Juan malo

 

Ilustración: Mariana. Cortesía de El Dibujadero.

Por Juan Fernando Ramírez Arango.

 

  1. I told you

No sé por qué me remiten el boletín de noticias del CEFA, acaso porque seis de cada diez mujeres con las que he copulado son egresadas de dicho colegio. Tal vez por ese sentimiento de culpa no lo he etiquetado como spam y eventualmente lo leo. Así, en el número más reciente, me llevé una sorpresa agridulce: la muerte del profesor más odiado de la historia de la Universidad Nacional sede Medellín, el popular Juan malo. La necrología no está firmada, pero se ve que el autor anónimo conoció bien al difunto, a lo mejor fueron colegas. Según el presunto colega, Juan malo recaló en el CEFA en medio de un paro interminable en la Universidad de Antioquia, donde estudiaba matemáticas, no sin antes hacer una escala de un año en el Éxito, como vendedor de mostrador. Allí, en las vitrinas del supermercado de la tiranía amarilla, Juan malo aprendió los rudimentos de su pedagogía impar, esto es, los peores trucos del servicio al cliente. Los aplicó por dos años en el CEFA, y de ahí pasó a la Nacional. Se desconoce cómo dio ese salto a la educación superior, es uno de los grandes misterios de la burocracia docente, sobre todo porque Juan malo seguía sin graduarse, la U. de A. continuaba en paro. La leyenda urbana dice que nunca se graduó, y una prueba mayor la confirma, no hay registros de su tesis de grado en ninguna biblioteca. Sea lo que fuere, Juan malo se encarriló por el camino de las vacas sagradas: llegar a ser profesor asociado en el menor tiempo posible, para luego echarse en las petacas, hasta la jubilación. Lo logró en ocho años, tras los cuales se dedicó a perfeccionar su rol de malo, de profesor en contra de aquella máxima de las Analectas de Confucio, consignada en la sección consejos varios: “El que exige mucho de sí mismo y poco de los demás, estará libre de odio”. Juan malo era tan odiado que, como escribió el autor anónimo, el presunto colega, en treinta años de carrera en la Nacional solo un estudiante votó por él para el premio a la excelencia docente. La votación la hacen los estudiantes a punto de egresar, como requisito de grado, a través de un formulario estándar. Recuerdo bien la fecha y el lugar en el que llené ese formulario, el 3 de diciembre de 2002, un martes, en los bajos del bloque 21, más allá de un esténcil de Marx con un mensaje en inglés: I told you. Y sí, yo fui el idiota que votó por Juan malo.

  1. El bueno, el malo y el feo

La noche en que me enteré del fallecimiento de Juan malo, no dormí, alimenté mi insomnio crónico tratando de reconstruir la época en que fui su alumno, pero no pude hilar delgado. Para hacerlo, tenía que abrir las carpetas de mi paso por la Nacional. La necesidad era tan irrefrenable, que visité a mi mamá después de mucho tiempo. Resumió mi lapso de ausencia a través de los lunares que le han cambiado de color y de las biopsias que le han practicado. Agregó que mis cosas estaban en el closet, junto al árbol de navidad. El polvo acumulado me remitió a los primeros semestres que estudié en la Nacional, por entonces una suerte de universo post apocalíptico, reducto de dos grandes construcciones: el Punto Cero, equilibrio inestable de Medellín, y la nueva biblioteca. Era obligatorio usar tapabocas, la misma universidad los proporcionaba. También había pasado a Medicina en la U. de A., pero opté por lo más sencillo, estudiar Economía en aquella nube de polvo. Abrí la carpeta de Cálculo I. Materia que tuve que matricular con Juan malo, forzado por el sistema de registros, que funcionaba por meritocracia, y como yo ya la había perdido dos veces, me asignó un profesor por definir, y por definir era sinónimo de Juan malo. Él era el encargado del trabajo sucio, de hacerle la vida imposible a los que veían por tercera vez Calculo I, en sus manos estaba la continuidad o la expulsión de los estudiantes doblemente repitentes. Saqué el programa de aquella materia, y recordé la primera clase: como si fuera una reunión de aritmofóbicos anónimos, Juan malo nos pidió que nos presentáramos y que expusiéramos los motivos por los que habíamos perdido Cálculo I en dos ocasiones. Cuando llegó mi turno, no supe qué decir, simplemente puse cara de póquer. Como sufro de flushing, me enrojecí poco a poco, peor que una escalera de diamantes. Posteriormente, encontré el primer parcial. Iba desde inecuaciones hasta máximos y mínimos, pasando por límites, regla de la cadena y circunferencias. Saqué dos con seis. Sin embargo, lo debí haber ganado. Juan malo me puso cero en el ejercicio de máximos y mínimos, que valía 40%, sabiendo que había encontrado la clave del problema y que apenas me equivoqué en la parte operativa. Al lado del cero escribió una frase: “No es una broma, es una soga”. Ya que mis mejores interpretaciones excedieron el contexto, busqué la frase en Google. Es una línea de El bueno, el malo y el feo, se la dice el bueno al feo una secuencia después de asesinar al malo. Es tan curiosa que su sentido sobrevive el golpe de la traducción sin perder la música. Al pasar de “It’s not a joke, it’s a rope” a “No es una broma, es una soga”, lo único que cambia es la rima, de consonante a asonante. Luego, a lo mejor lo que quiso decirme Juan malo es que pidiera segundo calificador.

