Regateando

Imagen: _Malegría.

A la velocidad que va este mundo hacia su fin no es fácil percibir un cambio de dirección o de intención. Hablo de lo que hacemos, pensamos o decimos y no del viaje suicida del planeta tierra, que transita a través del universo a velocidades imposibles para nosotros, los que trabajamos con las letras, que no nos caben en la cabeza a la primera si nos las muestran en forma de número. Porque todo lo que sale de nosotros, por cualquiera de los sentidos, cambia el mundo. Alguna vez dije que el mundo es lo que está al alcance de nuestros sentidos y que cambiando eso, cualquier cosa a la que ellos pudieran alcanzar, por pequeña que fuera, cambiábamos el mundo y lo que él sostenía sobre sí. Porque todo lo que hacemos cambia al mundo sin que lo sepamos y, quizás, el rumbo de este, hacia donde sea que vaya a lo largo del cosmos. Como le sucedió a un grupo de judíos en Texas, que no supieron todo lo que había hecho con tan poco, porque sin pensárselo tanto le prestó su sinagoga a una comunidad de musulmanes luego de que a estos se les quemara su mezquita. O al astronauta estadounidense Kelly que, tras permanecer un año en el espacio, sufrió cambios en su cuerpo que lo diferencian de los demás humanos, los que pasamos ese mismo año acá en la tierra, y uno de los más insólitos es que aumentó la longitud de sus telómeros (los extremos de los cromosomas, según me enteré cuando vi esa palabra horrorosa) y, a pesar de que luego volvieron a su tamaño habitual, muy poco después de su regreso, el efecto ha impactado a los científicos, como ahora nos impresiona a los lectores, también al astronauta y a el resto de su humanidad, por ejemplo a sus músculos, que, al no tener peso todo ese tiempo, dejaron de ejercitarse y acabaron encogiéndose. Así que, si usted quiere que algo cambie, lo más seguro es que tenga que cambiar sin querer, negociar con la vida, digamos. Si quiere cambiar ahora mismo de palabra, por decir algo, tendrá que hacerlo a través de otra, así esta sea la palabra silencio.

Pues algo así le sucedió a la señora que se sentó junto a mí en la banca del parque esta mañana. Yo esperaba a alguien, leyendo mientras tanto, por supuesto, y ella lo hacía orando con la camándula entre sus dedos. Los dos estuvimos en silencio un rato hasta que ella terminó su santo rosario, un misterio doloroso que no recuerdo, y yo el capítulo, un monólogo que no quiero recordar. Tan pronto se santiguó, le pregunté por su santo preferido y me respondió mi nombre. Acto seguido, ante mi estupefacción, sacó de su vademécum una estampa con mi imagen y, como si esto no fuera poco, me enseño la oración propia, mi oración, en la parte trasera. No la desmentí sino que la tomé y la leí pensando en que sólo a un gran creador se le ocurre inventarse un santo que todavía sigue vivo y que, además, tiene muy poco de santo. Me consoló que estaba escrita en forma de poema malo, lo que sí la hacía ver genuina. No le pregunté de dónde había salido aquello ni si se trataba de una pesadilla o si venía de parte de dios o de parte del diablo, pero le propuse concederle un milagro personalizado mientras llegaba la persona que vendría a verme, eso sí, sin que pudiera contárselo a nadie. Sin pensárselo mucho, me pidió el secreto de la eterna juventud. Cuando se lo di, justo al terminar, llegó la persona que venía por mí. Y tu libro, me preguntó, tú siempre llevas un libro encima. Lo entregué, le respondo sorprendido de que ella no me hubiera pedido la paz mundial.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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