Oficio

Imagen: Oiluj Samall Ze.

Ya perdí la cuenta de las veces que me convertí en otro, o en algo, en otra cosa, sin poder hacer más que comportarme como tal y no como yo quisiera o pudiera porque, como bien deben de saber ustedes, aquello sucede en cualquier momento, en cualquier lugar y por cuanto tiempo se le antoje. El don de la posesión que padezco, o gozo, no lo sé, sucede sin control, por lo menos de mi parte. He pasado por tantos posibles cuerpos y formas desde que recuerdo que ya no sé si hayan muchos otros para habitarlos, desde un rechoncho congresista colombiano que duerme casi toda la jornada de trabajo hasta una hormiga hambrienta que sin éxito rodea cinco mil veces una montaña de azúcar empacada y se retira más hambrienta y débil de lo que llegó, entre otros, como cuando fui un diccionario recién lanzado al mercado y casi nadie me miraba hasta que me compró el padre de una niña de diez años que, de repente, empezó a sentir la necesidad de aprender palabras nuevas, o cuando goberné nada más ni nada menos que los Estados Unidos de América por una noche, con discurso televisado incluido, o la vez que fui el Chavo del ocho en pleno rodaje y tuve que contener las lágrimas para no llorar de felicidad, o cuando firmé unos libros de Saramago porque era él poseído por un simple lector con caligrafía de mal estudiante. He sido agua, fuego, tierra y viento, y carne. En fin, decía que ya perdí la cuenta pero que a partir de la próxima vez comenzaré una nueva, desde cero, como si todas las demás no hubieran sucedido. No quiero que mi biógrafo se confunda con tanto ir y venir de carne y materia orgánica e inorgánica y se enloquezca escribiendo lo que los demás creen que ocurrió. Y todo esto lo digo porque en lo que va corrido del año, más de medio mes, no he dejado de ser el que soy, y porque de alguna manera me hace falta. No sé por qué, pero me da la sensación de que me falta empezar el año, de que no soy yo, o algo parecido, si es que no ser uno mismo o ser otro tiene algo que se le asemeje. Espero que no llegue febrero, o la muerte, porque nunca se sabe, sin haber sido, por lo menos, el lápiz con el que escribo esto o la flor marchita que amenaza con caer sobre la mesa inmarcesible. Ojalá las magas de la materia no me olviden porque, desde siempre, habitar lo ajeno me ha dado para escribir y para aguantar la vida, algo así como un trabajo te da para vivir, pero funcionando a la inversa, es gracias al don de la posesión que escribo y es gracias a escribir que vivo, así como es gracias a la vida que vivo. Así como también espero que no sea un augurio de que lo que escribo empezará convertirse en mi trabajo, o, peor aún, en mi fuente de ingresos y de sustento. Ya me basta con esta carga para ponerme otra más pesada encima. Con que me suceda de vez en cuando estaría bien, creo. Ser uno mismo dentro de otro, o ser otra cosa cubriéndome completamente, como lo dice un amigo, no es tan fácil como ir a la iglesia una vez a la semana que se te quita con solo salir, o como cuando leemos un libro malo que se nos va de la cabeza con solo leer luego uno bueno.

Ahora que lo pienso, y perdonen lo tarde, y lo retardado y retrasado, nunca he dejado de ser yo. Otra cosa bien diferente es que no tengo la menor idea de lo que soy, eso sí, y que tal vez es por eso que resulto siendo lo que no creo que soy, porque a lo mejor es siendo otro que uno se entera de lo que no es. O como diría mi bisabuelo: no se preocupe por ser que eso termina por suceder.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.