  1. Los 6850

El secreto para ganarle Cálculo I a Juan malo, fue un libro viejo, en desuso. Por entonces el texto guía de esa materia era la séptima edición de El cálculo con geometría analítica, mejor conocido como el Leithold, por el apellido del autor. Al Leithold había que rendirle culto por lo menos tres semestres, durante Cálculo I, II y III. La gente lo cargaba a todas partes, como si fuera un Discman. Quizás por esa itinerancia y por ser un mamotreto, se desbarataba fácilmente. Una vez empastado, se volvió una moda personalizar la pasta, casi siempre con motivos anárquicos o con arte inconformista soviético. Yo no entré en esa tendencia porque nunca compré el Leithold. Es más, no abrí uno hasta que no me topé con Juan malo, pues me creía capaz de ganar Cálculo I sin estudiar. Ni siquiera sabía que era de reserva. Lo supe cuando fui a prestarlo a la biblioteca de la Nacional, justo después de la primera clase con Juan malo. Todos los ejemplares de la sexta y séptima edición prestados, y una kilométrica lista de espera por delante, de varios días. Afortunadamente, el responsable de los préstamos, Luis Fernando Cuartas, un poeta neonadaísta que todas las vacaciones realiza la travesía de Fernando González en Viaje a pie, se apiadó de mí. Me preguntó con quién había matriculado Cálculo I. Le respondí y él replicó que me olvidara de la sexta y séptima edición, y en su lugar llevara un Leithold de la segunda. Trajo uno del estante. Y luego tuvo el insólito gesto de cortesía de cambiarle la etiqueta de reserva por la de circulación general. Más allá de sus páginas amarillentas, para ser de 1973, estaba intacto. Me sorprendió la portada, de las mejores que he visto: en negro sobre rojo, una lámpara de escritorio encendida, estilo Art Decó. Años más tarde, en 2005, en el largo obituario que le dedicó Los Angeles Times a Louis Leithold, descubrí que fue en la única que le consultaron el diseño, y que estaba inspirada en su colección de afiches de películas antiguas, la más grande de la costa pacífica estadounidense, en su gran mayoría Art Decó. Colección que quedaba a la deriva, sin herederos directos. El libro era una donación hecha en 1986, el nombre del donante estaba en la primera página. En la introducción, decía que ningún otro texto de matemáticas le ofrecía tantos ejercicios por resolver a los estudiantes. Aunque la cifra me abrumó, prometí que si le ganaba Cálculo I a Juan malo los resolvería todos. Y así fue. 6850 ejercicios, desarrollados en más de quince mil hojas tamaño carta. Entre ellos, perdidos, como impulsados por un generador de caracteres, escribí algunos poemas cortos, cuyo hilo conductor era la soledad. En 2007, los reuní y se los envié a Luis Fernando Cuartas. Me invitó a leerlos en “Taller de Luna”, su programa semanal en UN Radio. Nunca le respondí…

Posdata 1: Louis Leithold fue el mentor de Jaime Escalante, aquel profesor boliviano interpretado por Edward James Olmos en Stand and Deliver, aclamada película de 1988. Juan malo era la antítesis de Jaime Escalante.

Posdata 2: En 2011, investigando la historia del activismo estudiantil en la U. de A., encontré el nombre del donante del libro. Era un estudiante de ingeniería que hizo parte de un grupúsculo N. N. cohesionado por la ideología de Althusser. Mientras el resto de activistas luchaba por la autonomía universitaria y el cogobierno, los althusserianos querían refundar la universidad. Todos perdieron. El estudiante de ingeniería estuvo en la U. de A. desde 1971 hasta 1982, década de paros en la que Juan malo inició su leyenda en la Nacional.

