Gusano

Ilustración de Mariana. Cortesía de El Dibujadero.

 

Por Sebastian Ocampos.*

Me lo presentaron así: Él es Gusano. Al contrario de los demás cubanos a quienes hace tiempo también se les llamaba gusano por ser contrarrevolucionarios, él nos contó que se le dio ese apelativo desde niño por su insignificancia física y porque a mi papá se le había acusado de ser un infiltrado de la CIA en Cuba, algo completamente descabellado que sólo puede suceder en esa isla donde todo está politizado: si dices algo o callas, eso es político; si haces o ni siquiera te importa hacer algo, eso es político. El absurdo llega al punto de que incluso lo que piensas es político. Que les esté contando esto, por ejemplo, es un acto político. Gusano hablaba y hablaba y, si nadie lo interrumpía, se prolongaba hasta que culminaba el día e iniciaba el siguiente. Su lengua carecía de freno como si la boca y la garganta nunca se le secaran por más de que no estuviese bebiendo nada. Yo lo escuchaba conociendo la realidad de su país sólo por lo que leía de diferentes escritores. Sin embargo, cuando alguien quería confrontarlo acerca de lo que se explayaba en su monólogo, él lo eludía. Si quien le buscaba la vuelta tildaba al gobierno de los Castro como una dictadura o tiranía, él contaba lo que le desagradaba y los problemas que tenían a diario los ciudadanos sumidos en la pobreza; pero si quien le hablaba era un adepto de las políticas socialistas de la isla, se mostraba de acuerdo y agradecido por los beneficios en nutrición, salud y educación, por los avances humanos y humanitarios de la revolución de mi país. En ninguno de los encuentros que compartimos con gente amiga lo vi metido en una confrontación. Y si percibía que alguno estaba dispuesto a meterlo a toda costa en un ring de golpes ideológicos y políticos, él lo esquivaba declamando un poema, un relato o una canción. Era asombroso escucharlo. Su dominio de la lengua castellana, con sus vocablos, tonos y ritmo caribeños que hacen danzar las neuronas, era inusual entre nosotros. La elocuencia era el resultado de décadas de lectura literaria y oratoria popular. Se convirtió en un trovador, un payador, debido a su fracaso en la escritura, y por eso, por mi insignificancia literaria, se me marcó aún más, como si fuera con un hierro candente, la identidad de Gusano. En mi pueblo —cuyo nombre dijo y no recuerdo— ser trovador es ser un ciudadano más, uno más del montón. Yo cuento con la palabra como único instrumento. Los demás paisanos tienen guitarras. En una ocasión, Fidel llevó a un presidente de Nigeria a mi pueblo para que lo enorgulleciéramos con los contrapunteos que se daban entre los más versados en el canto improvisado. Gusano dijo que así se ganaba unos pesos de los turistas, pesos que se le acabaron muy pronto en Asunción. Su viaje había sido repentino, sin cumplir los requisitos exigidos por su gobierno. En Cuba había conocido a un funcionario del Estado paraguayo que había ido en busca de un tratamiento de salud. Gusano vio la oportunidad en él y no la desaprovechó: se le presentó como pintor y le pidió el favor de que, cuando regresara al Paraguay, le enviara una carta de invitación para que pudiera venir a nuestro país a exponer sus pinturas. Su facilidad de persuasión y la ignorancia del funcionario lograron que el paraguayo le creyera pintor aunque no contase con referencias ni cuadros que lo probasen. Cuando recibió la carta, recogió sus cuadros abandonados —de su época de estudiante en la Academia Nacional de Bellas Artes— y los de uno de sus amigos pintores y tomó un vuelo apenas pudo. Aquí, en la Embajada cubana, se las ingenió para poner en regla la informalidad de su travesía y expuso en el Cabildo, con una prácticamente nula repercusión artística y mediática. Su estilo en la pintura era naif en su momento y sus cuadros eran de principiante, al igual que los de su amigo pintor, pero exponer acá hizo que se sintiera en el escalón de pintor, de artista, y en sus charlas con el escaso público recomendaba a los pintores que se deshicieran de los libros de arte, de todo conocimiento previo para crear libres, sin tradición, consejo que nadie llevó a cabo entre mis amigos dedicados a las artes plásticas. Tras la nula venta de los cuadros quiso hacerse de guaraníes vendiendo lo que trajo consigo de la isla. En una tarde me ofreció un billete de la época en que Guevara era el presidente del Banco Nacional de Cuba; en otra, lo vi ofertando una medalla recibida de manos del propio Fidel, por mi invalorable aporte al ejército cubano que había ido a apoyar la revolución de un hermano país africano —cuyo nombre dijo y tampoco recuerdo—. Por supuesto, nadie se puso a investigar