Crónica de un viaje al pasado

Foto: Laura Gómez.

 

Por: Verónica Gómez *

 

La evangelización en el actual territorio paraguayo se produjo principalmente a través de la Compañía de Jesús a lo largo de 160 años. Aquí un paseo por los rastros que dan cuenta de su conjunción entre lo católico, y lo originario.

 

Era el momento del día en que el sol más quema. Hacía tanto calor en esa siesta de enero que el cuerpo pedía agua constantemente y entonces comprendí por qué el tereré es, por las tierras de mis antepasados, el más fiel compañero de todos.  De repente apareció frente a mis ojos el enorme pueblo en ruinas. En ese instante fue inevitable viajar en el tiempo.

Son imponentes aunque sean ya tan solo vestigios. ¿Cómo habrán sido en pleno esplendor? El pueblo jesuítico-guaraní Santísima Trinidad del Paraná fue el mayor entre las 30 reducciones de la antigua provincia del Paraguay.

Todo tiene un tono rojizo medio anaranjado. Lo primero que puede verse son unas construcciones largas a ambos lados de la entrada, como habitaciones una al lado de la otra separadas por una pared de ladrillos enormes. El color de los ladrillos está parcialmente tapado por las manchas que dejó el paso del tiempo: oscuras, verdosas, blancas. Aun así, el rojo es siempre predominante. No hay techos ni piso. Son habitaciones con una ventana, y algunas de ellas están conectadas a través de una pequeña puerta. Un corredor lleno de arcadas adornadas que aún cuenta con su piso original, las une en un bloque largo a cada lado del ingreso. Esas son las casas que ocupaban los caciques junto a sus familias hace más de 300 años.

En todas las reducciones jesuíticas existía la misma organización tanto espacial, como sociopolítica. Los que habían sido líderes en sus lugares de origen, la selva, mantenían ese liderazgo dentro de las reducciones o heredaban el cacicazgo de sus padres, siempre y cuando tuvieran las habilidades requeridas para ocupar ese puesto.

Debían manejar a la perfección el arte de la oratoria. Para los guaraníes es fundamental desarrollar el habla a lo largo de toda la vida, el perfeccionamiento del lenguaje, su evolución, su belleza, que refleja el alma del hablante. Tanto es así que para algunas parcialidades de esta cultura el vocablo Ñe’ẽ significa “palabra” pero también significa “alma”. Eduardo Galeano dice: “Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la dilapidan, son traidores del alma”.

En el centro se puede ver la inmensa plaza con un césped verde clarísimo, algunas palmeras y otro tipo de árboles, todo iluminado por la intensa luz del sol. En sus laterales se encuentran las llamadas casas de indios comunes. En uno de los lados funcionaba el Cabildo. La organización sociopolítica de estos pueblos dependía de esta institución compuesta por un corregidor, un teniente de corregidor, dos alcaldes ordinarios (de primer y segundo voto), dos alcaldes de hermandad, un alférez real, cuatro regidores y uno o dos alguaciles mayores. Todos indígenas.

¿Cómo hicieron los jesuitas para convencer a los guaraníes de dejar sus selvas, sus vidas libres, donde satisfacían sus necesidades sin tener que trabajar de la manera en que lo hacían en estas misiones? Muchas pueden ser las hipótesis. Lo cierto es que ahí afuera los bandeirantes los asediaban, los cazaban, para esclavizarlos en tierras  de la corona portuguesa (actual Brasil). Quizás por eso prefirieron vivir encerrados, cambiando su estilo de vida y su religión, pero conservando sus familias, su idioma y muchos de sus valores.

***

El calor seguía siendo intenso, pero meterse en ese mundo, en esas edificaciones que a pesar de los siglos siguen siendo deslumbrantes, hace que uno se olvide del sudor, la sed y el achicharramiento de la piel. Parada en medio de lo que alguna vez fue la plaza, podía apreciar las construcciones en todo su contorno, y más allá, en las afueras del antiguo pueblo, se veían varios tonos de verde. Hay mucha vegetación y ondulaciones en la tierra cubiertas de verde. Son unas pequeñas serranías, cosa extraña de ver en territorio paraguayo.

Hoy en día en los alrededores de estas ruinas hay una población llamada Trinidad. Es un barrio pequeño, con casas aisladas entre sí. Las calles son empedradas y las veredas están hechas de ladrillos ordenados. Por aquí abundan árboles, flores de varios colores y aromas de diferentes hierbas, sobre todo medicinales, tan utilizadas para el tereré o el mate. Las cuadras son larguísimas, o quizás da esa sensación por el sofocante calor que hace. Son cinco las que hay que caminar para llegar desde la ruta hasta la entrada del sitio turístico. Nos cruzamos con muy poca gente a la hora de la siesta. –Los que no están trabajando estarán desmayados por el calor-, dijo uno de mis compañeros de viaje.

***

Dentro de cada pueblo vivían sólo dos o tres curas, quienes debían aprender el idioma nativo ya que allí sólo se hablaba lengua guaraní. Ellos eran los encargados de enseñarles a los originarios los oficios que hacían falta en estas misiones. Luego esos oficios solían transmitirse de padres a hijos. Cada familia tenía su propia huerta, -el avamba’e- y había una producción colectiva –el tupãmba’e- que era la que se comercializaba y con la que se sustentaba cada reducción.