Posdata 3: En 2004, después de treinta años, el Leithold dejó de ser el texto guía para afrontar los tres Cálculos en la Nacional. Fue reemplazado por el Stewart, el mismo de EAFIT.

  1. “Hoy.”

La última vez que vi a Juan malo, fue en 2015. Yo estaba en un café del Parque de los Deseos, acababa de presentar una ponencia en un congreso de literatura hispanoamericana, en el Edificio de Extensión. La titulé “Pablo Montoya: más anacronismos en sus novelas históricas que Fucks en Pulp Fiction”. Me fue mal, los asistentes no conocían la obra de PM. Tan mal, que me alegré cuando apareció Juan malo. Venía en compañía de una mujer joven, una de esas que compra ropa vintage, usada, y la actualiza por contraste, calzándose unos Adidas Superstar o Stan Smith nuevos. ¿Será su enfermera personal? Lo pensé al verlo tan consumido, además tenía un vendaje en el cuello. Se sentaron dos mesas más allá. Ella ordenó por los dos, para Juan malo un americano y para ella un capuchino. Yo había pedido un expreso. No sé por qué me dieron ganas de hablarle, si solo lo había hecho una vez, cuando me sacó al tablero para demostrar la derivada de un cociente. No bien la terminé, Juan malo la borró, dijo que mi letra era ilegible, y yo repliqué que no hay tableros para zurdos. Cinco palabras en un semestre. Quizás lo que me motivó fue esa cifra, yo creo ciegamente en los números primos. Entonces clausuré mi monólogo interior y caminé hacia él: “Hola Juan, yo fui alumno suyo”. Seis palabras, ya era un paso adelante. Juan malo palideció. En cierta ocasión dijo en clase que no había nada más peligroso que un ex alumno, generalizando el caso de uno que le lanzó una botella en pleno Carlos E. Restrepo. Antes de que Juan malo abriera la boca, la mujer metió la cucharada. Dijo que yo me veía muy joven para haber sido alumno de su papá, jubilado en 2001. Yo le iba a responder que era gracias a mi vegetarianismo estricto, pero mejor saqué mi carnet de egresado de la Nacional y se lo mostré a los dos. Ella se lo pasó a él. Ambos tenían el mismo mantra tatuado en el dorso de la muñeca derecha: “Hoy.”, una suerte de recurso en contra del pensamiento circular. Guardé mi carnet y Juan malo por fin habló, pero no le entendí. Hacía mucho esfuerzo, era como si, queriendo gritar, terminara susurrando. Ella lo tradujo, dos preguntas en una: ¿Qué materia vio conmigo, y en cuánto la perdió? Cálculo I, y no la perdí. Juan malo susurró que nadie le ganó Cálculo I en los últimos doce años de su carrera docente. Ante la contrariedad de posiciones, su hija tuvo la gentileza de invitarme a tomar asiento. Yo agregué que fue en el primer semestre de 1998. Él musitó que nadie le ganó Cálculo I en los años mundialistas, de mundial de fútbol. A mí me causó mucha gracia esa estadística, reí y le contagié la risa a la hija de Juan malo. La risa cortó la tensión y sin ella tuve un momento de claridad: pensé que el antagonista de la mayor hazaña de mi vida se estaba muriendo, a lo mejor de enfisema pulmonar o de cáncer de garganta. Seguramente venía de la Clínica León XIII, donde un tanatólogo experimentado lo estaría ayudando a aceptar su pronta muerte. ¡Bah! Ni muerto hubiera aceptado que yo le gané Cálculo I.·


Juan malo fue publicado originalmente en la edición física de Universo Centro 80, sin embargo, fue descartado para la web de dicho periódico por alguno de los motivos expuestos en el siguiente editorial: www.universocentro.com/NUMERO81/Editorial.aspx

Juan Fernando Ramírez Arango, es economista arrepentido de la Universidad Nacional de Colombia y desertor del décimo semestre de Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia. Es escritor y paseador semi-profesional de perros, en los barrios Florida Nueva y Laureles, Medellín. Además de haber sido finalista del Premio Nacional de Cuento de La Cueva, ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de cuento de la Universidad Externado de Colombia… ¡Bah!

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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