Pilar Miró: cuando la ausencia pesa

Por: Juan Guillermo Ramírez

 

Vivir no es fácil.

P.M.

 

Una semblanza de esta mujer pionera debe incluir, como cualquier otra, varios aspectos. Pilar Miró (1940-1997) fue la primera directora de la historia del cine español. Comienza en la década de los años 60, en una España franquista, retrasada y censurada. Adopta ese empuje y ese gesto duro para salir adelante, asimilando modos y comportamientos de hombre, adaptándose al ambiente para lograr integrarse en él, masculinizándose hasta un punto en que la seriedad y la tenacidad inquebrantable se convertirán en sus principales rasgos exteriores. Era pura adaptación al medio, pero no solo eso. También máscara protectora, parachoques, pantalla de vulnerabilidad, caparazón que escondía muchas cosas.

Un segundo elemento determinante fue su delicado estado de salud, su corazón débil. Pilar Miró llevaba décadas luchando por y contra su corazón, que ya había sido operado muchas veces. Enérgica defensora de sus ideales hasta la extenuación, mujer tremendamente seria para el trabajo; siempre dependeré de unos medicamentos y de unos análisis continuos, y siempre tendré más deseos que fuerzas, pero moriré con las botas puestas.

El tercer elemento es su independencia, que se proyectó tanto en el plano profesional (requisito necesario para cualquier tentativa artística) como en el personal. Como madre soltera y consciente, como cineasta, como responsable político. La sensación de ausencia que ha provocado su desaparición súbita ha dado lugar a una reflexión sobre el papel en la sociedad española en los últimos 25 años. Ahora todos se acuerdan, algunos se contradicen. Ahora aflora la tremenda injusticia que se cometió con ella cuando fue utilizada como objeto interpuesto de una bala dirigida a otras personas y fue objeto de una gigantesca campaña de descrédito personal. Ahora se recuerda que aquel proceso terminó con una sentencia judicial absolutoria, que no la evitó años de soledad y escarnio público, precisamente en la época de gran corrupción del Partido Socialista Español.

Dedicó esos años al trabajo (cine, teatro, ópera) y acabó volviendo al lugar que le correspondía, como mujer influyente y comprometida.

Lo que debería quedar en la memoria, es la trayectoria personal de una de esas primeras mujeres luchadoras, duras, implacables, solas, muy solas, que se echaron al hombro siglos de aislamiento y abrieron un hueco en el manto negro y pesado del franquismo nacional católico y patriarcal.

Pilar Miró es un ejemplo por haber unido a su vocación artística (el cine, el teatro, la ópera, los clásicos) el compromiso con la realidad de su tiempo, que la llevó a participar políticamente, y a opinar siempre, desde su lucidez nada partidista. Su muerte ha caído como un verdadero golpe en España. Era un modelo a seguir. En tiempos de indefinición y comodidad (de mediocridad), Pilar Miró era un referente contemporáneo de persecución laboriosa y firme del ideal.

El crimen de cuenca

Realizada en 1979 pero estrenada en Madrid el 17 de agosto de 1981, fue la primera película de la censura, prohibida durante más de un año en ese país ya democrático y constitucional, y cuyo estreno fue un acontecimiento social, lo recordaba Francisco Umbral, en su columna el día siguiente a su muerte: Toda España era un crimen de Cuenca, acudimos al estreno, en Fuencarral, y volaban las hostias y los grises porque el viejo romance negro y español, que tú hallaste en cine sabiamente, estaba lleno de pobres sangrientos, enverdecido de guardias civiles. Tras atreverse a mostrar tan descarnadamente los puntos negros de la intrahistoria, qué quedaba ya por cortar. Nunca se ha vuelto a secuestra o prohibir una película. Fue El crimen de Cuenca la última.

Esta película es la reconstrucción de un hecho real. Se trata de un error judicial, de la exposición de torturas. No está presente la sangre, no hay tanta violencia. Lo que más influía era pensar que eso había ocurrido realmente y que lo habían hecho militares de la Guardia Civil.

José María Grimaldos, alias “El Cepa”, un pastor de Osa de la Vega, desaparece en el campo. Aunque otras veces ya había ocurrido y su comportamiento era bastante irregular, su madre se obsesiona con la idea de que ha sido asesinado y acusa a dos hombres del pueblo: León y Gregorio. Por razones políticas la acusación va prosperando y los dos hombres son detenidos y torturados bárbaramente hasta que, agotados, se inculpan del asesinato. Nunca se encuentra el cuerpo del asesinado y ellos son condenados a 18 años de cárcel. El hecho se convierte en copla de ciego y cuando llega la historia a Mira de la Sierra unos años después, “El Cepa” se da cuenta de que es su propia historia y regresa a su pueblo. Los condenados son liberados y la justicia intenta con una serie de leyes corregir uno de los mayores errores judiciales de su tiempo.

Tras su estreno se convirtió en la película más taquillera del cine español. El debate político que provocó dejó en un segundo plano su análisis cinematográfico por una buena parte de la crítica. El crimen de Cuenca es una película valiente, vigorosa, apasionada, pero irregular. Rodada con su habitual academicismo, Pilar Miró consigue en ella que los saltos temporales de la historia (la desaparición de “El Cepa” y las primeras denuncias de la madre / la detención de Gregorio y León, torturas, juicio / la salida de ambos de la cárcel, con la consiguiente y penosa reinserción), se produzcan de forma natural, en un bloque uniforme que es a su vez un gran flash-back, que se abre con el romance del ciego que sirve para presentarnos ya (aunque no lo sepamos) a la falsa víctima y se cierra con la vuelta al pueblo de “El Cepa”. La ambientación está cuidada hasta los últimos extremos, pese al bajo presupuesto, mientras la fotografía de Hans Burman salta con solvencia de las tierras manchegas quemadas por el sol a los sórdidos interiores carcelarios de iluminación difusa.

Frente a ello, lo más interesante de El crimen de Cuenca, a nivel argumental, es su reflexión acerca de la vulnerabilidad humana ante el sufrimiento. A lo largo de la película asistimos a la degradación de las víctimas. Los dos amigos hasta entonces inseparables (Gregorio se solidariza al comienzo de la cinta con León, cuando el terrateniente don Francisco le comunica que se ve obligado a despedir a su compañero) acaban cayendo en una red de traiciones, sospechas y acusaciones falsas. Lo mismo hará “La Varona”, que termina acusando a su propio marido para salvar a su hija de las amenazas del sargento de la Guardia Civil y será incapaz de ofrecerle su pecho solidario ante los delirios de la sed. Por eso, la vuelta a casa la hará Gregorio en silencio. No puede dejar de sentirse traicionado y traidor. Ambas sensaciones desaparecen con la reaparición de “El Cepa”. Cuando conoce la noticia su primer pensamiento va hacia su compañero: Si ha aparecido “El Cepa”, que ‘puede’ ser, entonces León es inocente. De hecho, la película se cierra con el abrazo de los dos amigos, tras la emotiva, aunque forzada, secuencia del montaje de las tres comitivas (la de Gregorio, León y “El Cepa”) hacia un cruce de calles en el pueblo.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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