si algo de lo que decía era cierto. Nosotros lo escuchábamos sin la menor intención de juzgarlo. El dinero se le negaba. Vivía de la solidaridad de los amigos, yendo de una casa a otra cuando notaba que su presencia sólo era bienvenida durante un par de días. Le recomendamos que le sacara jugo a su destreza con la palabra, con la poesía oral, y como no tenía otra posibilidad se dedicó a exprimirse a sí mismo. Pidió prestado libros de poetas paraguayos y memorizó en un par de lecturas poemas de Ortiz Guerrero, Delfín Chamorro, Campos Cerveza, Carmen Soler, Roque Vallejos, Elvio Romero, Gómez Sanjurjo, Josefina Plá, Maybell Lebron, entre otros, y al igual que el poeta Oliverio de una película rioplatense se puso a declamar en los lugares públicos: en la Plaza Uruguaya, la calle Palma, la Costanera, el Cocido Literario, la esquina de Mariscal López y San Martín, y en los ómnibus en los que viajaba gratuitamente por Asunción y las ciudades aledañas a la capital, llegando a ir una vez hasta Encarnación, donde recitó como actor de teatro su repertorio completo y sus improvisaciones en la Costanera desbordada de turistas, acumulando una cantidad de dinero que muchos de nosotros codiciaríamos al enterarnos. Con un monto importante en mano quiso comprar una motocicleta, porque el viaje en guagua o colectivo, como ustedes le llaman, acá es muy caro. Le llamaba la atención la cantidad desmesurada de motociclistas que tejían las calles asuncenas a cualquier hora, algo inimaginable en mi país. Y mientras andaba en eso de repetir que la compraría mañana mismo, el dinero se le escurría de las manos en cada noche de descarga —un término usado por él—, a la que asistía en compañía de una de las muchas chicas a las que invitaba. A los pocos días de conversar con él, más de uno supo que nunca debías dejar a Gusano a solas con tu novia, amiga o chica con quien tenías pensado compartir una noche o una mañana o una tarde de sexo casual o repetido, pues su habilidad con la palabra oral lograba seducirlas aunque ellas no estuviesen atraídas por él, porque a ninguna se le hacía atractivo de buenas a primeras. Con las mujeres cambiaba de discurso, presentándose como un embajador artístico y cultural de Cuba, un representante dedicado a la poesía oral y a la pintura, cuya biografía sólo debía ser confirmada en Google. Búscame, escribe Noel Bossil y me encontrarás también en la enciclopedia Wikipedia. Él, seguro de su lengua, dirigía las conversaciones y de a poco ganaba el interés de las oyentes, a algunas de las cuales les caía tan bien que le obsequiaban libros, discos o ropas, como una camisa de ao po’i[1] que la novia de un amigo muralista cosió y le regaló al verlo con la misma remera maltrecha en cada encuentro. Pero Gusano en realidad quería que ellas se les obsequiaran por lo menos una vez, por gusto o caridad. Debido a eso, sabiendo que la palabra no bastaba, se las arreglaba para conseguir una botella de ron y un porro, vicios indispensables para llegar a buen puerto con ellas. Lo malo es que por más de que la chica estuviese soltera y sin amantes pasajeros en el instante del encuentro, siempre había algún amigo que también le había echado un ojo. Entonces la cuestión del macho alfa salía a relucir. Una vez nos encontramos en medio de esa situación, aunque yo no era de meterme en conflicto alguno sólo por un potencial polvo. No me atravesaría en el camino de Gusano hacia los cariños de la chica a quien coqueteaba sin el menor disimulo. Él, en cambio, pasado de vasos, pensó que debía demostrar su superioridad y me desafió a un contrapunteo. No soy poeta. ¡Eres escritor!: sabes de palabras. Ser escritor no implica ser poeta, menos aún un poeta oral que pueda hacerle frente a alguien de tu capacidad para la improvisación de versos. Mi oralidad no podría hacerle sombra a la tuya. Le hablé de frente y tranquilo, sólo para eludir el desafío que demostraría la obviedad de su versada supremacía. Gusano no aguardaba semejante elogio de quien sentía cierto recelo por dedicarse a algo que él no podía. Nadie puede defenderse de los elogios ni enfrentarse al elogiador. Bajó la guardia y, olvidándose de la chica, se sentó cerca de mí agradeciendo el comentario, sabiendo de antemano que yo no era de regalar flores a cualquiera. No sé si ha de ser esta caña o el cigarrito o ambos, pero debo confesarte que he leído tus cuentos —nunca había hecho mención alguna de ellos— y me han gustado mucho. Mira que yo he intentado escribir y he enviado mis relatos a revistas y los he presentado a concursos y nunca recibí tan siquiera una buena crítica, una palmadita de sigue adelante, joven, tu obra es una piedra preciosa a la que falta pulir, lo usual de los