Todos los pueblos jesuítico-guaraníes fueron construidos por manos indígenas. El arte europeo se fusionó con la estética americana y resultó en majestuosos edificios adornados con esculturas de piedra y madera. Entre ellas se conserva aún en esta reducción, un púlpito en excelente estado. El púlpito es una plataforma elevada que en esa época era más utilizada que la actualidad. Desde allí se predicaba, se cantaban la epístola y el Evangelio en las Misas Solemnes, y se anunciaba al pueblo las fiestas.

El púlpito de la iglesia, como todo por aquí, es rojizo. Su altura es aproximadamente del doble de una persona y podría decirse que tiene la forma de una copa, pero con la base fina. Esta copa gigante está dividida en dos sectores de adornos: la parte de abajo se encuentra tallada. La parte de arriba reza frases en latín, sostenidas por ángeles y animales. Todo esto labrado con asombrosos detalles y muchas ondulaciones.

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Foto: Laura Gómez.

Finalmente, llegamos a la enorme iglesia. Al igual que la mayoría de las edificaciones de esta reducción, no conserva nada de su techo. Sin embargo se pueden ver por todas partes los testimonios del trabajo, del talento de esos originarios que fueron “evangelizados”, o quizás transculturados. ¿Cuántos de los que  pasaron por aquí habrán creído realmente en ese Dios cristiano? ¿Y cuántos habrán decidido salir de ahí y convertirse en “infieles” para ser fieles con sus propios antepasados?

Con mis pies en ese enladrillado rojo que había sido pisado por mis ancestros, traté de imaginar cómo había sido la mutación del “Ser guaraní” al “Ser cristiano”. Cuántos elementos nuevos habían tenido que incorporar y cuántos tuvieron que dejar atrás, olvidarlos. Durante los casi 200 años en que los jesuitas permanecieron en estas tierras hicieron hondos esfuerzos para que los nativos abandonaran sus creencias, sus dioses, su hechicería, sus costumbres funerarias. Me pregunté cuántos habrán fingido allí en un acto de supervivencia por no caer en manos de los esclavistas portugueses. Y también cuántos aceptaron la fe católica, cuya descendencia es la población paraguaya, tan fervientemente religiosa.

Los pocos turistas que caminaban por ahí miraban atentos todos los detalles de la iglesia: los santos de piedra y el altar, la pila bautismal,  las arcadas de todas medidas que pueden apreciarse por el templo, y los ángeles; los que adornan las ventanas y los músicos.  Los angelitos músicos están tallados en la parte alta de las paredes. Ubicados uno al lado del otro, cada cual ejecuta un instrumento diferente: violín, trompeta, guitarra, arpa y lo que más llama la atención, maraca. Un instrumento bien típico de la cultura guaraní. –En este lugar los músicos eran muy importantes–, dijo un turista, quizás imaginando a esos hombres interpretando música sacra.

Las aves sobrevolaban las ruinas y corría una leve brisa que por momentos aliviaba un poco el intenso calor. Logré identificar una lechuza que se posaba en lo alto de las antiguas construcciones y me pregunté a cuál de todas las especies pertenecía. Como despidiéndose de nosotros, se acercó y caminó sobre el pasto dejándose ver en detalle. Era una lechuza vizcachera.

***

¡Ahora entiendo por qué los paraguayos y litoraleños son tan creyentes!– dijo una de mis compañeras de viaje mientras salíamos de la iglesia. En ese momento recordé que más temprano, cuando íbamos rumbo a las ruinas que estábamos recorriendo, habíamos pasado por una comunidad mbya guaraní llamada Guavirami. Entonces pensé en la gran cantidad de comunidades originarias guaraníes que existen tanto del lado argentino como brasilero y paraguayo, en el mismo territorio donde se habían establecido las 30 misiones jesuíticas. –No todos los que viven por acá son católicos, todavía hay muchas comunidades que conservan sus antiguas creencias–, le respondí a mi compañera. Con su cara colorada y transpirada me miró fijamente con una expresión pensativa y, después de un breve silencio me dijo: –Tenés razón, me había olvidado de los indios.

Los “indios”. Así los llaman también por aquí. Son los que no llegaron a vivir dentro de estos pueblos o que ingresaron pero decidieron volver a la selva y tratar de sobrevivir lo más lejos posible de los invasores españoles y portugueses. Otros guaraníes resolvieron combatir la imposición del cambio de religión y de costumbres del que estaban víctimas sus hermanos. Entre ellos hubo un cacique y hechicero llamado Ñe’ẽsu que logró convencer a otros líderes de eliminar a los jesuitas y destruir todos los ornamentos de las iglesias. Esta rebelión llevada a cabo el año 1628 se cobró la vida de tres curas: Alonso Rodríguez, Juan del Castillo y Roque González de Santa Cruz. La resistencia a la evangelización de la población nativa.

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Foto: Mariano González.

Al atardecer la piel de todos había adoptado la tonalidad que allí predomina y, como si el tiempo se hubiera compenetrado con nosotros, aparecieron en el cielo unas nubes rosadas. Había que emprender el camino hacia Encarnación, nuestro lugar de estadía en esas vacaciones. Caminé hacia la salida lentamente, pero no por el cansancio, sino por no querer abandonar ese lugar que tanto me había enseñado sobre mi pasado ancestral.


* Verónica Gómez (1983, Buenos Aires)  Hija de padres paraguayos. Recibió su título de profesora en  Lengua y Cultura Guaraní en el año 2009. En la actualidad ejerce su profesión en el Centro Universitario de Idiomas y en la Universidad Nacional de La Plata. Además trabaja en la elaboración de material didáctico para la enseñanza y aprendizaje del idioma guaraní. Es estudiante de la Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Quilmes.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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