Querellas que dejan huella

Pese a que era una noche especial, con mi hijo nos enredamos a la hora de salida sorteando impases cotidianos de último minuto, así que al apartamento de mi amigo llegamos cuando el partido ya había comenzado. Estábamos bastante risueños, con una expectativa jubilosa que no nos cabía en la cara. Mi amigo había sido el de la idea; chamo, me dijo en la oficina, junto a las impresoras, por qué no vemos el partido en la casa, todos, con los niños. Como arrugué el entrecejo con incredulidad se apresuró a decir: claro, chévere el plan, armonía total, todos juntos así ustedes sean los hinchas más pailas que conozco. En ese momento no le concedí mayor importancia al asunto, así que me alejé de nuevo hacia mi puesto con el semblante un poco divertido. Aquella propuesta había logrado abstraerme de unos asuntos laborales que me tenían inquieto. A partir de ahí mi amigo, como suele suceder, configuró su asedio a través del WhatsApp, preguntando a cada tanto qué me parecía la idea, poniéndome al tanto de que otros compañeros se habían sumado a aquella loable iniciativa.

Esa misma noche lo pensé y le encontré todo el sentido del mundo. Millonarios contra América de Cali en el apartamento de mi amigo, apasionado y devoto hincha del azul como lo éramos mi hijo de siete años y yo de nuestra mechita del alma. La oportunidad inmejorable para mostrarle a un niño que el fútbol también se trata de empatía, tolerancia y respeto por ese otro con quien nos hermana el amor por un deporte que nos alboroza y estruja el espíritu cada que le viene en gana. Debo ser honesto y precisar que la devoción de mi hijo por el América apenas está en proceso de decantación, su amor por la camiseta lo ha ido destilando en forma paulatina; la razón es porque algunos de sus mejores amigos, como buenos bogotanos, siguen a Santa Fe o Millonarios. De tal manera que me he visto en un estado de alerta permanente, asistiendo con él al estadio, mostrándole videos de aquellos años gloriosos, hojeando juntos las revistas del América que todavía conservo con bastante celo y celebrando eufóricos nuestro regreso a la primera categoría. Así que me decidí. Acepté la invitación como una forma de afianzar en mi hijo el amor por nuestro equipo, al tiempo que construíamos para ellos, porque estaban también los hijos de otros compañeros, una inmejorable lección de convivencia.

Cuando entramos al apartamento todo transcurrió con la dinámica que me esperaba. Había un montón de alitas de pollo en una mesa de centro, y otro montón de amigos frente a una pantalla como de diez mil pulgadas; a cada tanto nos restregaban divertidos que éramos un equipo que venía de la B, vaticinando gozosos que al final de la temporada estaríamos de nuevo en las entrañas del infierno, viéndole los colmillos al verdadero diablo rojo. Para mi consuelo comprobé rápidamente que había ido también otro compañero que es hincha de nuestro equipo. A su lado, completamente arrobado frente a la pantalla, estaba su hijo de doce años. Los comentarios jocosos iban y venían, pues suelo ponerme a la altura de los niños como una forma de desarrollar empatía con ellos; entonces respondí con soltura cada uno de los comentarios del hijo de mi amigo, el anfitrión, que no entendía cómo podíamos venerar un equipo que a él le resultaba nefasto. Hubo un momento en que mi hijo se acercó para decirme al oído con esa expresión que ahora es tan común pero de la que hasta hace un par de meses desconocía su significado: papá, nos están troleando. Entonces le expliqué que no pasaba nada, que esa era la dinámica del fútbol, de los partidos, pero que al fin y al cabo éramos amigos y que al final podríamos armar entre todos un campeonato de fútbol en el PlayStation de mi amigo. A esta revelación le siguió un entusiasmo inusitado de mi hijo, que se sumó al desorden y comenzó a mofarse también de los demás.

