Imberbe

Imagen: Hernán Piñera

En un lugar del mundo de cuyo nombre no quiero acordarme, ni deseo hacerlo, se decretó que los hombres sin barba dejarían de serlo a partir del edicto y que, de querer serlo, tendrían que abandonar la ciudad para no mancharla con tanta piel desnuda.

Según esa nueva vieja moda de usar la barba me temo que, otra vez, me quedaré por fuera de los tantos montones de gente delirante que he dejado atrás por mis incapacidades físicas o mentales para lograrlo. Una de tantas, entre ellas la barba que nunca me terminó de convertir en hombre moderno, es la del rostro perfecto, para no hablar, por obvias razones de la del cuerpo perfecto o de las prendas de vestir, que es una en las que más me destaco menos porque, se sabe, quien vive con ropa reciclada no puede llamarse precisamente alguien con estilo propio. Por eso es que tengo una colección bastante nutrida de máscaras, una para cada ocasión, un color diferente a la vez, una forma nueva cada tanto. Adonde sea que vaya las compro, las pido prestadas o las robo, además de todas las que me han regalado a lo largo de la vida con cualquier pretexto, cumpleaños, navidades, ferias del libro. Así que no se extrañen si el que ven hoy a los ojos no es el mismo de la siguiente línea, porque con seguridad, en menos de lo que cante un gallo que me invente, habré mudado a una nueva manera de ver el mundo.

Nada más ayer, en un café cualquiera de una ciudad cualquiera, bebía yo algo mientras una pareja de jóvenes se me acercó para preguntarme si era el mismo que escribía como si el mundo se fuera a acabar ayer y me señalaron en una revista la imagen en donde estaba un hombre igual a mí. Les dije que lamentaba el incidente pero que, por error, aquel día había usado la máscara de ese hombre y que no era tal persona, además de confesarles que no tenía idea de lo de escribir porque lo mío era leer sin respirar. Luego les invité un café para reparar la desilusión que les causé mientras ellas me contaban un poco del hombre. Una habló maravillas y la otra, en cambio, pestes, lo que quiere decir que él lo había hecho bien en cuanto a despertar pasiones, si es que este es uno de los fines respetables de la escritura. Me uní opinando sobre el texto que me enseñaron. Dije que era un escribidor cualquiera y que, si en verdad les gustaba leer, podían invertir mejor su tiempo. O, les advertí luego de un pequeño silencio, también pueden cambiar de máscara, o usar una de las que llevo conmigo en mi maleta, para dejar de ver al hombre con los mismos ojos y, tal vez, descubrir que se trataba de un impostor de la palabra, como tantos que hay por ahí sueltos por las calles. Accedieron y, en cuanto las tuvieron encima, se quedaron mirándome, en silencio, esperando a lo mejor que les escribiera algo en vivo.

Escribí esto, pero todavía no se van de mi lado, se convirtieron en mi sombra, dos sombras que son una sola conmigo. Es decir, tres personas diferentes y un dios verdadero, con todas sus caretas a la orden del día, para no hablar de las mentiras.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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