Federico Fellini: su realidad superaba incluso sus propios sueños. Parte III

No podía ser otro

 

 

 

 Por: Juan Guillermo Ramírez

 

 Para un hombre es casi siempre imposible hablar de una mujer porque la mujer está allí donde empieza la oscuridad del hombre.

Carl Jung.

 

Los inútiles (1953). Federico Fellini es un narrador de historias, un verdadero mitómano. Uno se pregunta qué oficio habría podido ejercer de no haber existido el cine. ¿Vagabundo? ¿Charlatán de feria? ¿Periodista? ¿Actor? ¿Dibujante de historietas cómicas? Pero hay que dejar la hipótesis porque el cine existe. Era fatal que un hombre como Fellini encontrara un arte como la cinematografía: un arte que permite narrar historias viviéndolas día a día en el suntuoso desorden de la aventura en el perpetuo movimiento. Los italianos dicen que Fellini es mentiroso. Él mismo acepta de buena gana la acusación, explicando las virtudes de la mentira espontánea, que consiste en deformar la verdad para hacerla cautivante, insólita, significativa  y encantadora. Si las cosas no fueran observadas a través del prisma de una imaginación complaciente, no serían lo que son. Este es el motivo por el que Fellini se hizo caricaturista, después guionista y más tarde realizador de películas. Su inclinación a fabular encontró allí una aplicación ideal. Aquellos que saben afirmar que todas sus películas son autobiográficas, pero su propia biografía es al mismo tiempo una especie de película en episodios, tanto vividos como imaginados, que se vinculan implícitamente, con la tradición picaresca. El conjunto global de su obra es un mosaico de anécdotas cuya coloreada complicación compone una especie de fresco en movimiento. Los motivos de la imaginación metamorfoseada, cambian el tejido trivial de la realidad en una lucha sin cuartel. Al analizarla, vemos un millar de situaciones y tantas otras personas canalizadas a lo largo de su ya extensa filmografía. Y ya específicamente en Los inútiles se puede constatar. ¿Qué pasa en una villa balnearia cuando acaba la temporada de vacaciones? Llegan los escalofríos de los primeros rigores del tiempo, se retoma el curso de una existencia opaca, cada uno vive su pequeña vida. Los Vitelloni no hacen nada. Se trata de muchachos que no tienen la edad de sus arterias o, para hablar el lenguaje preferido de los sociólogos, de adolescentes atrasados e irresponsables. A los 30 años de dedican a las bromas y a dejarse mecer por proyectos ilusorios. Son cinco muchachos que deambulan por la ciudad de la mañana a la noche. Fausto, el seductor mediocre que desposará, por disciplina burguesa, a la hermanita de Moraldo, cosa que no le impedirá de ninguna manera el hecho de buscar, por principio, buenas fortunas; Alberto, el más pueril de la banda, que ríe y llora a la manera de un bebé crecido y caprichoso; Leopoldo, el intelectual haragán; Ricardo, el pobre diablo; Moraldo, el único que parece poseer una conciencia moral y que, cansado de los delirios permanentes y estériles de sus compañeros, abandonará el pueblo sin prevenir a nadie. André Bazin, el importante crítico francés, escribió en “Cahiers du cinema”, en noviembre de 1957; En Fellini, las tomas de unión lógica, las peripecias “importantes”, las grandes articulaciones del guión que hacen las veces de enlace, constituyen las escenas verdaderamente importantes y reveladoras. En Los inútiles, las largas caminatas nocturnas, los paseos idiotas por la playa.

Los Inútiles

El estafador (1955). Tres “bidonistas”, es decir, estafadores de bajan envergadura, viven a costa de la gente honesta, excitando sus sueños de lucro. Augusto, el veterano; Roberto, el cínico; Picasso, el atolondrado, componen un trío ‘a priori’ pintoresco, de hecho bastante siniestro. Su estafa favorita consiste en disfrazarse de curas a fin de inspirar confianza a sus víctimas. Pero las cosas marchan mal, sobre todo si se las compara con los negocios de quien llegó a enriquecerse mediante el comercio de la droga (Rinaldo), el cual los invita (para humillarlos) a una noche orgiástica. Picasso abandona al grupo en un instante de reflexión. Augusto mastica, en los pliegues de su obtuso cerebro insondables problemas personales. Cuando termina la fiesta una muchacha de 18 años, seria, encantadora, y sensible, que no conoce su oficio, le testimonia su afecto. En últimas, Augusto  se inquieta. Habiendo reunido un nuevo grupo, Augusto, casi como un autómata, decide dar el golpe que había planeado con el grupo anterior. Entonces encuentra a una muchacha joven campesina paralítica, iluminada por una fe devorante. Disfrazado de cura, Augusto se ve obligado a escuchar las confidencias de la piadosa adolescente. Esto lo confunde, le crea un estado de incomodidad en su conciencia que casi lo lleva a renunciar a la estafa. Esta debilidad le pone al borde de traicionar a sus amigos. En el momento de repartir el botín, sus compañeros, enfurecidos por haberse dejado traicionar, lapidan ferozmente a Augusto. Después de una larga noche de angustia solitaria, el veterano estafador muere pronunciando misteriosas palabras que pueden interpretarse a la manera de un remordimiento confuso.

