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Imagen: David Santaolalla

Una frase que se repite por estos días más que la producción de pan caliente es que el año dos mil dieciséis fue horrible, profano y que acabó con un montón de cosas y personas queridas por quienes repiten, con sus respectivas variaciones y aberraciones, algo que ya está a punto de ser declarada patrimonio de la humanidad tan agobiada y doliente. Esto resume la maldición de este año que termina y nuestra fragilidad ante un par de problemas o una manada de ellos y, perdón por ser quien lo dice, no es más que la predicción de lo que viene. Así que estas palabras son, apenas, un amable aviso para que el dos mil diecisiete, o el futuro, para no ir tan lejos, nos coja confesados o leídos.

Y es que basta con asomarse un poco a la calle, o a Internet, para enterarnos de cosas inimaginables, como que ya existe algo así como un Photoshop de audio que hace que nuestra voz pronuncie palabras que nunca hemos dicho, o mejor, que las use en frases que no hemos dicho porque, como bien lo dijo el sabio aquel: todas las palabras que dices son todas las que has dicho; o esa revista que ha sido enteramente confeccionada por una Inteligencia Artificial, una de tantas de las que hacen de todo, como componer piezas que el mismísimo Bach envidiaría, y todo lo demás que hace y ya ha hecho: escribir poemas, novelas, redactar titulares de periódicos, realizar intervenciones quirúrgicas de alto grado de complejidad, desarrollar guiones para televisión, armar rompecabezas de miles de piezas, solucionar todos los cubos Rubik posibles, enamorar a un hombre y hasta enamorarse de su creador, para no hablar de todo lo que hará, por pudor y respeto a los que les queda mucho por vivir, pero sobre todo a los que les queda poco, muy poco; o ese robot que fuma como prostituta encarcelada, o como preso en patio de descanso, para investigar enfermedades pulmonares y así dejar de utilizar, por fin, mamíferos que no tienen voz para defenderse, pero sobre todo seres vivos, y aquí hay que hacer un paréntesis para agradecer si un día usan los robots para probar malos libros antes de ser publicados y no se sacrifica a lectores entusiastas que terminan en un basurero de novedades que nadie debería leer jamás; o los ladrillos de bacterias, que son la supuesta solución arquitectónica para la futura y cada vez más segura vida en Marte y, por supuesto, en otros planetas, guardando las proporciones de tiempo y las de capacidad de destrucción; o la mochila con propulsión que permite volar, bien sea al trabajo o a la escuela, o a cualquier lugar menos a donde deberíamos ir; o la compañía japonesa que vende esposas perfectas, en forma de holograma, a solteros aburridos con su vida y con su dinero; o los hombres que construyen glaciares artificiales para que ni El Himalaya ni el mundo se mueran de sed; o el virus aquel que secuestra nuestros ordenadores y sólo los libera si infectamos a nuestros contactos, por no nombrar a los que son capaces hasta de dejar sin luz a toda una ciudad o a convertir nuestras mascotas en animales salvajes, algo parecido a lo que hacen alguno enfermos terminales sueltos por ahí, infectando a quienes se encuentren, pero con mayor alcance porque, como también nos ha dicho el futuro, de nuestro ordenadores salen las grandes ideas de los grandes gobernantes para gobernarnos con grandeza; o los electrodos que consiguen que la comida que no existe tenga sabor, aunque, si me lo preguntaran, preferiría que le dieran sabor a la que sí, para que los que jamás la han probado vivan ese placer, pero quién soy yo para meterme con la ciencia, que es la madre de todos los vicios; o los hackers que hacen que los cajeros expulsen billetes cuando necesitan, aunque en realidad el dinero nunca se necesite, entonces deberíamos decir que los cajeros expulsan billetes cuando los hacker quieren; o, finalmente y para no extenderme hasta el infinito, los videojuegos en los que no ocurre nada y de los que, cada vez con mayor popularidad, no para de hablarse en las reuniones de expertos en hacer nada, a lo mejor para que se parezcan cada vez más a la vida.

Todo eso sucede y sucederá en el futuro, aunque más, por supuesto, hasta que se muera Nicanor Parra. Ay, el día que él se muera será el Apocalipsis, y no creo poder resistirlo, pero al día siguiente será el Génesis, como siempre ha sido y como siempre será, y nada será tan difícil porque todavía no sucede, así que tendré que resistirlo, también, de la misma manera que, sin importarme nada, leo poesía todos los días de mi vida, que son el primero, y el último.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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