La Plaza Washington

Últimamente siento que sólo escribo agradecimientos. No me molesta (tanto). Agradecer nunca está demás. Pero quisiera escribir otras cosas. Por lo menos ya he vuelto a escribir. Antes no me salía nada que me ayudara a entender.

Quisiera escribirle un poema a esta placita que observo desde mi mesa rinconera, pero no me sale. Será porque no estoy ni enamorada ni con el corazón recién roto. Será porque apenas nos empezamos a conocer, la placita y yo. Mejor la describo. Quizás ese sea el primer paso:

Es una placita de la Ciudad de México en la intersección de la calle Londres con Dinamarca. La observo desde su esquina sureste (creo). En esta esquina hay bancos verde-monte para uno sentarse, bajo la sombra de unos arbolotes que todavía tienen hojas verde-sol. Me gusta que los troncos altos y gruesos compitan con los rascacielos que se ven atrás, los del Paseo de La Reforma. A pesar del polvorín, el verde triunfa. Es invierno. Un sábado, de mañanita. Algunos vienen por su café en pijama. Qué envidia. Veo a otros que pasean a sus perros. Y otras están en pleno chismorrón, platicando sentadas en uno de los bancos verde-monte. Queda un banco vacío. Le falta un señor con suéter y sombrero, leyendo el periódico. El vendedor de mangos preparados sube por la calle Dinamarca con su carrito. Irá rumbo a su esquina. El camión del gas se estaciona para suplirle a los negocios. Hay algunos negocios de comida que llevan nombres genéricos como “Panadería” y “Desayunos”. Un nombre “original” ¿pa’ qué? El marketing es cosa de gringos y hipsters.

En esta placita no me siento sola. Aunque vaya sola por la ciudad. En las mañanas, cuando despierto, a veces siento una desazón de puro homesickness y “por qué me vine sola a una ciudad tan grande”. “Porque es una ciudad hermosa y siempre has soñado con caminarla a paso lento. Porque su música es oro y su historia es inmediata”. Por eso. “Recuérdatelo todas las mañanas”.

Cada ciudad tiene recámaras públicas para uno retirarse en privado y todavía alcanzar a mirar la vida por la ventana. Esta placita es una de esas recámaras, en el corazón de la Ciudad de México. Acá no me siento sola, me acompañan los edificios, los arbolotes, sus sombras, el fresco, los que fuman en la mesa de al lado, el mesero que me da la clave del WiFi, el hombre que me pide la silla desocupada, los que pasan.

¿Cómo se escribe un poema, cuando ya lo han entonado tan bien otros?

La gente pasa y pasa siempre tan igual
 el ritmo de la vida me parece mal
era tan diferente cuando estabas tú
sí que era diferente cuando estabas tú
(El Buki)

Por eso aún estoy en el lugar de siempre
en la misma ciudad y con la misma gente
para que tú al volver no encuentres nada extraño
y sea como ayer y nunca más dejarnos
(Juanga)

La noche se puso íntima
como una pequeña plaza
(Federico García Lorca)

La primera vez que me enamoré fue en la Ciudad de México. Recordar no siempre es vivir. Pero esta placita, al menos, ya es memoria nueva.

Adaline Torres Feliciano

(San Juan, 1994) Colecciono letras de canciones, tweets, fotos de luces borrosas, malecones, postales, paseos por plazas de mercado, ataques de ansiedad, despedidas, dichos de mi madre. Escribo pa' no llorar.

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