Estar en casa, pensar y tender

¿Cuántas veces se supone que practique un pensamiento antes de decirlo? ¿Por qué es tan difícil admitir algunas cosas? ¿Cuándo es muy tarde? Atreverse uno a decir lo que siente sin cagarla, o sea, decir la frase correcta (socialmente adecuada) con el tono correcto (socialmente adecuado) en el momento correcto (¿mejor tarde que nunca?), es la tortura usual de un ansioso. Creo que contemplamos y esperamos demasiado nosotros los ansiosos: todos los seres humanos, digo.

No es nada grave, supongo, esto que me dispongo a confesar. De hecho, es uno de los placeres íntimos que más atesoro. Lo que ocurre es que soy muy casera. Casi siempre escojo la paz del hogar sobre todas las cosas. Pero me cuesta admitirlo en ciertos momentos, como cuando me invitan a fiestas grandes o discotecas. A mi joven edad es como decir, “Soy aburrida, ¿Y qué?”

Por este placer de ser aburrida, cancelo planes a última hora, se me hace difícil decir que no tengo ganas, en fin, la cago más de la cuenta. “Prefiero estar en casa leyendo a Luis Rafael Sánchez o viendo Cuéntame Cómo Pasó, en pijama, acobijada, levantándome solo para ir al baño, hacer un poco de té, de vez en cuando mirar la calle mojada por la ventana”. “Prefiero llegar a casa a escribir esta columna”. Esa es mi confesión de jueves en la noche. De ahí surgen las preguntas; más preguntas ansiosas. ¿Me estaré privando de experiencias “importantes”? ¿Cómo explicarle a mis amistades que el “problema” soy yo, no ellos? ¿Será que voy rumbo a la Depresión otra vez? “Encontrémonos en un cafecito tranquilo, mejor”. (“Lo más parecido a la paz de casa, por favor”.)

Sentada frente al balcón, escuchando los cántaros, me pregunto, ¿cómo se verá la casa desde afuera, desde el aguacero? Su interior, su luz amarilla, sus paredes púrpuras. Será una visión cálida para cualquier hipersensible que deambule bajo la lluvia. Quisiera tener más agallas para deambular sola en la noche y embriagarme con la calidez que exhiben otras ventanas, terrazas, plazas y escaparates. Sí siento el impulso de salir, pero luego lo pienso demasiado: ya está muy sola la calle, transita el miedo. Cuando escampe por lo menos cruzaré la calle y comprobaré si la casa se mira tan cálida desde fuera como la imagino. (Comprobante: Se apreciaba la luz amarilla solamente, ningún otro detalle. La imagen era más romántica en mi cabeza. Así imagino tanto mundo que luego ya no me queda más que la nostalgia de la idea.)

Más temprano, cuando todavía quedaba sol, lavé un poco de ropa. Acá en México no tengo secadora. Mi madre moderna me reprimió por teléfono, que por qué no llevo la ropa a una lavandería con secadora. Porque intento ahorrar, madre mía. Pero también porque me gusta tender.

Tender es una ciencia, como cocinar un corte de carne, pero esa ciencia no la domino, nunca sé cuándo es que se voltea el filete, ni mucho menos cuando está a término medio, como me gusta comerlo. La ciencia de tender no es tan rigurosa, poco a poco la voy haciendo mía. Tender, como pocas cosas de esta época, toma tiempo. Claro que tender no es de esta época, pero sí de estas circunstancias: saco el día entero para lavar y tender y no me mortifico. Hoy mientras tendía tomé un poco de sol. También me puse el cabello detrás de las orejas, para ver mejor la calle desde el balcón, entretenerme con el postureo de los jóvenes que recién salían de un largo día de prepa. Suave sobre las manos y los pensamientos, así transcurre la tendida: me asomo cada hora para ver cómo van secando las piezas, les doy la vuelta para que sequen del otro lado, juego con los rayos del sol, colocando la pieza más húmeda bajo el rayo más caliente. Tender es más fácil que la vida, pero también un poco como la vida: una ciencia que se aprende improvisando y a la que nos mortifica dedicarle tiempo, más y más tiempo.

Imagen: Canción sugerida para cuando termine de leer.

Adaline Torres Feliciano

(San Juan, 1994) Colecciono letras de canciones, tweets, fotos de luces borrosas, malecones, postales, paseos por plazas de mercado, ataques de ansiedad, despedidas, dichos de mi madre. Escribo pa' no llorar.

2 comentarios sobre “Estar en casa, pensar y tender

  1. Estos datos que he recibido sobre las ultimas publicaciones me hacen sentir como un niño que quiere comer un postre antes de la sopa. Esta tarde, cundo termine un trabajo que tengo que hacer las paladearé a mi gusto. Me parecen súper interesantes. Gracias.

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