Creo que ni mi amigo ni yo alcanzamos a intuir que una amiga, hincha del Tolima y bastante apreciada por todos, fuera la encargada de entrar a trastocarlo todo. Cuando llegamos la saludé con efusividad, pues es de esas personas que suelen alegrarles el día a los demás en la oficina por sus expresiones de camaradería y afecto. Gorditooooo, había sido su saludo, extendiéndose cariñosa en un reguero de oes tanto como le fue posible. Durante los primeros minutos mi amiga se mantuvo al margen, escuchando los comentarios que iban y venían y atenta a unos mensajes que alguien le mandaba a su celular. Pero con el paso de los minutos se la vio más atenta, haciendo comentarios bastante atinados sobre el desarrollo del juego o los esquemas de ataque y de defensa. Mi hijo, entre tanto, se esmeraba en devorar papas, alitas y anillos de cebolla. Desde que la conocí, cinco años atrás, supe que sabía mucho de fútbol, así como de muchos otros temas sobre los que leía con verdadero esmero; pero lo que vino a estrechar la relación fue nuestro fervor compartido por la literatura. Aunque en un principio la amistad se afianzó por ese lado, con el tiempo se escurrió a otros ámbitos. A mí me gustaba hablar con ella, no solo porque es una de las mujeres más inteligentes y lúcidas que conozco, sino porque aquellas conversaciones desacartonadas solían ser ligeras y divertidas aunque escudriñaran temas de honduras extremas o chapucearan en lo banal y lo bizarro. Pero aun así algunas veces chocamos por un defecto que ella tiene, como los tenemos todos, pero que a mí me resulta particularmente molesto. Me refiero a su curiosa habilidad para hablar con propiedad y locuacidad de aquellos temas que domina, que va uno a ver y son muchos, como también de los que no tiene la menor idea. Si tiene que defender una postura, reforzar un argumento o adobar una opinión para que luzca legítima, no le importa irse de cabeza en ello, entonces puede inventar con encomiable destreza cifras, estadísticas, apelar a estudios que no existen o citar artículos leídos que milagrosamente entran a respaldarla. De tal manera que mi amiga, mientras miraba con atención la pantalla, masticando en forma pausada y con una alita de pollo en su mano izquierda, la cual tenía suspendida en el aire en espera de aquel alud que se nos vendría encima, lanzó el comentario más inoportuno que podía caber en aquella sala atestada de amigos: El América como que no piensa devolver todas las estrellas que consiguió con el narcotráfico.

