Dos historias que jamás se olvidan

Por: Juan Guillermo Ramírez

 

Regresan los matinales de domingo. El cine francés se toma el país con Cero en Conducta de Jean Vigo y Los cuatrocientos golpes de François Truffaut. Sus imágenes desfilan en la sagrada pantalla gigante y como en los viejos tiempos: en función doble.

En realidad, los cuatro grandes trabajos del gran director Jean Vigo fueron los documentales cortos A propósito de Niza (1930) y Taris, rey del agua (1931), y las películas Cero en conducta (1933) y L´Atalante (1934); pero por estas últimas ha sido ampliamente conocido y reconocido, consideradas un valioso aporte al posterior desarrollo del cine francés y de la famosa “nouvelle vague”.

Murió a los 29 años de tuberculosis. Cero en conducta es un mediometraje de 44 minutos, en el que Vigo luego de los dos documentales que realizó, rescató y escribió esta experiencia de su niñez. Ya que luego de la muerte de su padre, estuvo gran parte en un internado de Millau. Esta experiencia y estos recuerdos, fueron la inspiración para su filme donde retrata la vida de unos niños en un internado cuyos profesores son unos tiranos estrictos y opresores (algo muy común en la época). Vemos cómo los estudiantes se revelan ante este sistema. Cansados de seguir soportando esta situación, se rebelan contra los profesores y dan un golpe a la organización del internado. El filme se divide en cortos capítulos que revelan la acción de lo que ocurrirá, elemento heredado de las películas clásicas mudas. Además de ser un filme revolucionario y transgresor en su momento (a pesar de ser realizada en 1933, fue prohibida en Francia hasta 1945), es una película plástica en su fotografía y utiliza recursos cinematográficos en su dirección. La película a pesar de su poco presupuesto, es estética, crítica, irónica, revolucionaria, simbólica y con toques surrealistas. A pesar de su corta duración tiene varias escenas memorables e impresionantes, sobre todo aquellas con toques surrealistas, como la guerra de almohadas y en ese icónico final que veríamos varios años después en una película que le rendiría un homenaje, como fue If… (1968) de Lindsay Anderson.

Pero la influencia del cine de Vigo, y de esta película en particular, fue crucial para el posterior cine francés. Una de las películas más notorias que se nutrió e inspiró de la película de Vigo es la película de François Truffaut: Los cuatrocientos golpes. En síntesis, el filme es una oda a la libertad y a la revolución, con muy buenas actuaciones de los niños. Es un fiel retrato de la niñez dentro de estos centros de represión, que se han ido aboliendo con el tiempo. Esa canción tan alegre que suena durante parte del filme, en el inicio y el final, es una pequeña luz, esa sinfonía que representa la inocencia de los niños, de un espíritu libre que nunca debería ser sometido y mucho menos adoctrinado bajo mecanismos arcaicos. (Les invito a leer este artículo mío al respecto: Francois Truffaut: el amante del cinematografo).

Cero en conducta es una crítica frontal a un sistema educativo basado en el castigo, la disciplina rígida y la insatisfacción de alumnos y docentes, que perpetúa el sistema de generación en generación. Vigo introduce con rigor en el absurdo de las clases aburridas, de los horarios inadecuados, de los regímenes estrictos, autoritarios y arbitrarios. Vemos a los niños sometidos al martirio del tedio y de la momificación del conocimiento. En ese ambiente se genera la rebeldía, cuando los alumnos se levantan contra los profesores para combatir el autoritarismo mediante la ironía y la burla, sin armas, solamente con su creatividad, con su deseo de ser niños. Tras la muerte de su padre, un anarquista español asesinado en la cárcel, el pequeño Jean Vigo, estuvo internado por cuatro años en un colegio de Nîmes. La severidad tradicional del sistema escolar francés dejó una huella imborrable en el alma del joven, de la que nunca pudo liberarse. Vigo hace en este film un informe sobre la vida en un internado francés, un estudio de la psicología infantil, un feroz ataque contra las escuelas y un relato autobiográfico. Es un film que aboga por la libertad en la educación, cuando los niños que se sublevan contra sus maestros. Los adultos, sin argumentos, se convierten en perdedores, en seres indefensos, cuestionados y juzgados por los adolescentes. Godard consideraba a Vigo el padre del cine francés. Pocas filmografías merecen con justicia el calificativo de poéticas como la obra de Jean Vigo. Poética es la aparente facilidad con que sus imágenes traspasan las fronteras de lo cotidiano para aventurarse en un mundo de símbolos y sueños. Poética es la nostalgia que sus personajes manifiestan por una libertad perdida o jamás alcanzada. Poética es, finalmente, la selección de los temas que constituyen su breve filmografía, en la que Cero en conducta destaca como un canto a la feliz anarquía de la niñez.

