Jugar a matarse

Ilustración de Mariana, cortesía de El Dibujadero. Título: Estudio 1 para las dimensiones del diálogo.

Por Jhon Agudelo García.

Tracy le explica a Isaac las razones que le impiden cancelar su viaje a Londres. Aparte de que es muy tarde, pues sus padres ya se encuentran allí buscándole residencia, se ha convencido de que, como Isaac se lo propuso al terminarle, la experiencia en Inglaterra le servirá para pulir su personalidad. Isaac, en un desesperado intento por retenerla, le pregunta si es que acaso ya no lo ama como hace poco más de un mes se lo recordaba, cuando Tracy era quien le imploraba continuar. Tracy le devuelve la pregunta: ¿Me amas tú a mí? Sí, responde Isaac, de eso se trata. Entonces espérame, dice más o menos Tracy, en seis meses estaré de vuelta, ten un poco de fe en las personas.

Lejos de Manhattan, en la frontera entre Medellín y Envigado, Sarah solía sostener su almohada sobre la cara de Manuel. Lo hacía con fuerza, a petición de él, pero alerta a cualquier señal de que le estaba causando daño. Si no aguanto más muevo la mano, advertía él. Sarah, traduciendo torpemente en su cabeza, captaba la idea de aquel comentario, pero la mano de Manuel no se movía, lo que podía indicar que todo estaba bien o que ya era demasiado tarde. Sin embargo, no había pasado mucho tiempo: quince segundos, si mucho. Sarah, de cualquier forma, un poco asustada, levantaba la almohada y contemplaba con un miedo creciente la cara inmóvil de su pareja, ponía su mano contra sus fosas nasales y comprobaba si estaba respirando. A veces no caía en la trampa, pero otras veces, la mayoría, no sabía qué hacer, no estaba preparada para algo así. Ignorante en primeros auxilios, solo se le ocurría abrir su boca y soplar fuerte. Manuel entonces aprovechaba para morder sus labios. Ella, en medio de una carcajada de descanso, le conectaba un par de tiernos ganchos en el abdomen.

—¿Qué pensar tú que hace Tracy al volver de Londres? —preguntó Sarah.

Para Manuel era claro que Sarah no se refería a la película. Era tal vez la forma como lo miró al hablarle, pero sin dudas detrás de la pregunta había un deseo por saber qué pensaba él sobre algo más.

—Hay dos posibilidades —decía Manuel muy concentrado en su respuesta—. Una es que esa personalidad sumisa que mostró durante la película se mantenga y esté en Londres solo físicamente. Que su mente siga en Manhattan, le escriba a Isaac constantemente y se niegue a vivir su presente. Y al volver, claro, lo buscará de nuevo. ¿Se entiende?

En ocasiones a Manuel no le quedaba claro cuándo Sarah lo había comprendido. Pasaba seguido que hacía una pausa en la conversación para preguntarle si lo anterior había quedado claro. Más o menos, decía ella, evidentemente confundida. Esto era de lo que más lo molestaba, pues sentía que no se estaban conociendo. Entendía que había estado hablando solo. No sentía, como al empezar la relación, que la barrera de la lengua era una ventaja: pensaba con agrado que nunca llegarían a conocerse de tal forma que ingenuos comentarios serían hostiles; además, desconocer los pormenores de sus lenguas nativas los mantendría lejos de impostar sutilezas. Pero así pensaba Manuel solamente en un principio, ahora le irritaba el tardío comentario de Sarah:

—No mucho bien —dijo Sarah un poco alterada, sintiéndose culpable—. Pero cuéntame la otra.

—La primera posibilidad tiene que ver con la sumisión, submission… —dijo Manuel con un inglés acentuado a lo paisa, sin ganas de repetir el comentario entero—. Y la otra posibilidad es que se enfoque en Londres, que se relacione con sus compañeros de teatro y profesores, lo que la convertiría en seis meses, en plena adolescencia, en una persona diferente. Y al volver, si es que vuelve, no estoy tan seguro de que lo busque. Pues habría entendido que Isaac siempre actuó de forma egoísta.

Sarah se quedó mirándolo como cuando parecía que había entendido. Manuel sabía que si le preguntaba le señalaría las palabras que le causaban confusión. Pero estaba exhausto, no quería repetir, ni las frases ni el sexo. Sabía que era cuestión de segundos para que ella se acercara, atravesando el silencio, y se montara sobre su cadera. Manuel había decidido terminarle. Varias veces había sentido al eyacular dentro de ella que era la última vez. Varias veces había despertado a su lado con la sensación intensa de querer huir. Pero hasta el simple acto de finiquitar la relación le parecía tedioso. Era un drama que prefería ahorrarse. En lugar de esto continuaba con ella incrementando una absurda sensación: cada minuto, hora, cada día con ella no eran momentos que daban vida a una cadena afectiva, sino pesados eslabones de un hecho postergado.

Terminar: poner término a algo, aniquilar o destruir enteramente algo o alguien; dicho de una enfermedad: entrar en su último período.

Sarah conocía esta palabra, pero en su espectro no entraba la definición que daba vueltas en la cabeza de Manuel: poner fin a las relaciones, especialmente amorosas, que se mantienen con otra persona. Para Sarah era importante ceder, como le aconsejó su mejor amiga desde Asheville, Ann. Se forzaba a comprender que, como lo comprobó, Manuel saliera con mujeres que entendían a cabalidad su lengua. Se obligaba, también, a comprender que se lo ocultara, engañándose con la idea de que uno era su mundo en español y otro el que con películas de Allen y canciones de Patsy Cline construía con ella.

