El amor del pan

Ilustración de Andrea Agudelo. Cortesía de El Dibujadero.

Por Irina Ráfols.*

 

Todo empezó a faltar. El desgano tomó terreno y uno a uno los habitantes dejaron de hacer las cosas de siempre, por un motivo o por otro. Eso fue terrible para el pueblito de tradición panadera que vivía solo del trigo, único fruto que prendía en aquel rincón de la tierra.

Las cosas se aceleraron hasta que quedó el último pan. Un pancito diminuto que entraba en la palma de la mano. De la mano del pobre desapareció mucho antes que de la mano del rico. El rico lo sirvió en bandeja de plata.

Aquella mañana cuando se sentó la familia a desayunar se olvidó del ceremonial de siempre y se lo quedaron mirando. Uno a uno fue quedando en silencio. Entonces, la esposa fina, rectísima en la silla derecha, miró al pan y miró al marido pasadito de kilos y le pareció que ahora sin el pan, su marido se hacía más masa, masa estrepitosamente leudante con tricota de lana sobre la silla de la cabecera. Y la hermana mayor miró al pan y supo lo insoportable que sería ahora el hermano sin la merienda; y el hermano miró al pan, y pellizcó a la hermanita menor con deliberado malestar; y el padre gordo y crudo, sobrado de carnes en la silla de la cabecera, miró al pan y miró al gato. Y el gato supo que se quedaría sin ese pedacito de miga que a escondidas le echaba su dueño gordo cuando estaban solos. El pancito creció tanto en la mente de todos, prodigó tantos recuerdos, evocaciones, nostalgias, amores, complicidades, que de pronto se inundaron las bocas de deseo, un fervoroso deseo que despertó hambriento. Y sucedió lo inesperado. Todos se tiraron sobre el pobrecito pan, humilde pan sin voz ni voto, inocente pan, terriblemente acechado por manos desesperadas, manoseado, arañado, violentado pan.

Sentirse de golpe tan deseado hizo nacer en él una súbita consciencia. La familia, absorta en el rugido bestial del ansia por devorarlo, salta a la mesa, codo contra codo, mano contra mano, y el pan que se resbala, que sigue el viaje propinado por un manotazo y abandona para siempre la bandeja de plata, y cae de la ventana de un segundo piso, y en esa caída, que dura segundos —pero que en el ciclo del pan es toda una vida—, el asombro del pan se transustancia, se vuelve un ojo enorme dorado que golpea el suelo de piedra, y ve, lo que nunca antes ve: la tierra, las raíces secas y pisoteadas del trigo, y no sabe por qué—¿cómo podría saberlo?— se le hace un nudo en alguna parte, y llora, como que adivina el origen ancestral que lo ata al trigo. Y de pronto en esa carrera extraña de la existencia en que todos corremos persiguiendo algo que todavía no conocemos, una mano sucia lo alza en vilo y se echa a correr al monte. Es un muchacho que ya no tiene trabajo, porque antes segaba el trigo y ya no tiene que segar. Y cuando está por meter en la boca ese manjar caído del cielo, ve que una muchachita lo mira.

Se queda perplejo con el pan detenido cerca de la boca, no por la mano, sino por un latido del corazón. Ella no habla. Se sienta a mirar extasiada una escena de placer ajeno. Era la historia de un pan imposible, un pan por encima de ella, pobre muchacha descalza de pelo suelto, sonrisa sin un diente y cara sucia. Los ojos se le volvieron espigas de la mirada tan larga que le dio al pan a punto de entrar en la boca del otro. Y fue un gesto. Un solo gesto el que cambió el rumbo del ciclo de la vida. Un gesto involuntario de la mano que ahora ofrece el pan. El pan que se acerca a la boca sin un diente, que se acerca a la muchacha azorada de pelo suelto, de cara sucia, y las manos de ella que no pueden sino abrazar aquel pancito querido, los ojos que se le juntan para verlo llegar a su propia boca, la boca hecha agua, y entonces el sabor… ah, el sabor, el sabor… el pan que ofrece su último perfume de levadura buena, su corteza semicrujiente y el corazón de miga blanda, esponjosa, artesanía feliz del alfarero de la masa, y es, ahora mismo, en este instante, que la alegría crece en el corazón de la muchacha, y el muchacho, ah, no puede más que sonreír, y el pan desaparece, el último pan, el último pan de la especie del género del pan.

Pero en cambio, la alegría crece como encantamiento, y las sonrisas repican como campanas de boca en boca. Y pasa que se ríen tan fuerte que la gente empieza a salir de sus casas para ver quiénes son los atrevidos esos, capaces de reírse en medio de tanta desolación. Y la alegría del bien, de la panza llena, del corazón que recibe la generosidad de otro, obra sus propios prodigios. Bueno, bueno, estos dos están de amores, dice la gente al verlos. Y el niño que sale corriendo detrás del padre que sale a ver, lo mira sonriendo y se calma; y la abuela que sale a colgar la ropa se consuela de que, al menos afuera, se respira bien; y el viejo campesino siente una vibración en las manos y no sabe por qué ahora tiene tantas ganas de agarrar la azada, y, sin pensarlo dos veces, se va canturreando bajito, bajito, hasta la chacra abandonada, y clava la azada en la tierra seca, no importa, dice, me sirve como ejercicio, y la vuelve a clavar una y otra vez, una y otra vez, pero entonces, llega la esposa con la espiguita seca y aplastada que hace de señalero en un libro. Se la muestra. ¿Sos boba? Le dice con la mirada, porque no le habla. Y la mujer sonríe, la desgrana frotándola entre las manos y la echa al surco. ¡Puede crecer!, le dice con los ojos juguetones, porque tampoco le habla. Y en ese mismo momento, los demás se llenan de unas copiosas ganas de hacer esto y aquello, ayudando a los otros. Leña los leñeros, leche los lecheros, acarrean agua los aguateros, los amantes hacen el amor con ilusión, y entonces llueve.

No te voy a decir que al día siguiente las espigas habían crecido hasta el cielo, porque no sé. Lo que sí sé es que, durante un tiempo, el pueblito trabajó a la par, como movido por un resorte de ver al otro trabajando alegremente. Y un buen día salió la espiga. La hicieron salir. La obligaron a ponerse de pie. La ayudaron a desplegar los brazos, a ser risa en los granos y espumón de flores en el vaivén del viento. Y el pan, el pan ansiado, el pan querido, volvió a ser fuente de amor para las manos y alimento compartido por todos, bálsamo para los arduos días de trabajo, para el campesino hambriento, para el hombre resuelto, para la mujer soñadora.


*Irina Ráfols. Nació en Montevideo, Uruguay, radicada en Paraguay desde hace varios años. Es escritora, licenciada en Letras y profesora de literatura. Dirige la Escuela de Escritores, en el Centro Cultural El Lector. Publica poemas, cuentos, novelas; ensayos y artículos sobre crítica literaria.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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