A su declaración le siguió un silencio más atronador que la algarabía que de seguro había en el estadio. Mi hijo volvió su mirada hacia mí con el entrecejo fruncido, como cuando en casa lo privamos de algo y esto termina arruinándole la tarde. Entonces, fingiendo no concederle demasiada importancia al comentario, comencé a explicar que aquel había sido un fenómeno que no era exclusivo del América, que aquella mancha le había pegado por igual a casi todo el fútbol colombiano, porque carteles de la droga habían existido en Cali, Medellín y Bogotá. Esta defensa ella la recibió con un poco de recelo, mientras negaba con la cabeza y organizaba sus ideas antes de embestir de nuevo. Entonces habló de compra de partidos, dineros mal habidos que entraban y salían de las arcas del equipo para sumarnos estrellitas en el pecho. En ese momento solo atiné a rodear a mi hijo con el brazo, mientras le decía al oído que después en casa le explicaba todo, pero que mi amiga hacía alusión a una época muy fea en la historia de Colombia, con gente mala que ya no estaba entre nosotros, aclarándole que eran otros tiempos. A mi amiga le insistí en que este era un fenómeno que nos había afectado a todos, que era parte de nuestra historia y que para deshacerla tendríamos que analizar con pinzas a todos los equipos, porque varones de la droga los había también en ciudades intermedias y provincias, capos de medio pelo que mezclaban muy bien su poder con el fervor por sus equipos. Los demás compañeros se habían sustraído de la escena, atentos a la pantalla en espera de que llegaran más goles. Entonces ella decidió encumbrar su teoría con la más infame de las calumnias; estoy seguro de que no lo hizo con mala intención sino por físico desconocimiento del asunto, pues cuando sucedió ella estaría lidiando con el gateo o sus primeros pasos. El América, dijo sin siquiera despeinarse, mandó a matar un árbitro en 1989, por eso suspendieron el torneo. En ese momento me limité a arrugar la cara como una forma de desdeñar aquella incoherencia que acababa de decir. Pero como se trataba de una reunión de amigos en la que pretendíamos demostrarle a nuestros hijos que el fútbol también se trata de convivencia, volví a concentrarme en el juego, rezongando porque nuestros laterales en ese momento no daban pie con bola. De un costado me seguía llegando la perorata de mi amiga, que parecía haber comprendido que de la defensa de ese postulado dependía su autoridad en materia futbolística. El América lo mandó a matar, decía, para quedar campeones. Tuve que aferrarme a todo el aplomo del que era capaz para preguntarle de dónde sacaba aquella teoría tan descabellada, reconociéndole sí que aquel hecho nefasto en nuestra historia sucedió pero que el América nada tuvo que ver en el incidente. Debo reconocer que no sabía, o no recordaba, porque supongo que en aquel entonces todos terminamos enterándonos de los entresijos de aquel desenlace macabro, cómo había sucedido todo. Pero lo que sí tenía en claro, pues era un adolescente cuando ocurrieron los hechos, es que el América no estaba detrás de aquella tragedia ni siquiera por sospecha; de eso estaba convencido, cómo no, si en aquel entonces lo mío por este equipo lindaba con la veneración y el misticismo. De tal manera que varias veces repetí que no era así, que estaba confundida, que lo que sí recordaba es que de esto jamás hubo sentencia judicial, como para que alguien que era un bebé en aquellos años nos arrojara a todos sin el menor asomo de pudor una sentencia tan cruel.

Mi amigo, el anfitrión, trató de sortear la situación lo mejor que pudo y anunció que iba a la cocina por más alitas de pollo. Mi hijo se paró de improviso y se fue a guarecer en la sala. Cuando me fui tras él tan solo me dijo que no quería escuchar esas cosas tan feas del América. Volví a insistirle que eso que acababan de decir no era verdad, pero le pedí que se tranquilizara antes de regresar al estudio. Le ofrecí marcharnos pero no quiso, pues todavía rondaba dentro de su cabeza mi promesa de entregarnos todos a un campeonato con el PlayStation. Volví al salón dispuesto a demostrar la infamia. Cuando mi amiga volvió a repetir su sentencia, aferrada a aquella idea con la tenacidad con que un niño se aferra a su pandereta en Navidad, diciendo que aunque estaba muy pequeña ella había leído muchísimo del tema, le contesté, molesto, que no había leído nada y que no tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando. Lo dije con enfado y autoridad, pero sin gritar e incluso sin alzar la voz más de lo debido. Dispuesto a desmontar la calumnia, abrí el navegador de mi celular y encontré por todas partes los registros de la noticia, los testimonios de todos los involucrados. El árbitro era cartagenero y se llamaba Álvaro Ortega. Murió asesinado en Medellín en 1989 a manos de unos sicarios que Pablo Escobar, quien había dejado caer sobre él una amenaza de muerte tras haberle anulado un gol al Medellín en un partido contra el América, había contratado. Esa era toda la participación del América en aquel incidente, haber ganado un partido a un equipo que era apoyado por el mismísimo demonio, aquel rufián que por entonces nos restregaba a toda una generación la cara más fea del horror. Había durado tan solo un minuto buscando la noticia y cuando la encontré se la leí a todos, para que no quedara la menor duda. Aclaré también que ni siquiera se podía responsabilizar al Medellín por esto; cómo, si es todo un lugar común en el fútbol pensar que cuando una decisión arbitral nos perjudica es porque el árbitro está comprado, pero lo que no es común es que uno de los tantos hinchas que lloran ofendidos, se crea el dueño, señor y patrón de todo el país con todo y sus gentes incluidas, para silenciar a aquel juez que consideró ilícita la jugada. No tengo conocimiento ni elementos de juicio para afirmar si aquella decisión arbitral estuvo apegada a consideraciones profesionales o empañada por esos dineros oscuros que nos mancharon el cuerpo, el alma y el espíritu en aquellos años, pero sí tengo claro ahora quién fue el asesino de aquel hombre llamado Álvaro Ortega.