François Truffaut solía decir que esta película era el más poderoso y auténtico retrato de la infancia jamás filmado. Este ‘tipo’ de documental, exige que se tome postura, porque pone los puntos sobre las íes. Si no implica a un artista, por lo menos implica a un hombre. Una cosa vale la otra.

Basada en una comedia con algunos toques del humor del poeta y dramaturgo surrealista Alfred Jarry, sirvió de inspiración para Los cuatrocientos golpes de François Truffaut. Es un canto a la rebelión contra la imposición sin sentido, una nostálgica mirada a la niñez y al idealismo de la infancia, que surge espontáneamente de los niños no condicionados todavía por la sociedad conformista. Sin embargo, Vigo, no filma con ilusiones de venganza, su película es fresca y divertida, irónica, burlesca, crítica contra el machismo y la burocracia, contra los poderes que coartan la creatividad infantil y les imponen una moral trasnochada y ridícula.

Su vida

Jean Vigo (París, 1905- 1934). Hijo de un periodista y militante anarquista catalán -Miguel Almereyda; en realidad Eugène-Bonaventure de Vigo- muerto ahorcado en una prisión francesa en 1917. En su infancia y adolescencia estuvo en un internado y quizás por las malas condiciones de vida que tuvo allí, contrajo tuberculosis, por lo que se instaló en Niza. En esta ciudad fue ayudante en un estudio fotográfico y posteriormente parte muy activa del cineclub de Niza, lo que le procuró contacto con experimentadores cinematográficos de todo el mundo. En 1929 Jean Vigo invitó a Boris Kaufman (hermano de Dziga Vertov) para trabajar con él y realizaron la obra À Propos de Nice en 1930. Puede definirse como una visión sobre una sociedad superficial en proceso de putrefacción. En este corto mudo, y por regla general, cuando trabajaban juntos, Kaufman filmaba y Vigo dirigía. Con frecuencia Vigo llevaba a Kaufman a pasear en silla de ruedas con una cámara entre las piernas y tapada por una manta -la silla de ruedas pasaba desapercibida en una ciudad como Niza-. Así eran capaces de filmar a las personas sin que se diesen cuenta, que era lo que ambos buscaban porque eran partidarios de la teoría ‘kino-pravda’ (‘cinéma vérité’). Luego realizó el documental sobre el campeón de natación Taris. Cero en conducta es su primer largo y relata el conflicto entre estudiantes y profesores en un internado. Este film fue censurado por considerarlo sedicioso.

El último film que hizo fue la historia de amor L’Atalante. A pesar de su escasa filmografía es considerado como uno de los mejores cineastas franceses. Cero en conducta se compone de breves impresiones, de inspiraciones instantáneas. Cada imagen es sorprendente, cada objeto lo vemos por primera vez. Solo vemos lo ‘actual’, y se nos sitúa en una proximidad inmediata. Ya en la primera escena se expresa la espontaneidad y la improvisación: dos muchachos en un compartimento del tren que los lleva a la escuela, con la única compañía de un adulto que duerme. El adulto pertenece a otro mundo, está rígido, duerme, no ve nada. Se balancea como un muñeco, mientras los jóvenes dan comienzo a su arlequinada; se sacan de los bolsillos toda suerte de objetos, plumas de gallina, una trompeta de latón, un globo al que pueden reventar, hondas, cuchillos, y por fin dos grandes cigarros que encienden y con cuyo humo producen grandes oleadas de nubes. Inflan barrigas imaginarias, se ponen los pulgares en los sobacos de invisibles chalecos y hacen tintinear invisibles cadenas de reloj. Se ríen del que duerme y cuando el tren se detiene de pronto y el durmiente se cae del asiento, gritan: ¡Está muerto! La realidad es materia prima para la fantasía. Ahí tenemos la descripción de otro instante: uno de los chicos pasa una mañana de domingo en casa de su tutor. Está sentado en una silla, junto a la ventana, con los ojos vendados. No sabemos por qué los tiene vendados. La atmósfera de la estancia, sin embargo, parece insinuar que se trata de algún castigo. Al tutor no lo vemos. Adivinamos que está detrás del periódico abierto, junto a la mesa. Aunque sea invisible, vigila toda la estancia. El silencio es total. Lo único que se mueve es una niña que recorre con las puntas de los dedos la tapa del teclado del piano. Luego, ella extiende el brazo hacia una bola de vidrio que pende ante la ventana. Levanta la bola, desata con cautela la venda de los ojos del chico, y los dos se quedan, como conspiradores, mirando la bola, mientras que el periódico vecino a la mesa sigue inmóvil.

