Ambidiestra

 

Ilustración de Mauricio Robledo, cortesía de El Dibujadero.

Por José Pérez Reyes.

   Escribo con enorme facilidad con ambas manos. Esta cualidad que en la infancia fuera motivo de asombro hoy es motivo de lucro.

   Estas letras son de tipografía y es una pena que no puedan comparar mis estilos de escritura en cada línea.

   Ahora escribo con la derecha.

   Y ésta es con la izquierda.

   Si no se nota la diferencia, mejor.

   Resulta muy práctico, sobre todo, cuando estoy apurada.

   Es toda una peculiaridad. Me dicen que esta versatilidad sería muy útil para escribir en árabe, pero tengo miedo de que una mano dibuje lunas y la otra, cruces y termine en una indeseada crucifixión de lunas. Es que la derecha y la izquierda pueden tener su propia guerra santa. O su propia conmoción interior: quizás la luna creciente devore a la menguante y nunca más aparezca la luna llena. ¡Qué sé yo!

   Cosas así, mejor no poner en marcha y menos aún cuando voy atravesando la zona de templos de distintas religiones en el barrio Ciudad Nueva.

   Hablando de poner cosas en marcha, acabo de llegar a la sede de la editorial, cerca de la esquina del depósito de maderas, lajas y carbón. Claro que en la imprenta son otros los tipos de insumos utilizados, las maquinarias ya preparan la edición de mañana, una severa crítica al gobierno con una andanada de artículos con las tintas bien cargadas. Eso impregna de algo más que tinta el ambiente del laburo y nos impulsa a preparar otra edición.

   Me dedico a tareas profanas aunque no tan sencillas en dos diarios: uno, de la oposición y otro, un boletín vocero del gobierno.

   No me va mal. Cargo las tintas según la ocasión. Hay que mirar el color que tomará el artículo. Conociendo los argumentos de ambos bandos es sólo cuestión de cambiar los sujetos. Ni que fuera un formato para llenar según el caso.

   ¡Qué no dirían los verbos a la inversa!

   ¡Qué no significarían las oraciones en reversa!

   Lo de objetividad y equidistancia mi cabeza pasa de largo, al igual que mis manos.

   Aquí, la ignorancia aún es excusa, y se alega echando mano de ella por la vía de los hechos, aunque el Código Civil paraguayo diga lo contrario en ese artículo que enuncia que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento”.

   Eso sí, a la hora de contar los billetes de los sueldos en las dos partes, oficial y opositora, ambas manos se ponen de acuerdo y verifican la suma en común. Ahí no valen trucos. Es como foliar un expediente y ojo que no entiendan follar a un inexperiente, dije foliar un expediente, a mano, para ser más claros. Dinero propio o ajeno, todos los dedos deben surcar los billetes. Prácticamente, es casi en lo único en que se ponen de acuerdo, excepto cuando se trata de peinarme, por cierto que gasté mucho en la peluquería el mes pasado, es que había que cambiar, ya no me podía ver con ese look. Son los caprichos. Una no sería la misma sin sus caprichos. Para algo hay que laburar. Del bolsillo al tacho.

   Generalmente cada dedo tiene su ocurrencia y raras veces consulta con los otros dedos para empezar a darle con todo al teclado. Tan ocurrente es todo esto que me da la impresión de que cada dedo tiene su propio “cerebro”. ¿Será que por eso somos tan cambiantes?

   No hay miedo a la hoja en blanco, siempre sale algo. Lo que sí puede causar miedo es el resultado de ese texto, por allí, un panfleto que termina siendo un boleto a la comisaría más cercana.

   Apenas al entrar en la redacción del semanario de la oposición, me encuentro con el jefe de prensa, Rodrigo Mencia, un personaje de aquellos. El habitual saludo de Rodrigo sacude a modo de una leve descarga eléctrica, de ésas que te ponen los pelos de punta. No es atractivo el jefe, pero tiene su campo magnético. Eléctrico saludo magnético. Es que él es un tipo que se pasa oyendo discos en vez de noticias, por eso seguramente me sugiere que pruebe suerte con la música, que para algo me ha de servir ser ambidiestra, dice.