Mi amiga entró en cólera. No dijo nada. No respondió cuando esgrimí la evidencia, pero en su cara era evidente que algo se le revolvía por dentro. Unos minutos después se marchó, sin esperar a que terminara el primer tiempo. Acto seguido llamó a nuestros amigos en común para decir que la había humillado delante de todos, que la había gritado y maltratado. Esa es su versión y así quedó consignada en su corazón, pese a que los compañeros que estuvieron ahí han tratado de hacerle ver que no fue así, que no hubo ni grito ni maltratos, que lo que dije lo dije con enfado pero jamás con ningún tipo de irrespeto. No volvió a dirigirme la palabra ante el convencimiento de que la hice quedar como ignorante, porque a mi afirmación de que no tenía idea de lo que estaba hablando, ella le concedió poder supremo y la extendió a todos los ámbitos de su vida, como si no supiera nada de fútbol, finanzas, política, actualidad nacional o ingeniería, cuando en realidad resulta obvio que aquel dictamen solo cobijaba al asunto que se estaba discutiendo.  Al otro día me bloqueó en sus redes sociales y en WhatsApp, con esa forma tan moderna que hemos encontrado de aniquilar al otro. Desde entonces no hago sino repasar lo sucedido. Me hago un ocho la cabeza tratando de entender cómo alguien arma una discusión de fútbol con tanta vehemencia sin consentir que del otro lado le llegue el más mínimo rezongo, como cuando en una discusión política tildamos al otro de paraco o guerrillero con la ingenua esperanza de que del otro lado no nos arrojen tomates.

Tengo claro que ese no es el fútbol que queremos enseñarle a nuestros hijos; ese fue aquel que nos tocó vivir a nosotros, hombres entrados ya en la cuarentena, en medio de una de las etapas más cruentas de nuestra historia como colombianos, pero cuyos vicios por fortuna hemos ido erradicando de a poquitos para legarle a esta generación la posibilidad de reunirse todos a comer, reír y debatir sanamente mientras nos restregamos las dos caras de esa pasión que nos hermana. También me resulta evidente que lo que hirió tan hondo a mi amiga es el hecho de que la haya arrojado sin contemplaciones a darle  cara a ese rasgo de su personalidad que quizá ella misma ha detectado y aborrece. Aquella jornada futbolera terminó poniéndola frente a un espejo en el que no esperaba verse. No la culpo por lo inapropiado que resultó todo en medio de una reunión familiar con niños de por medio, pues en su juventud ella no tiene por qué tener encendido ese chip de la paternidad que a otros nos mantiene en alerta.

La vida está llena de sacrificios. Una amistad que se evapora ante el chasquido de unos dedos es uno de ellos. Y si este incidente en algún momento a ella le resulta edificante, me habré dado por servido.

Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio Muñoz (Colombia, 1974). Su libro de cuentos Desasosiegos menores, Premio Nacional de Cuento UIS 2010, publicado también bajo el título Hombres sin epitafio, por Ediciones Pluma de Mompox, fue considerado en los Premios Nacionales de Literatura Libros y Letras 2011 como uno de los cinco mejores libros de ficción publicados ese año en Colombia. Textos suyos han sido traducidos al árabe, alemán e italiano y aparecido en antologías de Colombia, España y México. Editorial Universidad de Antioquia publicó en 2015 Un lugar para que rece Adela, su más reciente libro de cuentos, el cual ha sido recibido con entusiasmo por la prensa y la crítica colombiana. El sello Seix Barral, de editorial Planeta, acaba de publicar su novela El último donjuán.

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