Poemas dedicados a César Vallejo

Ilustración: Mauricio Robledo Arias.

Abril 15 de 1938

En las Galias,
Confabulado con el tiempo
Agoniza César Vallejo.
Su alma bruja baila la danza india
Alrededor de su cigarrillo encendido,
Para que la lluvia lo acompañe
En su hora final.
La hoguera ha dado resultado.
Sus pronósticos empiezan a encasillar
Letra a letra,
“Me moriré en París con aguacero”.

Carlos Héctor Trejos Reyes

***

A veces

Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más, en ocasiones.
Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved:
no pasa nada.

Lo expresaba muy bien César Vallejo:
«Lo digo, y no me corro».

Pero él disimulaba.

Ángel González

***

Por Vallejo

Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: —Todavía.
Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor
del énfasis. El tiempo es todavía,
la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas
de todos los veranos, el hombre es todavía.

Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano
y en piedra más que piedra, dio en la cumbre
del oxígeno hermoso. Las raíces
lo siguieron sangrientas cada día más lúcido. Lo fueron
secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio.

Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen
ni nos habló en la música que decimos América
porque éste únicamente sacó el ser de la piedra más oscura
cuando nos vio la suerte debajo de las olas
en el vacío de la mano.

Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso.
No en París
donde lloré por su alma, no en la nube violenta
que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro
sobre la nieve libre, sino en esto
de respirar la espina mortal, estoy seguro
del que baja y me dice: —Todavía.

Gonzalo Rojas

***

Elegía quinta

Un hombre pasa con un pan al hombro.
¿Voy a escribir, después, sobre mi muerte? […]
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre.
¿Cabrá eludir jamás al Yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras.
¿Cómo escribir, después, del infinito?
Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza.
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

César Vallejo

Tengo la rara sensación
De estar viviendo los sueños
Que otros ya vivieron:
La lámpara encendida tras el miedo,
El camino con viejos cuadros de ocasos,
La monotonía de los barrios,
La polilla de la paciencia entumecida,
Gastada en el madero de los sacrificios:
“señas me da mi ardor de fuego eterno”.
El alma cuelga de las enredaderas:
Sensación deshilvanando hipos,
Manos desarticuladas en el océano de los circos.
Sueños: Pesados sueños en triciclos
Debutando con calambres y rara sed de cansancio,
Cuando los genitales se llenan de tizne,
Y el whisky, sólo sirve para recordar párrafos
De la maltrecha insolencia del tiempo.
Pero los sueños no son alegres ni cuando están en reposo,
Ni cuando la imagen cotidiana los arremolina,
Ni cuando los alfileres del aire apremian,
Ni cuando vemos el amor ansiosamente líquido.
En todo sueño, es evidente un bosque de agujas;
Aunque la necesidad del mismo arrulle analgésicos,
Como pensar la geometría de Helena,
Descolgándose en pañuelos de gaviotas.
También los sueños, en su cavar poseso,
De vida humana y de pálido deseo,
Nos llevan a inviernos de sombra y silencio,
Y a aljabas donde todo se hace hielo.
Alguien, sin embargo, tira flechas desde Cipango,
Para vivir, también, su propio sueño:
Navíos de Venus o de Baco,
Kamasutra de esos vientos donde siempre naufraga,
el éter ávido del horizonte:
Niño sentado agujereando las nubes,
Y el aguacero de los sueños. Sueños nada más
De abandonadas brújulas y ciegos velámenes.
“Ítaca [nos brinda] tan hermoso viaje —dice Cavafis—.
Sin ella no [habríamos] emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que [darnos].
Aunque la [hallemos] pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así entenderás qué significan las Ítacas”.
Es decir, ese severo horizonte de los sueños,
Cuando el futuro se gasta en la suela de los zapatos,
Y la realidad muerde: ojos, cabellos y rostro.

André Cruchaga

***

César Vallejo invita a una cena

César Vallejo
Invita a sus amigos a una cena.
Se pide ser puntual, traer pan y no usar collares
de granizo.
Hay suficiente frío en la alacena.

La voz anuncia que empieza a caer en París
un aguacero.
No le importe venir:
Los pronósticos del tiempo
No son los de la muerte.

Al fondo está el salón
Donde el tiempo raído del invierno,
O quizás los imprevistos, dejan ver
Tan sólo una pareja de silenciosos
Comensales: el poeta y su sombra.
Viste mejor la sombra que el poeta,
No se le ven los pliegues que han dejado en
el traje de su amigo,
París, los húmeros mal puestos, la lluvia,
El remoto viaje de Trujillo hasta Lima.

César Vallejo
Invita a sus amigos a una cena.
Se pide ser puntual, traer vino
Y no olvidar en casa su nómina de huesos.
Hay suficiente espacio, suficiente espacio en
su silencio.
La voz se hace más meliflua en la radio,
La voz que invita a los amantes a cubrir
De otra piel su desnudez.

Al otro lado de la noche
César Vallejo dibuja en los restos del café,
En su oscuro sedimento,
Al diluido hermano de juegos
Que tiene en el fondo del pocillo los rasgos
de la muerte.

Es otro juego al que regresa con su hermano
Miguel:
La muerte, como los niños, escamotea cuerpos
Cuando juega al escondite. Por algún recodo
de la noche,
Vallejo busca a su hermano
En salones y zaguanes de otro mundo.

Ya no se oye la voz de la cantante
Y hay quien dice que la muerte toca el sol,
toca la quena.

César Vallejo
Invita a sus amigos a una cena.

Se pide ser puntual,
Traer también al desconocido y su señora.

Juan Manuel Roca

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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