algo sólido, un buen bistec, por ejemplo ─te dice Musil─. ¿Así que usted se llama Robert Walser, igual que el escritor? No deja de ser curioso. Además, ¿sabe que hasta se parece a él? Aunque, a decir verdad, con un toque a lo Drácula.
Como es Musil, le permites la simpática pulla, pero le preguntas por qué va vestido de esa forma tan horrenda, por qué va disfrazado de obrero metalúrgico.

Pura casualidad. Maneras que uno tiene de justificarse. En el fondo, soy consciente de que en realidad no existen estas filiaciones, que son artificios literarios que encuentran la manera de enlazar lúdicamente lo que es profundamente irreconciliable, y que, cuando mucho, la idea de un árbol genealógico que establece vínculos entre parejas de autores no es más que la manera que tengo de relacionarme con mi propia biografía de lector, de conferir sentido a una entreverada ruta por el mundo de los libros que no tiene el más mínimo sentido, que salta de un autor a otro sin la menor disciplina y reflexión, y que inventa, luego, los más inexplicables lazos filiales entre ellos, intentando, desesperadamente, justificar su indisciplina y total incoherencia, su “cultura sin disciplina”, como la llama Vila-Matas en El viaje vertical.

* * *

Quería hablar sobre Walser, sobre esa obra apabullante, hermosa y melancólica que es Jakob von Gunten, pero confieso que no he podido, aún, formarme una opinión clara sobre ella. Sólo puedo decir que recuerdo con bastante claridad la forma en que su lectura me afectó profundamente cuando la asumí por primera vez, y cada vez que vuelvo a ella desde entonces; que cuando terminé de leerla me temblaban las manos; que a mí también me gustaría, ahora, llegar a ser un perfecto y redondo cero a la izquierda; y que, así no exista realmente, bien vale la pena elaborar paisajes mentales donde dan paseos walserianos una serie de autores entrañables y misteriosos.

Jakob von Gunten es un libro maravilloso, y creo que nunca lo voy a entender. Jakob se pasa toda la novela afirmando que se ha ido convirtiendo en un enigma para sí mismo; así, pues, ¿qué se puede esperar de mí, entonces, si me empeño en entenderlo? Nada, que me estrelle y me pierda, como dice él mismo: “Y si yo me estrellase y perdiese, ¿qué se rompería y perdería? Un cero. Yo, individuo aislado, no soy más que un cero a la izquierda. Y ahora al traste con la pluma. ¡Al traste con las ideas! Me voy al desierto con Herr Benjamenta”.


* Nota:

Hace exactamente un año comencé a colaborar en el portal de Literariedad, con cierta inconstancia pero con mucho cariño, y fue precisamente una versión anterior de este texto la primera cosa que compartí. La razón por la cual vuelvo a colgarlo es que ha sido revisado y corregido para entrar a formar parte del primer número impreso de la revista ─motivo de inmensa alegría para cualquiera que conozca o tenga que ver algo con este proyecto─ y sus responsables decidieron dedicarlo a la memoria de Walser con motivo de los 60 años de su partida, convirtiendo así este articulito en el corazón discreto de una publicación entrañable elaborada por la Editorial Ataraxia; honor inmerecido teniendo en cuenta la talla de los autores que colaboran en la edición. A Literariedad, larga vida y gracias mil. ¡Que sean muchas las ediciones de aquí en adelante!

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César David Salazar Jiménez

Treintañero. Nací en Bogotá pero soy pereirano; estudié Sociología pero hago teatro. Me resulta curioso cuando la gente habla de sí misma en tercera persona, pero me encanta Pascal cuando afirma que «el YO es detestable».

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