escritores hechos a los jóvenes en sus primeros tropiezos en las letras. Entiendo: compárteme uno de tus cuentos para que pueda tener una opinión propia. No traje ninguno. Ah, en realidad no es necesario leerte para saber que tienes lo necesario para escribir. No lo digo por quedar bien contigo. Basta escucharte para saber que sólo debes sentarte a pasar al papel tu vida de aventuras para que tu obra valga la pena. Te agradezco esta palmadita, hermano, en serio. No imaginas cuánto bien me hace. Al parecer, que yo le tratara de esa manera cordial lo obligaba a devolverme el favor. Lo que más me gusta de tus cuentos es que son bien cerrados, redondos, y a pesar de que mencionas algo del desenlace a veces desde el inicio mismo siempre terminas sorprendiendo al lector con el final. ¿Cómo haces para que te cierren así de bien las historias? Leyendo a los maestros literarios de todos los tiempos y escribiendo desde hace más de tres lustros. En la escritura no hay vueltas: para escribir te toca leer y escribir, de ser posible, todos los días, sin desesperar ni apresurarte en lograr buenos o grandes resultados en poco tiempo. Entiendo, entiendo, la persistencia y la disciplina, una disciplina difícil de mantener en mi pueblo. Ahí en cada noche estás metido en una fiesta y al día siguiente apenas tienes tiempo para recuperarte de la resaca y hacer unas diligencias porque de noche ya estarás enfiestado de nuevo. Cuando te toque visitarme verás de qué te hablo y veremos si te da el tiempo para escribir. Gusano hablaba entre sorbo y sorbo, entre fumata y risas. De los demás, algunos prestaban atención a nuestro diálogo, picoteando unas opiniones de tanto en tanto. En ese momento nos caímos bien, de seguro porque antes no habíamos tenido la oportunidad de conversar como lo hacíamos entonces, con un ping-pong de preguntas y respuestas acerca de la escritura literaria, el arte que nos unía. Cómo eliges los temas sobre los que escribirás. En general, un detalle de la realidad sobresale ante mis sentidos. ¿Algo de mí ha tenido la suerte de captar tu privilegiada atención de escritor? Es posible: a veces sólo soy consciente de eso pasado cierto tiempo. Y si llegase esa conciencia, cómo imaginas que escribirías sobre mí. Si lo hiciera, intentaría abarcar mucho en un cuerpo unitario. Conviérteme, el día que te pongas a escribir, en un escritor con premios que escribe sobre un extranjero que conoció en una noche de ron y mujeres… Contagiados por su entusiasmo, lo escuchamos relatar en versos rimados, en octavillas, vuelto a ser el centro de atención del grupo, un cuento relacionado al que yo terminaría escribiendo en prosa meses más tarde. Esa tremenda noche se nos acabó al amanecer y no volvimos a saber de él, pues, sin que hubiera una despedida acorde a su necesidad fiestera, Gusano se mandó mudar a quién sabe dónde, desapareciendo de la escena de nuestras existencias. Su visa había expirado semanas antes y él buscaba la forma de permanecer aquí más tiempo, solicitud que se le negaba en la Embajada cubana. No sabemos si retornó a Cuba. Y que yo sepa nadie volvió a contactarlo, aunque contáramos con su tarjeta personal, una cartulina amarillenta en la que se leía su nombre y apellido y una dirección de correo electrónico. Días atrás, una amiga dijo que lo buscó en internet y no lo encontró. ¿Cómo es que nunca lo buscamos en internet? Tenía razón: a mí tampoco se me había ocurrido buscarlo en el océano digital. Y ahora que lo hago es en vano. En Wikipedia no hay rastros de él. Y Google no muestra ningún resultado de Noel Bossil, Bossil pintor, Bossil trovador, Bossil payador, Bossil cubano, Bossil Paraguay, ni siquiera de Bossil Gusano, como si no existiera, inexistencia digital que me niego a aceptar y me obliga a escribir sobre él para contarles que existe, que no te hemos olvidado, Gusano.

 

[1] Del guaraní: ropa fina.

(Del libro Espontaneidad, Editorial Y, 2014.)


* Asunción, Paraguay, 1984. Escritor y editor. Director de la RevistaY.com y el Taller de Escritura Semiomnisciente, ambos desde 2013. Jurado de concursos literarios locales y regionales desde 2012, de los que cabe destacar el Premio Itaú 2015. Expositor invitado de talleres y charlas sobre escritura y edición en universidades, mercados culturales, foros y ferias del libro de Paraguay, Argentina y Colombia. Mención en el Premio Academia Paraguaya de la Lengua 2015, con su primer libro, Espontaneidad, que contiene cuentos premiados en concursos locales, traducidos al portugués y el inglés, y publicados en periódicos, revistas y antologías nacionales e internacionales.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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