La noche de las ventanas abiertas

Por: Elbert Coes

Ilustración de Maurus Suárez

Cada sofá se hallaba cubierto de una sábana blanca, a diferencia de los muebles de madera barnizados de polvo y luz tenue. El aire denso del interior agitaba con lentitud perenne las partículas que parecían haber permanecido estáticas antes de nuestra llegada. De las tres habitaciones, pasamos más tiempo en la de los niños. En las paredes había pinturas y cuadros de salmos y oraciones, y en el suelo, restos del embalaje policial. La cal que señalaba la posición de los cuerpos al morir se había dispersado, dejando líneas recortadas que se podían trazar con la imaginación. Las siluetas se distribuían entre las alcobas de dormir, la sala de estar y la cocina.

Volvimos al porche huyendo al silencio anodino del interior. Pasaré la noche aquí, dije. Así terminaríamos el trabajo rápido y regresaríamos a la ciudad pronto. En cuanto a Jerome, un hombre con mil trastornos de sueño no puede hacer su cama en cualquier lugar.

El monje que nos contactó quería un artículo en el Atlanta Journal que le sirviera de escudo contra las acusaciones. La fraternidad estaba en vilo ante la policía estatal. Católicos y protestantes reunían esfuerzos para expulsarlos de cualquier rincón de Florida. Millender Valley era el nido, el centro de negocios, el basamento del más grande templo Xenón, una vertiente modificada de la Cienciología. Tenía en sus listas empresarios, académicos y políticos que se contaban entre las familias más ricas de Palm Beach. Propietarios de hasta un treinta por ciento del total de esos bienes raíces, hombres que nunca encontraron aliciente en la espiritualidad ortodoxa, renegados del bien y del mal. Y a estas listas empezaban a entrar los lugareños: analfabetos necesitados de un ungüento mental para sus motivaciones. Entre estos, los Michigan: cuatro niños menores de diez y dos padres de casi cuarenta. La pareja se había conocido en el templo y había decidido crecer bajo el amparo de un dios desconocido y clemente.

En su carta, el monje explicó que los gastos de hotel y transporte correrían por su cuenta. Habrá un juicio público contra la fraternidad después de que el estado de Florida decida qué hacer con el niño. Solamente tenía diez años; pocos a esa edad habían ejecutado una masacre sin acabar en la silla eléctrica. Absuelto o culpado, habrá un juicio contra la fraternidad, y es a eso a lo que tememos. Muchos de nuestros recursos provienen de organizaciones sin ánimo de lucro, que toda vez sean expuestas públicamente jamás volverán a ayudarnos. El progreso es símbolo de crecimiento espiritual, señor Rice.

Había oído historias de Millender Valley, nada anodinas para mi gusto. La de los Michigan en cambio tenía algo de sosa y de macabra: tres niños, un adolescente y dos adultos. Uno de ellos, de cuatro años de edad, era el único sobreviviente. Una casa que para los lugareños estaba embrujada y una fraternidad nueva era. Verjas, escaparates, urnas, vajillas de porcelana china. Rezos y candeleros. Cosmos. Dioses y ancestros alabados en noches de lunas de colores y domingos por la mañana. El olor del alabastro, candelabros, velones ardiendo en los altares y en las casonas antiguas. Psiques alienadas por histerias grupales, economía de moda, donativos. Mientras tanto unos haciendo política y otros buscando legislaciones precedentes, doctrinas sociales y teorías capaces de apaciguar el ánimo de los cleros, autoridades autorizadas por la historia: saquémoslos de aquí, sus enseñanzas son diabólicas, rituales satánicos. Que alguien los saque de aquí. Sin protestas, concilios sombríos de chismosos donnadies apoyando causas a ciegas; asentimiento sin comprensión. Plebiscitos ridículos liderados por sacerdotes corrompidos y un pueblo ciego de autodescubrimiento.