La revuelta en la escuela se prepara mediante innumerables menudos impulsos. Cuando al fin estalla, se propaga como una fuerza natural. En el dormitorio, triunfantes, los chicos se arrojan sobre el maestro que los vigila y lo atan, como un crucificado, a una cama. La rebelión expresa un extático sentimiento de felicidad. Rodeados por los torbellinos de nieve de las plumas de las almohadas desgarradas, los chicos dan vueltas por la sala, en una procesión de sueño. Con altas voces de soprano cantan su himno. Desde el tejado, arrojan orinales y libros de texto al patio, donde se han reunido maestros, padres y jerarcas para celebrar una solemnidad. Los señores condecorados, los funcionarios que gesticulan con gravedad, el director, que es un enano chillón, los bomberos barbudos que han acudido a ejecutar ejercicios gimnásticos, son expulsados y arriba en el tejado, jubilan los vencedores, en su fresca y prometedora libertad. Las películas de Vigo son una fuente de inspiración inagotable. Todo director aprende continuamente de ellos. Su influencia se manifiesta en las cintas de los italianos recientes, en los trabajos de los jóvenes franceses, en las nuevas películas independientes estadounidenses.

Cero en conducta pretende mostrar algo más que la habitual dicotomía de la lucha entre el inconformismo de la juventud, manifestada principalmente en el quebrantamiento de las normas de la escuela y en la desobediencia e indisciplinas constantes con respecto a los estudios, y la implacable autoridad, que ejerce sin límites sus prerrogativas en forma de castigo físico, apoyada por una creencia social dominante que considera estas prácticas como parte de la formación de los jóvenes, frente a quienes se atreven a sobrepasar los rígidos límites de la normativa escolar, sino que pretende mostrar también el carácter y los diversos estereotipos de quienes sirven a esa autoridad. Entre el profesorado de los muchachos protagonistas, hay viejos docentes muy académicos, criaturas ancladas en la época del Segundo Imperio Francés o incluso antes, pero también productos de la modernidad y del relativismo posteriores a la Gran Guerra y todavía inocentes en cuanto a la barbarie que se está ya anunciando desde el vecino país alemán. Sin embargo, todos ellos, los modelados conforme a la antigua usanza y los profesionales jóvenes de más amplios horizontes, conservan, en cuanto a brazos de la autoridad opresora, un carácter perverso, pérfido, hipócrita, en el que combinan una preferencia por el mantenimiento de unas formas, de unas reglas visibles por todos, con un, en privado, apenas disimulado desenfreno, en una dualidad de comportamiento en la que combinan una rigidez normativa y de proceder de cara al exterior, con un secretismo de perversiones y perfidia, ejecutado con retorcida malicia, y en la que los jóvenes alumnos también son los paganos, pervirtiendo por tanto el objeto de la enseñanza, y convirtiéndola en un régimen disciplinario y de valores más propio del ámbito militar en el que no caben la comprensión, la discusión, el debate, sino sólo las órdenes y su cumplimiento.

Cero en conducta refleja una educación tradicional, en la que la arbitrariedad es la norma común de comportamiento por parte de profesores y autoridades. Los alumnos no discuten el poder, en un ambiente de muros altos y filas ordenadas, donde se copia al dictado, pero no pueden pensar ni crear. Una escuela que ha permanecido inmutable durante muchos años, en la cual el recreo es visto como una pausa en los deberes y el premio para los buenos alumnos, una escuela en donde es necesario correr al ritmo que marca un silbato, en donde todo debe ser regulado. En un correccional no tiene por qué haber educación, ni integración en la sociedad, solamente se busca la reforma del individuo, la adecuación a las leyes, la uniformidad. En ellos no existe interacción ni reconocimiento del alumno como sujeto y no se consultan sus intereses. Son un castigo y, como tal, actúan sus directores y maestros. La humillación del alumno es norma, la limpieza un castigo, la única didáctica la obediencia ciega. La disciplina se logra por la vigilancia permanente, el maltrato, la falta de libertad y autonomía, en donde no se tiene en cuenta al alumno, que se convierte en un lugar indeseable y cerrado. El sustento principal del ejercicio de la violencia es la acción pedagógica, la imposición de la arbitrariedad, la autoridad, sobre la que descansa toda la enseñanza, en la escuela o en el hogar. En este sistema los alumnos deben aceptar el derecho de las personas que tienen autoridad pueden hacer lo que deseen, o de otro modo esta autoridad se desvanece.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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