Un pueblo donde llovía carbón

Texto y fotos: Felipe Chica Jiménez

La fórmula para hacer dormir peces la escuché a orillas del cráter. Por esos días la minera Drummond, ubicada en el Departamento del Cesar, había tirado dos mil toneladas de carbón al mar. Me encontraba trabajando como asesor en prevención de desastres en los municipios de esa región, y aunque mi interés por el periodismo era remoto, la coincidencia me resultaba comprometedora. Entonces reservé un fin de semana para husmear por los alrededores de la mina, entrevistar un par de personas, ponerme en sus zapatos y buscar alguna historia tomando como partida las instalaciones de la compañía.

Ahí estaba, mirando a lado y lado de la carretera para cruzar y no terminar tapizado como los zorros. Cuando llegué al otro extremo, un enjambre de motociclistas se me lanzó para ofrecerme sus servicios de transporte. Escogí al más callado, Alcides, de acento difícil. Nació en un caserío apartado llamado El Boquerón, y como me pude enterar después, su relación con la mina estaba más al lado del odio que del amor.

Cruzamos por Cuatro Vientos y a esa hora el sol hacía ondular el aire sobre el asfalto. Dejamos la  autopista que une la costa Caribe con Santander y giramos hacia el corregimiento de La Loma. Días atrás, en un restaurante de camioneros, un hombre me dijo que ese era el pueblo ideal para entrar a la mina clandestinamente. La Loma está atravesada por una vía saturada de bullicio, comercio, hoteles, prostíbulos e hileras de camionetas blancas 4×4. Al fondo una montaña de basura. Quiero entrar a la mina, dije. Alcides trato de voltearse para escucharme mejor. En estos pueblos no hay atajo ni persona que un mototaxista desconozca. Aceptó luego de un breve alegato.

Sus instrucciones fueron claras, la idea sería ingresar en el próximo cambio de jornada, así, en lugar de parecer un ‘reportero’ incómodo actuaría como un empleado que durmió de más y perdió su turno en la 4×4, mi chofer sería el salvador que entró a terrenos no autorizados a fin de evitar un despido. Adentro debíamos ser rápidos para no llamar la atención. En caso de emergencia, contaba con la ventaja de ser ‘Asesor Municipal’, sacaría mi carnet, hablarían con mi jefe y de ahí en adelante yo me encargaría. Perfecto, dije.

Al día siguiente Alcides estaba afuera del hotel esperándome sobre una Suzuki Ax 100 próxima a la ruina. Todo debía parecer real. Hicimos tiempo en una pequeña cafetería y mientras sorbíamos el café la dueña limpió la mesa en tres oportunidades. Era evidente porqué lo hacía. Cada segundo caen partículas de polvo y carbón desde que comenzaron las explosiones, hace treinta años. En el cielo se posa una enorme nube sepia.

Lejos del pueblo. Cactus y pequeños arbustos, una escuela abandonada, un tren de carga, polvillo negro, rebaños de chivos y hoyasde ríos secos. Primera entrada, camionetas en un ir y venir, camuflarse no sería nada del otro mundo, pensé. En ese momento, Alcides tomó un desvío y nos adentramos por una trocha sacada de remotas épocas, sin previo aviso se abrió  ante nosotros un hueco en el que cabría una ciudad entera. Abajo una cuadrilla de mineros se asoma.

***

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Durante su nuevo turno los hombres deberán reunir veinte mil toneladas de carbón. En la mina vecina unos paleontólogos encontraron la vértebra fosilizada de una serpiente de 13 metros de largo y la llamaron Titanoboa. Cuando el clima cambió, dicho animal murió de frio, el pantano le cercó el camino y su reino de bestias se marchitó hasta convertirse en carbón. Pero justo ahora tres ingenieros instalan doscientos kilos de nitrato de amonio parar convertir 60 millones de historia en cascajo.Once volquetas como sacadas del paleoceno recogen el mineral y se lo llevan hasta el depósito. Las operaciones se ejecutan durante las 24 horas del día.

A un lado del hueco hay una colina de escombros que parece el lomo de una bestia gigante. Camuflamos la moto entre unos arbustos. Sudorosos.  Agazapados. Ingenuos. Comenzamos a subir, Alcides jadea y su cráneo tostado destella bajo el sol. En la cima el horizonte se despeja en un paisaje surreal. Una pista de aterrizaje, un lago artificial, tres agujeros igual de grandes, columnas de polvo y al fondo, la Sierra Nevada de Santa Marta precedida de tierras secas que  en los años cincuenta eran un tendido cultivado de algodón. Se dice que en tiempos de cosechas no daba abasto la mano de obra local,  y en las bodegas se guardaba tanto algodón como para hacer la ropa de todos los pueblos de la costa durante varios meses ¿Qué cómo desapareció semejante imperio?  Simple, ni el carbón funciona sin agua, y hace décadas agua es lo que falta por estas tierras.