La dolce vita (1959). El periodista Marcello recorre los lugares habituales del escándalo a fin de alimentar la columna de chismes de un diario de gran tiraje. Su joven amante, celosa y posesiva, lo anima involuntariamente a que él mismo llene la vida descarriada que practican los círculos aburridos de todas las metrópolis. Es así por ejemplo, que Marcello sucumbe dócilmente a las exigencias caprichosas de una millonaria inconsolable, y esto ocurre en la pieza de una prostituta. Precedido y seguido por un enjambre de fotógrafos de prensa, Marcello dirige y padece el desorden socio-moral de las noches blancas donde se divierte. Recibe a una superestrella en el aeropuerto, le sirve de guía, trata de seducirla, atraído sinceramente por sus abundantes encantos, ondulantes, opulentos y por su tranquila necedad. Uno de sus amigos intelectuales invita a Marcello a una especie de velada poética. El periodista ve en este hombre el ejemplo de una vida estable y exitosa. Mientras tanto, Marcello conoce el estímulo de una muchachita dulce, vivaz y alegre, sirviente de una posada y ángel provisorio. Los imperativos del reportaje sensacionalista conducen a Marcello hasta dos niños que se dicen milagrosos. Los grandes medios informativos –la radio y la televisión- se ponen en acción y la multitud sobreexcitada se apretuja para contemplar la eventual continuación de la manifestación sobrenatural. Al alba, en lugar de la curación esperada, un niño encuentra la muerte. Deambulando por la vía Véneto, en ejercicio de sus funciones, el periodista se encuentra con su padre, viajante de comercio de provincia, y lo lleva de juerga a un cabaret de lujo. Una amable cabaretera se encarga del viejo; pero éste no podrá llevar a cabo su lastimosa aventura, víctima de una crisis cardiaca que lo obliga a echarse atrás con toda urgencia. Marcello participa de una orgía mundana, organizada por una ilustre familia aristocrática en donde la triste aurora se levanta en estado de descomposición. Al final de la noche, sobre los ojos fatigados de los juerguistas. Sorpresa: el intelectual sereno y feliz acaba de suicidarse después de haber matado a sus dos hijos. Marcello se siente impresionado por esta imprevisible prueba de la desesperación de los sabios. Busca la degradación, en la que parece encontrar un placer maligno. Se improvisa animador y creador de nuevos juegos orgiásticos. Los invitados se agotan hasta la náusea. El aire fresco de un nuevo día despierta a los noctámbulos extenuados. Se aproxima un grupo que viene de la playa, donde los pescadores acaban de sacar un pescado gigantesco. Marcello atontado, no entiende, no comprende las palabras, los gestos de la muchacha que conoció antes y que se encuentra allí, en la playa, alegre y cordial.

Giulietta de los espíritus (1965). Giulietta es una “mujer de su casa”, materialmente colmada, que vive en una vivienda suntuosa con dos sirvientas, un marido abúlico y distante al que ama ingenuamente, con padres y amigos que la visitan frecuentemente. Giulietta es vulnerable. Su melancolía la predispone a aceptar las solicitudes, las curiosidades que asedian su conciencia. La revelación de la supuesta infidelidad de su marido –corroborada más tarde-, desencadena en ella un mecanismo de autodefensa bastante complejo. De esta manera, se hunde en un universo saturado de recuerdos, de fantasmas, de deseos y tentaciones. Se presta, tensa y perturbada a una sesión de espiritismo; visita a un extraño maestro espiritual – ¿impostor o iniciado?- se aventura en el antro fabuloso de Susy, su vecina, antro saturado de efluvios enloquecedores tan mórbidos, como eróticos; se imagina muchachita, aterrorizada por una secta religiosa, tendida sobre una plancha crematoria por las exigencias de una fiesta parroquial. Se encuentra con un hidalgo enigmático y de linaje que perturba; casi se abandona al rojo aterciopelado de un efebo inquietante. Paralelamente, su vida mundana, doméstica y familiar sigue su curso: fiestas en el jardín, discusiones, tejidos y muchas explicaciones. Lo mismo que un ladrón, el marido abandonado que abandonará finalmente el domicilio conyugal, para unirse con su amante. Giulietta se siente liberada como después de una tormenta.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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