   Nunca probé con los instrumentos musicales, sin embargo él enumeraba sus héroes musicales y me aconsejaba que pruebe con la guitarra eléctrica, por allí resultaba un genio como Ritchie Blackmore, Tony Iommi, Jimmy Page o Brian May, quien sabe, como algunos de esos que aparecen en las revistas de rock de los años 70 que Mencia tiene esparcidas en el cuchitril que es su oficina. Es más, me insistía que probara con los teclados también y que tratara de sonar con la excelencia de un Jon Lord, Tony Banks, Keith Emerson o Rick Wakeman.

   Por culpa del jefe, cosas así me pasaban por la cabeza, pero no por los dedos.

   Por lo visto que para cuestiones musicales son nulos esos “cerebros” en los extremos de los dedos, yo no consigo sacar ni un purahéi jae’ó.

   Desearía tocar algo de música, por lo menos de oído, pero no tengo el tiempo libre.

   No tengo tiempo para dedicar a algo que no sea esto de redactar textos, más cercanos a la ocasión que a la convicción. Esos mismos textos que algún ofuscado tildó de panfletos. Claro, sin saber que se trataba de mi pluma que, en un texto anterior, mereció sus mayores elogios. Allí está la jugada más graciosa. Nadie sabe esto de los dos trabajos en forma paralela. Esos repetidos rivales que ocupan similares sillas, pero no los mismos sitiales de las gacetillas. Bien que saben armar ofensas, pero no pueden elaborar dos líneas de texto.

   La ofensa es gratuita, la réplica ya no suele serlo.

   ¿Derecho a réplica?

   Sí, claro. Primero pase por la caja.

   Todo es más complicado ahora. Ya no se sabe a cuál puerta llamar.

   ¿Tocar el timbre o romper la ventana?

   ¿Pedir refugio o allanar domicilio?

   Antes habían, a lo sumo, dos puertas: entrada y salida. A veces mimetizadas en una. Cada bando lo sabía. Pero ahora aparecen tantas puertas que no llevan a nada. ¡Ni que hotel fantasma!

   Eso de las manos también suele traer complicaciones entre los bandos que están opuestos, no porque luchan en la arena sino porque han elegido distintas graderías. Sería una gran película épica llevar a los candidatos a una lucha en la “arena política”, literalmente, como gladiadores, sin dobles, sin extras, a ver quién queda. ¡Cuánta sangre beberá la arena! ¡Y cuánto venderá la prensa! Sí, ya voy a tirar la consigna: agotar ejemplares tras la lucha “entre pares”.

   Total, cada quien anda con su diccionario de términos dispares.

   Aunque parezca graciosa esta ambivalencia, no me dedico a hacer chistes en sus páginas.

   Ya amenazaron cerrar el diario opositor. Habrá que ver.

   Cada día se oye algo nuevo.

   Las noticias nunca son esperanzadoras.

   Para etiquetar una noticia, resulta indispensable que sea mala.

   La savia de nuestra prensa: las malas noticias.

   Y entre esas malas, soy muy buena.

   Hablando de cosas malas, al saludar a Tomás, que ya estaba laburando en la sección fotografía, me dijo que me cuide cuando salga de aquí porque me pueden meter un tiro. Le miré con una cara.

   Cada ocurrencia que circula por allí libremente. En vez de ayudarme a preparar la edición de mañana, me lanza advertencias este tipo.

   Y pensar que tengo que trabajar con gente así, en el otro periódico hay un sub jefe de redacción que debe reclamar para sí el título de jefe de sub redacción, tiene el cerebro más atrofiado que el mini mouse de su computadora, pobre computadora la suya con su híper violentado teclado luego de redactar largos cables, ni que fueran cables internacionales. Anda muy táctil el subjefe, la vez pasada hasta quiso tocarle el culo a una promotora del diario, dice que está por cambiarse a la tablet, cuando lo haga juro que voy a regalarle un ratón de cable extra largo para que él me diga “Para qué me regalás esto si ya no se usa casi, para colmo con cable largo” y para que yo le responda “Justamente por eso, para que te cuelgues con ese largo cable, ¡cerebro de ratón!”.