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En 1976 GarryDrummond entendió que la sed energética de los norteamericanos además de insaciable era una oportunidad, su oportunidad, que tomó impulso definitivo con el contrato de abastecimiento de carbón de la planta eléctrica de Alabama Power. Dos millones de toneladas anuales durante quince años. Garry se valió de una amplia clientela en todo el mundo occidental antes de  llegar a Colombia. Las gestiones le dieron resultado en 1986, cuando obtuvo su primera concesión para explotar el mineral del Cesar. Desde ese día comenzó la construcción del tren de carga y la expansión de un puerto privado en Santa Marta, por donde sale cada dos días un peso en carbón equivalente al del edificio Empire State de Nueva York.

Es evidente que el centro del Cesar está enfermo, el cuadro clínico se puede resumir así: de los 310 kilómetros cuadrados que nutren río Cesar se descubrieron 248 que contienen yacimientos de carbón.  Entonces la Drummond llega. En tres décadas La Loma pasa de ser una simple ranchería de campesinos a llenarse de gente de todos lados. El presidente Virgilio Barco aplica la doctrina francesa ‘dejar hacer, dejar pasar’ y expide el código minero. Las pocas fuentes de agua se desvían y las ciénagas se secan en el proceso de expansión. La pequeña agricultura se marchita. La gente saca provecho de la mina. Los precios internacionales del carbón bajan. Comienzan las protestas  y al final del día queda un pueblo con los nervios de punta cada que la empresa ‘amenaza’ con cerrar.

De acá en adelante no podemos seguir, dice Alcides. El polvo se nos adhiere a la piel.

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Para comprender por qué el tema de moda en este pueblo de origen campesino suelen ser  los precios internacionales del carbón, hay que recordar los gráficos del Banco de la República de Colombia que resaltan el comportamiento de las exportaciones de commodities o materias primas. En cualquier lugar del planeta y a cualquier hora, expertos en inversión bursátil revisan datos, hacen transacciones instantáneas por internet, analizan cifras, proyecciones, pantallas de computadores con curvas de demanda, aumentos, rentabilidades. El negocio consiste en comprar y vender carbón virtual. La cadena de especuladores se inspira en las alzas y bajas del dólar.  Pasa que en la vida real los precios del carbón físico aumentan a niveles que ni demandantes como China pueden sostener, hasta que sus economías se desaceleran y los Garry Drummond del mundo se preocupan, pero también la gente que paga las consecuencias de todo el sistema, como los habitantes de La Loma.

Al fondo, doscientos metros bajo el nivel del mar, tres hombres con gafas señalan un tajo de roca.  Guarde esa cámara, dice Alcides, el escándalo tiene a la empresa alerta, dice, y levanta las palmas de la mano simulando dos ojos.

Hace un lustro las ganancias de la empresa fueron de tres mil millones de dólares, al país le correspondieron  278 en regalías. En aquella época intenté hacer uso de mi cargo para entrevistar al Alcalde local. El hombre nunca pudo atenderme. Debía estar muy ocupado administrando un porcentaje de esas regalías que por derecho le correspondían a su territorio hasta que Bogotá centralizó el dinero. En cambio, sí hable con innumerables líderes, campesinos, desplazados y demás gente del común que asistía a los talleres de prevención de riesgos que yo dictaba. ¿Qué hacemos con esta sequía?, preguntaban unos. ¡Recoger agua lluvia! respondían acá. ¡Sacar a la mina! Replicaban allá…

La  razón por la cual mi guía odiaba la mina era esa: desde principios de los noventa la compañía Drummond entró en un buen momento económico que la llevó a expandirse, tanto que se topó de frente con Boquerón. Alcides creció viendo como el mundo de ciénagas y silencio que lo rodeaba se convirtió en polvo. Las casas quedaron encerradas en medio de tres minas que son como gargantas que escupen carbón y humo sin parar. A los veinte y tantos se largó para La Loma a hacer lo que hacen todos; fiar una moto usada, y para pagarla, transportar putas, comerciantes, cocineros, funcionarios y sobre todo mineros en descanso.

Aquel domingo de principios de 2013 yo tenía la mirada en las máquinas de abajo,  fue entonces cuando él lo dijo: una mañana, muchos años atrás, estaba parado frente a un par de viejos machacando plantas con sebo, hacían bolitas parecidas a la semilla de una papaya, ambos hombres caminaron hasta la ciénaga próxima y las arrojaron al agua. Él los siguió. Minutos después del hechizo una montonera de peces ebrios y desmayados subieron a la superficie como buscando aire. Los viejos los recogieron con la mano y se los llevaron. Nunca había escuchado algo parecido y si aún no puedo decir que sea verdad, tampoco puedo afirmar lo contrario. Le pedí al instante que dejáramos atrás el carbón  y nos fuéramos al punto donde estaba aquel espejo de agua y me hablara sobre esos pescadores y su fórmula.  Esa sí era una gran historia. Bajamos de la colina sumidos en nuestros pensamientos, no advertimos la polvareda. Una camioneta se detuvo en seco. Los hombres caminaron hacia nosotros, Alcides molía a patadas su moto, yo improvisaba una sonrisa.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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