Cuando Jerome se marchó, entré a la casa. Quité la sábana que cubría un sofá y sacudí algunos muebles. Instalé el espectrómetro y los receptores de sonido. Encendí una lámpara, y después de quitarme la chaqueta me puse a leer algunos libros Xenón. Lo abandoné al poco tiempo; demasiada pavada religiosa, excesiva imaginación. Luego comí galletas y tomé una copa de vino con la tevé encendida: Jerry chuzando con una aguja el trasero de Tom. Tom volando por el aire. Los párpados se me cerraron varias veces antes de oír el chillido de un gozne. Es el viento, pensé, que entra por las ventanas abiertas. Me levanté y las cerré. Corrí las cortinas y apagué la televisión; me acosté, cerré los ojos.

Los abrí de golpe. Fui a la cocina, lámpara en mano, y vi en medio del pasillo entre la sala y la cocina una puerta abierta que hasta entonces había pasado desapercibida. El viento la había movido desde adentro. Me asomé al interior: una escalera larga y empinaba hacia abajo. Descendí por ella. Larga y empinada. Hacía frio. La habitación, llena de telarañas, olía a moho y leña; viejos estantes habían caído y en el paso, objetos atravesados como obstáculos. Al extremo del cuarto la ventanilla se movía. Las gotas de lluvia saltaban al interior desde el umbral, por donde además podía verse el césped del jardín. Para cerrar la ventana tuve que apilar cajones y subirme en ellos. Ajusté la cerradura y la lámpara se cayó de la pila. La luz se apagó. Trastabillé con los cajones. Me agaché a buscar la lámpara. Palpé y palpé hasta encontrarla. No encendió. Caminé a tientas, tropezando en el camino a la escalera. Oí otro golpe, pasos arriba, tacones que cruzaban el pasillo entre la sala de estar y la cocina. La puerta de salida cerrada. Agité la manivela y esta no cedió; empujé, jadeé. Golpeé un par de veces la lámpara, y cuando encendió, una sombra se agitó en el sótano, al pie de la escalera. Giré la manivela por instinto. La puerta cedió. Volví a la sala. Apagué el televisor cuando Tom salía volando por la aguja de Jerry y volví a instalarme en el sofá.

Las instituciones responsables: trabajadores sociales, psicólogos, abogados y curas acosaron al niño de cuatro años con sus estudios y papeleos. Fuimos a visitarlo y el niño ya no era un niño de cuatro años sino uno niño de cuatro años interrogado por su pueblo. Él mismo ignoraba ser sobreviviente de una tragedia familiar. La psicología y la siquiatría decían que era el asesino. Asesinato modesto y limpio, puro, propio de un niño de cuatro años. Que alguien le saque el arte: una navaja fina, la cicuta fabricada en casa, extracto de yuca, quizá cáscara de papas, cianuro artesanal. Una obra maestra. Los médicos y los investigadores floridenses dijeron que tenía arsénico y baba de caracol en el hígado y la sangre. ¿Cuánto? Dosis suficientemente letal. Bendito Dios, los curas; un ángel lo cuida. El Señor Todopoderoso cuida su estirpe; pobre estirpe fallida. Sin conclusiones; no hubo disparos ni puñaladas. Fue repentino, igual que un viento gélido y maligno, pasó por la casa y tumbó uno a uno, ángel de la primo… segundo… tercerogenitura. Amigo de Moisés el hebreo. El niño no lloraba, dijo la policía. Intentaba despertar a su madre bocarriba en la cocina con la leche derramada en el vientre y una mano puesta en el corazón: señal de infarto. ¿Cuántos muertos se necesitan para una masacre? Un cualquiera construyó la realidad desde un rumor: un poseso.

Me había dormido cuando una voz al oído me sobresaltó. Luego, pasos en el pasillo, rápidos como el tamborileo de los dedos sobre la madera, venían de la planta alta; allá también debía haber ventanas abiertas. Los ignoré. Podía dormir así. No soy tan miedoso como para no soportarlos. Me acomodé en el sofá una vez más. Y cuando estaba a punto de dormirme, la tierra se sacudió. Salté y corrí hasta el porche. Afuera la lluvia cavaba a torrentes el césped. El policía que vigilaba la casa a nuestra llegada se hallaba detrás de la verja, protegiéndose de la lluvia con una sombrilla, sonriendo igual que el gato de Cheshire.

