Añejamiento

Imagen: André Fromont

Cuando uno menos se lo espera, y hasta cuando más, del cielo le cae lo que menos imagina, lluvia, sol, hojas secas o mierda de paloma. Hoy, por ser un día cualquiera, me sucedió. Todo sucedía normalmente hasta que fui invitado por alguien sin rostro a participar en una revista literaria en donde el principal requisito es no revelar el rostro. Acepté gustoso, sabiendo de antemano que para quien escribe, para quién escribe realmente, es imposible tal hazaña. Pero digo imposible desde el punto de vista literario, porque quien lea sabe que en todo lo escrito hay rostros de quien escribe y, posteriormente, de quien lee. Así funciona el mundo de las letras, siempre estamos viendo cosas únicas en nuestra mente y, que me perdonen los puristas si pueden, siempre por una única vez. Y me sentí en mi hogar porque tan pronto vi que podía ser yo sin verme obligado a posar, supe que hay seres anónimos en busca de lo que verdaderamente me importa en cuanto hablo la literatura, y eso es la literatura como entidad independiente del rostro y currículo de quien la hace.

En cuanto envié la aceptación por escrito, me lancé de cabeza sobre mis manuscritos amontonados en una esquina de la biblioteca. De tantas veces que los he consultado, leído y releído, ya hay algunos que me sé de memoria. Pero esta vez había un cuaderno que no recordaba, casi nuevo, anillado, incrustado entre unas hojas amarillentas y una agenda anterior al año dos mil, el inicio de nuestra era. Me maravilló no haberlo visto sino hasta entonces y, de inmediato, olvidé todos los demás y lo tomé como si fuera un trofeo por el que luché hasta derramar gotas de sangre, como todas las que derramamos. Salí corriendo al baño, para mí portal místico de la literatura moderna y de la poesía, me senté y empecé a leerlo. Lo primero que noté fue que la caligrafía era la misma que yo usaba cuando empecé a escribir, unas mayúsculas sin acentos, tan agresivas como ignorantes. Luego, que tenía muchas notas al margen, correcciones afanosas y tachones inmisericordes, notas en papeles adheridos a las esquinas, elementos relevantes en la historia que se quería contar y hasta una postal del país y la época donde ocurría la historia. Historia que, por cierto, transcurre en el futuro, cuando yo tengo la edad que tengo hoy, y habla de un hombre que un día cualquiera encuentra algo en su cajón, algo que no recordaba haber guardado allí. El hombre que tiene mi edad lo toma y lo observa, extrañado por las instrucciones que lo acompañan. Se trata de un artefacto similar a un reloj, en el que, oprimiendo un botón, podría dirigirse a cualquier momento de su vida, pasado o futuro y pasar allí algunos minutos. Acto seguido, digita la fecha del día anterior a la fecha de su propia muerte, oprime el botón y cierra los ojos con fuerza.

El relato cuenta lo que sucedió después, por supuesto, pero no lo contaré porque basta con decir que antes de saber que era escritor ya sabía que se puede ir al pasado a mejorarlo a través de la literatura. Con algunas correcciones estará listo para enviarlo a la revista de los hombres sin rostro y ya se podrá leer el final en su momento. Porque lo que importa ahora es que siempre vendrá esa voz, de la nada, de nadie, a decirnos lo que no sabíamos que podíamos decir. Literatura, para resumirlo en una palabra, si me perdonan los puristas del lenguaje.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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