   En fin, a mí también me flotan amenazas en la cabeza, pero no las ando escupiendo así a la ligera como el Tomás éste.

   Las verdaderas advertencias no tienen ecos como los que él pretende transmitir. Las cosas se dan o no, sin preámbulos. ¿O es que creen que van a publicar un edicto avisando lo que va a pasar?

   Nadie lo puede saber.

   Las conjeturas no llenan páginas de estadística.

Cuando no informan hechos todo se vuelve un ovillo cualquiera. Vueltas y vueltas, un ovillo que acumula y acumula, pero que hace rato ya perdió la punta.

   Los oficialistas no están tan enojados como para salir a dar tiros, están abocados a saquear; prefieren robar, eso me consta. Pero Tomás me retrucó advirtiendo que nadie dijo de quién o de qué bando vendría el tiro… agregó que ni siquiera sabe de dónde viene el rumor; su palabrerío entonces no llega al rango de amenaza.

   A trabajar, que hay mucho que criticar, le dije entonces.

   Así están las cosas, demasiada tensión entre tan pocos.

   ¿Es un riesgo más que debo correr o del que debo correr?

   Si la bala me llegare a acertar en el medio del cerebro será un raro equilibrio entre los dos hemisferios. Ambas partes en pugna política, tanto por los titulares como por los votos, se contentarán con eso. Un equilibrio únicamente en plano mental, ya que eso no se da en la realidad. Un tiro certero. Una balanza mental partida. ¡Qué risa! Ni que yo fuera una Astrea malherida.

   Pase lo que pase, no gritaré.

   De todos modos, mi boca nunca fue peligrosa. Mis manos, sí. Eso creo que todos lo saben. Ambas partes. La derecha y la izquierda bordando por separado textos antagónicos que, sin embargo, encajan en el rompecabezas sociopolítico de la dispar actualidad.

   Morir de un balazo. Morir de un tiro. No es una buena manera de morir, aunque tampoco se puede enseñar una forma buena de hacerlo. De ser así, toda la vida sería un largo curso en aula para aprender la muerte que aguarda por ahí afuera, pero ¿si ésta se aviva y nos sale adentro? Esto del tiro podría agradar a las crónicas amarillentas y, sobre todo, a aquellas que tiran al rojo sangre. Y con el paso del tiempo y algo de pretensión, podría agradar a la historia. Mártir, dirán, pero ¿de quién?, ¿de qué?

   No, no creo que digan eso. Al final, escribirán lo que se les ocurra y eso es lo que valdrá.

   Más vale que todas las notas de prensa destaquen que se trata de la joven y bella periodista (aquí debe ir mi nombre completo, correctamente redactado) reconocida por su gran talento, en fin, una serie de detalles que den más brillo y protagonismo a mi nombre.

   El diario oficial dirá que me tenían aquí secuestrada, amordazada, aislada del mundo y que al clausurar este periódico pudieron liberarme. Los otros, con furia hablarán de que se amordaza la libertad de prensa y que la represión va más allá de dejarlos sin trabajo, al llegar al extremo de quitarle la vida a una periodista que trabajaba normalmente aquí.

   Se podrían barajar muchas cosas.

   Son los riesgos de la doble expresión.

   La honestidad es la única que no saldría con vida de esa situación.

   Aunque estoy segura que no será Tomás el encargado de elaborar esa nota, llegado el caso. La única vez que hizo algo ingenioso fue cuando en la sección especial publicó esa foto de una antena plantada en un campo de soja, con el epígrafe de “¿Una señal de nuestro futuro?”.

   Ya que está tan alerta, le pedí a Tomás que me acompañe a la salida, el tipo me lanzó una mirada y respondió con una de esas sonrisas que no sé muy bien si implican una aceptación o una burla. Hasta que una suerte de “qué me importa” asomó en su ambigua sonrisa. Seguro que hay un ambidiestro oculto tras ese rostro.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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