El silencio de las bibliotecas

(Ilustración de Henn Kim.)

El silencio de las bibliotecas es inimitable. En este silencio se escuchan las suelas de goma que pisan los suelos de madera, y el vigilante que atiende en voz baja para registrar las mochilas y las botellas de agua. El vigilante de esta biblioteca también musita explicaciones sobre la colección que habita esta sala. Normalmente preferiría que guarde silencio pero me place que sepa y quiera informar sobre la colección. Ya pronto iré yo a preguntarle, es un señor muy amable. Soy nueva en esta sala. La escogí al azar. En este silencio también escucho teclas, toses y estornudos abochornados, modificaciones de posturas, y suspiros. Mis pensamientos feroces no se escuchan (solo yo los escucho). Tampoco estas palabras ansiosas y desabridas que escribo.

“Si no escribo esta columna me sentiré fatal”, es el pensamiento que llevo suprimiendo toda la semana. Ya es marzo. Llevo cuatro días con diarreas, cenando Saladitas. “La sal explota el corazón”, solía advertirnos un primo alarmado cuando estábamos más chiquitos. Cada noche que he cenado una bolsa entera de Saladitas, hasta que empieza a arder la lengua por tanta sal, me ha sonado esa alarma en la cabeza. Ahora se me ocurre preguntar, ¿qué otras cosas explotarán el corazón? Tengo algunas intuiciones de momento: sentir que no puedes lograr algo en lo que te comprometiste, o sea, que insinuaste que podrías lograrlo; sentirse solo incluso cuando, típicamente, uno prefiere estar solo; dudar demasiado; cenar Saladitas todos los días del año hasta que te mueras; el lenguaje en función de pensamientos catastróficos, inseguros, remitentes hasta que se convierten en verdades. Esa es mi batalla con el lenguaje, aprender a no creerle demasiado.

El lenguaje es hermoso: la maleabilidad de la vida. Pero como es maleable, también es espeluznante y peligroso. Traicionero. Así nos lo sugiere esta oración perfecta que escribió la escritora mexicana Cristina Rivera Garza: “En los edificios del lenguaje siempre hay pasillos sin luz, escaleras imprevistas, sótanos escondidos detrás de puertas cerradas cuyas llaves se pierden en los bolsillos agujereados del único dueño, el soberano rey de los significados” (Nadie me verá llorar, p. 118-119). ¿Con qué palabras se habla de esos pasillos oscuros y sótanos escondidos a los que no tenemos acceso? Más claro se lo pregunta la escritora chino-americana Yiyun Li: “What language, I wonder, does one use to feel? Or does one need a language to feel? (¿Qué lenguaje, me pregunto, utilizaría uno para sentir? ¿O, se necesita un lenguaje para sentir?)”.

Hay algunas intrigas que me ocuparán por el resto de los días: el lenguaje que inútilmente intentaré plasmar en estas columnas y otros escritos. Por ahí me aconsejaron que trate de vivir sin que estas preguntas me dominen, aun cuando las muy traviesas se empeñen en jugar vóley con la malla que está entre mi id y mi ego. Más bien me aconsejaron que trate de vivir, punto. Como cuando entré a esta biblioteca, en busca del silencio que a mi mente le cuesta darme.

En la misma novela en la que Cristina Rivera Garza escribió esa oración perfecta, su protagonista Joaquín Buitrago, entra a la Biblioteca Nacional de la misma ciudad en la que me encuentro:

“El interior de la Biblioteca Nacional está lleno de murmullos apagados, ecos monótonos que chocan y luego desaparecen en la porosidad de los muros. Joaquín, cuya figura se desliza en las calles, en los bancos y en los comercios con los movimientos de alguien que no acaba de ajustar en la maquinaria de la ciudad, camina por los pasillos del recinto con soltura, serenidad, algo inusitado. En el salón de lectura sólo se escucha el lento paso de las hojas y, a veces, el compás de un par de tacones alejándose sin prisa. Antes de abrir uno de los siete libros que ha acomodado en pila sobre la mesa, Joaquín advierte que la luz del sol matutino forma caprichosas figuras geométricas en el piso” (Nadie me verá llorar, p. 70).

En la Ciudad de México, a veces me siento un poco como Joaquín. ¿Y qué lenguaje uso para sentir? Hoy me atrevo a especular que la Literatura, o el silencio inimitable de las bibliotecas.

Adaline Torres Feliciano

(San Juan, 1994) Colecciono letras de canciones, tweets, fotos de luces borrosas, malecones, postales, paseos por plazas de mercado, ataques de ansiedad, despedidas, dichos de mi madre. Escribo pa' no llorar.

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