Cómputo

Imagen: ctulu

Si para completar cada una de estas columnas dominicales, que son más dominicales que columnas, pudiera contar lo que sucedió la semana inmediatamente anterior y que con eso bastara para cumplir mi deber cabalmente, hoy diría algo más o menos así, en una sola frase porque el temor a dios ya qué: leí más de dos mil poemas comprendidos en dos siglos, catorce idiomas y cincuenta autores diferentes y sobreviví para contarlo; me agarré la cabeza justo al terminar el partido de fútbol en el que el Barcelona logró lo que nadie había logrado en la Champions League hasta ahora, y me la agarré, cosa que casi nunca hago por una sorpresa, porque las probabilidades deportivas fueron llevadas al máximo de resistencia en este encuentro, al igual que los corazones de quienes creen religiosamente en el fútbol; terminé la corrección de doce cuentos que llevaban martillándome la cabeza más de diez años, a sabiendas de que hasta ahora se trataba del primer paso porque, como saben los que a esto se dedican, es más cruel una página llena de palabras nuestras que una en blanco; revisé todos mis manuscritos sorprendido de hallar allí ideas que había leído después en otros libros, corroborando que le apuesto al azar desde siempre, incluso desde antes de saber qué es el azar; me gané la lotería en un sueño y, en el mismo, por supuesto, lo invertí todo en libros usados, extinguiendo, paradójicamente, todas librerías de segunda de Bogotá; dormí un total de veinte horas en las que no estuve cerca de un libro o de un intento de él; el resto de tiempo, despierto como un fósforo apagado, la pasé pensando en qué escribir cuando mi cuerpo me lo exigiera si lo que yo quería era leer, que es casi lo mismo, pero diferente.

Pero como escribir este remedo de columna, más exactamente completar el mínimo de palabras, no se trata sólo de contar lo que sucede en una vida sin muchos bemoles como la mía, tendré que narrar hoy la historia de aquel hombre que toda su vida creyó que no le sucedía nada extraordinario ni digno de contar hasta que murió de vejez, al cerrar los ojos para dormirse de aburrimiento y al despertar al día siguiente, en el otro mundo, estaba encerrado en un libro de proporciones abismales que tendría que recorrer de palmo a palmo para conocerlo tan sólo un poco. En eso invertiría el resto de su eternidad sin acercarse siquiera al aburrimiento o a la saciedad, aunque mortales como nosotros no lo lleguemos a entender. Pero que sea para otra ocasión el final o la historia completa, porque ya me gasté todo el espacio al que tengo derecho y deber, y el mundo no está muy bien que digamos para andarle quitando a los demás lo que no es nuestro tampoco. Hablo del tiempo. Como todos, en cosa que decimos.

Por cierto, según yo, mínimo son quinientas palabras, sin contar el título, que siempre es una sola.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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