¿Cómo va todo?, dijo en voz alta.

¿Sintió usted eso?

¿El temblor? Es muy común por aquí. A los antiguos residentes también los asustaba mucho. Bonita casa, ¿no?

Giré para entender su afirmación: no, no lo era. Regresé adentro. Me senté en el sofá, los ojos abiertos y la coronilla húmeda. Los ojos húmedos, temblantes, amainados y humildes.

El juicio tiene que ver con los análisis intelectuales del clero local. La iglesia de Saint Paul de… envió a Fray Guillermo; uno de esos tantos Frailes: Guillermos, Franciscos, Santiagos. Da igual. Vinieron con sus lupas de Sherlock y de Brown y sus espíritus ensalzados de gracia con facultad de juzgamiento. Un poseso, gran lugareño el lanzador de la premisa y el vaticinio. Un demonio antiguo. El monje Xenón abrió un portal y ahora Millender Valley está en la mira de Satanás. Sáquenlos de aquí, a ellos, su templo, sus covachas y sus espíritus inmundos. Si no reaccionamos, sheriff, este pueblo estará en el olvido, leyenda urbana en unos años. Un susurro en una casa de puertas entreabiertas: Es mejor que quemen a ese niño.

Sentado en el sofá, cerré los ojos. El zumbido de arriba se repitió. Esperé a que temblara nuevamente, pero nada. La luz de la lámpara vaciló, se apagó. Encendió. Desde la penumbra del pasillo un niño blanco me miraba. Intenté comprender la imagen. Se lanzó a correr hacia la oscuridad.

Me levanté y fui tras él, lámpara en mano. La puerta al sótano abierta, balanceándose y remando contra la pared, los goznes chirreando. El olor a moho, fuerte, invadía el alto de la escalera. Abajo, los pasos corredizos del niño. Le llamé: Oye, niño, qué haces aquí. La luz de la lámpara debió llamar su atención desde alguna casa vecina; seguramente se trataba de algún amigo de los niños Michigan.

Bajé y no encontré nada. ¿A dónde había ido?

En la sala, el televisor encendido mostraba a Tom volando por la aguja de Jerry; afuera, la lluvia cavaba fosas en el césped, empantanando y embadurnando todo. Las gotas contra el cristal acompañaban el tamborileo de los dedos sobre la madera. Arriba, en la planta alta, debía haber una ventana abierta.  La lámpara vaciló. Se apagó.

Mis ojos y mis manos temblorosos. Me senté en el sofá, sábana contra mi pecho, relamiendo el miedo, arropándome en mis facultades lapidadas por la ortodoxia. Recuerdo risas, esa casa. El olor del embadurnado, el pantano del jardín. Risas y correndillas. Rosas de mujer amante, devota, papisa. ¿Qué sucedió en esta casa?

Tuve miedo.

Mi última visita debió ser la primera: análisis forense. Aunque igual de corrompido, mezcló verdad y mentira: la mujer estaba muriendo. Nadie lo sabía porque su médico estaba en Tallahassee. Los Michigan iban y venían con prudencia; la comida y los recursos agostados, un padre con alzhéimer progresivo. ¿Quién cuidaría a los niños si la madre se iba? ¿Quién cuidaría al padre si los niños no vivían? Cicuta: extracto de yuca, cascara de papa, arsénico artesanal. Efectivo y fundamental.

Cuando la lámpara se encendió, volvió a temblar. Salté al porche. La lluvia seguía cavando fosas. El policía delgado y risueño estaba junto a la verja, sombrilla abierta, quieto como un maniquí. Dijo en voz alta:

¿Puedo ayudarle en algo, señor?

¿Sintió usted el temblor?

Oh, sí. Es muy normal por estos lados. A la familia que vivía aquí también la asustaba.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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