Amparada en esto, Sarah no sentía ningún remordimiento de dejarse llevar por el deseo que le despertaba alguno de sus estudiantes. Las clases de inglés privadas las daba en su apartamento. El que más le gustaba era Samuel, ingeniero de sistemas. Se acercaron en la segunda sesión: él hizo un comentario sobre alguna de las fotos que ella sacó con la instantánea. Reconoció el origen del paisaje y alabó su capacidad para maniobrar con la escasa luz. Sarah rápidamente descubrió que su alumno era, además de un exitoso ingeniero, fotógrafo aficionado como ella. Sirvió para ambos las sobras de una botella de vino que Manuel le había obsequiado. Tuvieron sexo como animales sobre la alfombra de la sala. Y al final, siempre al final era incómodo, porque él quería abrazarla y ella no, él quería besos tiernos y ella no, ella quería seguir hablando y él no. Sarah no sentía culpa pero sí tremendas ganas de que fuera su novio quien estuviera ahí.

Venía de trabajar en el Ashville Art Museun, lugar al que entró por influencia de su amiga Ann, jefe de guías. Buscaba empleo luego de graduarse en la Appalachian State University con un trabajo de grado basado en una investigación que hizo en el Amazonas colombiano. Aquella vez no tuvo mucho contacto con la gente, no se interesó por aprender el español. Pero más tarde, como buena gringa, regresaría con la idea de dominarlo. Consiguió un trabajo como profesora de colegio. Su labor consistía en introducir a los estudiantes a la cotidianidad en inglés. La gramática la estudiaban con otra profesora, colombiana, quien para Sarah hablaba muy mal la lengua que enseñaba. Su vida era ir de la casa al colegio y del colegio a la casa y los fines de semana, uno que otro, salir con su amiga María José, a quien conoció en el avión de venida. Pero María José estaba inmersa en otra rutina: solo iba al Parque Lleras, solo salía a tomar energizante mientras bailaba al monótono ritmo de la electrónica.

Sarah, ávida de conocer, aceptó la compañía de aquel flaco, alto y moreno que la abordó cuando salió de la discoteca a tomar aire fresco. Airearse, fue la primera palabra que le enseñó. Después hablaron de frases hechas, de pueblos de Antioquia, de por qué tenía que conocer el centro y su periferia para crear una noción sólida de Medellín. Lo siguiente fue anotar su número con la intención de guiarla en su exploración.

Lo paradójico era que después lo mortificara escuchar de ella con un español perfecto: Eres la razón para que yo esté aquí. Porque de no haber sido por la otra cara de la ciudad que Manuel le enseñó, Sarah habría aceptado una jugosa oferta de trabajo que le llegó desde Bogotá. Se habría ido con una estrecha idea de Medellín y sin pronunciar las otras dos frases perfectas que encendieron las alarmas de su pareja:

Una: lavé una toalla para ti.

Dos: te compré un cepillo de dientes.

—¿Entonces tú creer que Isaac actuó de forma… selfish? —dijo Sarah al entender de nuevo que Manuel no era como Samuel, que prefería evitar su cuerpo y seguir hablando—. ¿No piensa que la amaba?

—No sé, Sarah, no sé qué es el amor. Dudo mucho de esa idea del amor que se basa en la fidelidad, en esa absurda promesa de eternidad —decía Manuel sin regular la complejidad de sus palabras—. Creo que ese concepto del amor esconde una estrategia de sometimiento. Es el amor que nos venden en las películas, las canciones, en la televisión… Es una oferta comercial, un producto. ¿Se entiende?, ¿has estado enamorada?

Sarah, quien entendió algunas cosas, pero solo con claridad esto último, respondió:

—Sí, una vez.

—¿Y por qué crees que estuviste enamorada?

—No sé, cosas en común, quizás —dijo luego de organizar la frase en su cabeza—. No sé cómo explicar. Gustaba pasar tiempo con él.

—Esa es la diferencia, Sarah, yo no creo que para amar tenga que haber cosas en común. Pienso que para amar tiene que haber dudas, si no hay dudas se cae en el aburrimiento. Tiene que haber complicidad, también, para que esas dudas no se conviertan en escepticismo. ¿Pero cómo se logra eso? No lo sé, solo sé que hay un concepto llamado amor que para cada uno significa algo diferente, pero que en el fondo, en nuestra cultura, está subordinado a los dogmas de una religión.

—Wait, wait —dijo Sarah con ganas de soltar mucho pero impedida para expresarlo—. Yo estudié antropología, ¿ok? Y en todo lo leído pude ver que la gente de todas culturas necesita creer. El mundo es caos, como me enseñaste, pero si creemos lo podemos soportar. ¿Dije bien?

—¿Quieres decir que el amor es algo así como un dios?

—¡Sí! —dijo Sarah entusiasmada de que Manuel la hubiera entendido—. Eso es, el amor es dios, con minúscula. No confundir, no dios con mayúscula. En ese no creer. Mi problema con él es gramátical.

Manuel en ese instante sintió que la barrera de la lengua le había impedido conocer a una gran mujer. Quería huir, pero esta vez no por lo que ella le generaba, sino por algo que estaba dentro de él. Sentía una incomodidad que lo excedía. Tal vez no estaba preparado para alejarse. Podía imaginarse como Isaac, en unos meses, intentando retener algo que ya se ha ido. Se arrepentía de haberle propuesto que en su última vez juntos vieran una comedia para tener un recuerdo, más allá de todo, ameno. Pero ya era demasiado tarde. Sarah había asumido que estaba sola. Había interiorizado que por su cuenta tendría que abrirse camino en su nueva ciudad. Para lo que necesitaría la misma fuerza con que tomó la almohada y apretó la cabeza de Manuel, más de lo habitual, alrededor de veinte segundos, hasta levantarla y comprobar que él seguramente siempre había fingido.

Nota: Este cuento hace parte del libro “Animales urbanos”, Sílaba editores, 2016.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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